domingo, 16 de abril de 2017

Retar concepciones culturales contrarias a los derechos humanos

Conceptos como “tradiciones”, “moral”, “herencia” y “valores” son ambiguos y a menudo usados para justificar la marginación de grupos minoritarios, la inequidad basada en género, la discriminación y la violencia. Que todos los derechos humanos sean disfrutados por todas las personas se trata de un reto por diferentes razones; una de ellas es la cultura cuando funge como violadora de los derechos humanos.
Por ejemplo, en Venezuela, y en muchos otros países del sur, cuando se le pregunta a alguien si está a favor del aborto, una de las respuestas más comunes es un pasional “no”, sin siquiera matizar si la vida de la madre corre peligro. Esta clase de actitudes radicales basadas en este tipo de pensamiento simplista —para un tema tan delicado y con tantos matices y aristas como los derechos sexuales y reproductivos— ha devenido en desgracias para la humanidad, como la prohibición total del aborto en El Salvador, promulgada en 1998, país donde desde entonces así la madre corra peligro inminente de muerte, debe continuar con el embarazo, así se muera. La fervorosa fe de la población del país centroamericano jugó un papel negativo fundamental (nunca mejor usada esa palabra, “fundamental”) al facilitar un terreno abonado para la campaña feroz de la iglesia católica salvadoreña por la prohibición total del aborto. En medio de la manipulación se vieron imágenes de bebés rebanados como un pan para preparar sándwiches. La cursilería en las manos del fundamentalismo rindió sus frutos envenenados contra los derechos humanos a pesar del rechazo de numerosas organizaciones internacionales, incluida Naciones Unidas.
Lo cierto es que la campaña que emprendió entonces Amnistía Internacional a favor de la despenalización de aborto en El Salvador, aun citando casos específicos como el de Beatriz (una mujer a la que no querían dejar abortar a pesar de que su vida corría grave peligro por ser diabética y estarle fallando el hígado, y cuyo feto, anencefálico, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivencia), despertó muchas antipatías porque, “¡imagínate, están a favor del aborto!”. Es más fácil para muchas personas aferrarse a una idea preestablecida que mirar un asunto desde diferentes puntos de vista.
No siempre son los dogmas los que se interponen en el disfrute de los derechos humanos para todas las personas. Un ejemplo claro es la mutilación genital femenina, eliminación parcial o total del tejido de los órganos genitales femeninos, particularmente el clítoris, con objeto de eliminar el placer sexual en las mujeres. En buena parte de África, familias musulmanas y no musulmanas, armados incluso con trozos de vidrios y piedras afiladas, se dan a la tarea de extirpar a sus niñas el clítoris, y muchas veces los labios vaginales también, en una costumbre que se cree se remonta a los tiempos del antiguo Egipto, cuando aún no existía el Islam.
Como en esos dos casos, hacer campaña a favor de los derechos humanos significa retar la mente de las personas. Ocurre también cuando se hace campaña a favor de los derechos de lesbianas, gays, bisexuales y trans, que a pesar de estar reconocidos internacionalmente como derechos humanos en documentos como los Principios de Yogyakarta (elaborados a petición de Louise Arbour, ex Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos 2004-2008 por 16 expertos en derecho internacional de los derechos humanos de diversos países), suelen tener detractores entre los sectores más conservadores en muchos países —sobre todo en los más atrasados en materia de derechos humanos, como Zimbabue en el África Subsahariana, así como en los países árabes, pero también en lugares como Venezuela, donde su Constitución reconoce el carácter vinculante del derecho internacional sobre sí misma—, de la misma manera como, por ejemplo, en su momento tuvieron sus detractores los derechos para las personas afroamericanas. En aquel entonces las organizaciones que promovían los derechos civiles se encontraron con un rechazo virulento, similar al que enfrentan actualmente organizaciones que promueven los derechos LGBT en muchas partes del mundo.
Muchas veces retar la mente de las personas consiste en retar a una opinión pública forjada más recientemente, derivada de coyunturas o fenómenos de una data un poco menos antigua que el machismo enquistado. Un ejemplo podría ser la pena de muerte. Regresando a la realidad venezolana, en nuestro país (si bien uno de los primeros en erradicarla en 1863, colocándonos a la cabeza en materia de derechos en el siglo XIX) actualmente hay una corriente de personas que justificarían su uso e incluso la violencia policial y las ejecuciones extrajudiciales de delincuentes, sin pensar no solo en que no se ha demostrado en absoluto la utilidad de la pena de muerte como instrumento disuasorio del delito sino tampoco reflexionar en cómo se aplicaría en Venezuela ante la actual debilidad institucional, mencionada en informes como el de Amnistía Internacional en relación con las protestas que tuvieron lugar el año pasado. ¿Se imaginan para qué podría prestarse que un juez en Venezuela tuviera la potestad de condenar a alguien a muerte? Amnistía Internacional hace campaña en todo el mundo para abolir la pena de muerte, aunque ello no le resulte simpático a todo el mundo. En los momentos difíciles es cuando más debemos apegarnos a nuestros valores de respeto.
De acuerdo a las leyes internacionales, los Estados tienen la obligación positiva de trabajar hacia la eliminación de valores, estereotipos, prácticas, tradiciones o creencias culturales perniciosas y que son inconsistentes con los derechos humanos. Las organizaciones que promueven estos derechos dan recomendaciones a los Estados para que cumplan con estas y otras obligaciones y a su vez eduquen y concienticen en derechos humanos a la población, de manera que se susciten los cambios necesarios en una especie de círculo virtuoso.
Como personas, se trata de ponernos a pensar siempre si las ideas que nos han sido inculcadas son de verdad respetuosas con todas las personas, sin discriminación.