domingo, 17 de mayo de 2015

Cuba y la clase media prostituida

Este año viajé a Cuba de turismo. Debo aclararlo porque siendo venezolano inmediatamente y puede que no sin motivo se sospecha de algún negocio –turbio, para más señas –pero no; fui con la intención de muchos en todo el mundo: verla antes de que cambie, porque el cambio es inevitable aunque no sea el que uno espera, como uno espera y en el caso específico de Cuba la disidencia no haya jugado un papel preponderante, por no decir ninguno, como uno esperaba.


En Cuba no hay casi Coca-Cola pero hay tuKola

Traté de conocer toda La Habana, la parte nueva que ellos denominan “financiera y de negocios”, Habana vieja –histórica y dedicada al turismo –el Vedado que es la fiesta, y también callejeé por partes nada turísticas, esas de edificios cayendo. Igualmente fui a Varadero, el balneario más famoso de Cuba, turismo del todo incluido donde tu única preocupación es decidir si quieres cerveza o piña colada.

Lo primero que tengo que decir es que yendo a un país comunista esperaba orden y control, por aquello del Estado por encima del individuo. Nada más alejado de la realidad. Cuba es una rochela; el trópico puede contra cualquier ideal político. De entrada en el aeropuerto tuve que esperar un par de horas a que los empleados de la casa de cambio aparecieran porque ambos se habían ido juntos a comer: La famosa figura del Supervisor, ausente. No me voy a explayar con todo lo que funciona mal en esa isla de cara al turismo –como el “overbooking” en hoteles porque no usan computadoras sino papelitos para hacer las reservas–, me limitaré a decir que Maiquetía de regreso me pareció una maravilla y Caracas, salvando la inseguridad, el imperio de la ley.

En cambio he de decir que en lo estrictamente económico Cuba no me pareció tan pobre; desde luego cualquiera que haya visitado la isla en los 90 se sorprendería. Ni se va la luz. Sin embargo, si la idea era crear una sociedad libre de clases pues el fracaso es evidente, y no porque los gobernantes gocen de riqueza –cosa que no dudo –mientras todo el mundo se come un cable, sino porque en Cuba hay una clase media.

Me dijeron que los cubanos no podían entrar a los hoteles; pues me cansé de ver familias de cubanos en los hoteles, familias de hasta 12 personas. Me cansé de ver mujeres con las tetas operadas, el culo inyectado, extensiones, uñas postizas, usando perfumes, vistiendo ropa de marca. Los tipos muy musculosos, musculosos con mucho volumen, como no se puede estar si no es comiendo toneladas de comida e inyectándose esteroides. Era de verdad como ver a los hombres y a las mujeres de Univisión. Y no todos eran prostitutos.

Te dicen que en Cuba los carros son de los años 50. Pues los hay, como una atracción turística, pero hay más carros nuevos que otra cosa. Conocí cubanos que tienen el iPhone 6, que en teoría los cubanos no pueden pero encuentran la manera: se buscan a un extranjero para sacar la línea a su nombre y listo. La plata la tienen y claro, siendo que esa gente en teoría gana como un dólar al día, me pregunté que cómo carajo hacían. Recordé pronto que en Venezuela la gente también gana como un dólar al día e igual se las arregla, pero eso lo retomaré más tarde.

La primera explicación para justificar la existencia de la clase media cubana (ojo, no estoy diciendo que no haya pobreza, sólo que no todos viven en ella) son las remesas de los cubanos en el exilio, pero ello no lo es todo. La respuesta verdadera está en el turismo.

Las autoridades cubanas al principio de la revolución estaban negadas a recibir turistas en la isla porque decían que el contacto con los extranjeros iba a socavar las bases del socialismo en tanto los antivalores consumistas penetrarían en la población. No se equivocaban. Al final con la caída de la Unión Soviética y sin país para entonces a chulearse no les quedó más remedio que apostar al turismo como fuente de divisas, divisas que necesitaban porque en Cuba honestamente se importan muchísimas cosas –yo lo vi –era eso o que la gente se muriera de hambre como en Corea del Norte y pues al menos los del Partido Comunista Cubano tuvieron más compasión que el equipo del Querido Líder en el lejano oriente, que permitió que literalmente millones murieran de hambre antes de dar su brazo a torcer.

Desde luego que la idea del turismo igual estuvo orientada a que las divisas las recibiera el Estado Cubano: ni siquiera los empleados de los hoteles recibirían (o reciben) un sueldo de sus empleadores españoles (como Meliá). Las cadenas pagan en divisas a Cuba como país y Cuba les da a sus trabajadores un sueldo en Pesos Cubanos, una moneda que no se puede convertir a nada, que vale muy poco y que sirve sólo para comprar en Cuba… algo así como el Bolívar.

Entonces pues la clase media cubana con la que tuve contacto, esa que está desesperada por comprar lo que sea que lleves sea ropa, celulares, perfumes –no desodorante, toallas sanitarias, ni comida –no vive de trabajar en el sector turismo directamente. De hecho, los trabadores que tú ves en los hoteles generalmente son los viejitos más viejitos, personas con alguna discapacidad, hombres sin dientes y las mujeres sexualmente menos atractivas. Todos muy humildes. La nutrida clase media cubana con la que entré en contracto en la isla está compuesta por un ejército de personas que no tienen trabajo como tal sino que a cualquier hora del día, todos los días, están deambulando con el fin de acosar a los turistas.

No son sólo las jineteras, que abundan –mi primera noche en el Meliá fue horrible, no te dejan ni comer en un restaurante, se te sientan inmediatamente y si le dices que no te gustan las mujeres, inmediatamente se aparecen con hombres –sino las personas que mientras estás caminando en el malecón se te pegan a ofrecerte lo que sea: drogas, habanos, y caminan contigo cuadras y cuadras.

La única manera de espantar a los acosadores es ser francamente hostil y entonces se molestan. Uno me dijo que él sólo hacía su trabajo y es que, en verdad, eso es para ellos trabajar. 

Se les nota la presión cuando te abordan, como si estuviesen en coca, y parece que van a una escuela para estafadores porque las preguntas son siempre las mismas. A mí, como podría pasar por cubano, me preguntaban si tenía fuego para escuchar mi acento –respondí a ello al menos unas 20 veces –una vez que notaban que era venezolano me hablaban maravillas de Venezuela e inmediatamente se iban al terreno político, porque se ve que saben que somos una sociedad polarizada. 

Si les hablas bien de Maduro aman a Maduro, si les hablas mal son más opositores que una vieja del Cafetal. Hice la prueba varias veces y créame que tuve cientos de oportunidades para hacerla. Igual con los Castro, según lo que tú opinaras podían decirte que los amaban como que estaban pasando hambre, aunque a ojos vista hambre no pasan. Al gusto de tu oído, pues. Luego te invitan a un “festival” o a “conocer el único museo gratuito de Cuba”. Al final no es más que sus casas y te sacaron 5 dólares que para ellos es plata pues es lo que gana un trabajador honesto en una semana.

No es que no haya gente mendigando abiertamente, pero son muy pocos –una de las modalidades es la de que te dan un bebé en los brazos y hasta que no les das dinero no lo vuelven a agarrar. Los cubanos que se acercan a los turistas gustan más del “trabajo” que claro que resulta más rentable; no te puedes sentar en un banquito porque te llegan cinco a cantar. En fin, caminar por La Habana es agotador y una experiencia desagradable por culpa de esa gente. Salir de noche es terrible: todos te están pidiendo que les regales una cerveza, que les pagues las entradas a las discotecas, que les des un cigarrillo.

La zona “financiera y de negocios” (la de los hoteles caros) está tan dedicada a la prostitución que a negocios sexuales será que refiere, porque asumen de una manera tal que lo que vas es a buscar eso que cuando rechazas a mujeres y hombres te empiezan a ofrecer infantes a partir de 12 años, porque en sus cabezas no cabe que no estés haciendo turismo sexual, como todos. La complicidad es total con todo el personal de los restaurantes y hoteles.

Acosar a los turistas es ilegal en Cuba, pero como todo el mundo hace lo que le da la gana… además, imagino que ello al igual que la prostitución al final no es combatido por las autoridades puesto que esas actividades son pilares de la economía de la isla.

Lo más triste de mi viaje fue cuando me relacioné con los cubanos, siempre interesados en ofrecerte su “amistad”. Hacerse amigo de uno resulta bien: te explican cómo puedes cambiar divisas a los pesos cubanos que ellos usan, lo que te permite comprar donde ellos compran y entonces con 50 dólares eres rico; te enseñan cómo se agarra el transporte público que ellos utilizan –porque si utilizas todo lo dedicado al turista, Cuba es más cara que Londres –y en líneas generales a cómo moverte. A cambio pues les das dinero, les pagas una cena, le pagas la entrada a la discoteca. No limosna, ojo, porque son tus “amigos”, no unos pordioseros.

En una discoteca a uno de mis “amigos” cubanos –quien por cierto se había identificado como homosexual y cuyo supuesto novio yo conocía –lo sacó a bailar una canadiense obesa de no más de 22 años que se encontraba muy borracha; con ella siguió bailando toda la noche y al preguntarle al “novio” por qué no nos íbamos me respondió que el otro tenía que seguir bailando con ella porque quizás se animaba a casarse con él o a ser su amante y patrocinarlo desde el extranjero.

Sobre esta figura he de decir que hay muchos turistas que vuelven todos los años a Cuba porque les “encanta” –conocí a montones –y muchos tienen a sus amigos o a sus amantes en Cuba. Pues escuché a muchos cubanos hablando por teléfono con su gente en el exterior, pidiéndoles que les enviaran más dinero y diciendo cosas como “Ms. Traylor le dio 120 dólares a la Puri por su cumpleaños y tú sólo me mandaste 30”. Y no puedo decir que lo hacen porque se estén muriendo de hambre, sino porque quieren comprarse la ropa de marca a la que están acostumbrados y cosas así.

En Cuba, en vez de ranchos vi mansiones que se están cayendo y en las que si antes vivía una familia ahora viven veinte, pero que fueron tan hermosas que aún adinteladas para que no colapsen y reclamando friso y pintura siguen siendo hermosas. El patrimonio de La Habana que tienen conservado es más elegante que la propia Madrid. A la vez, encontré una enorme masa humana prostituida, incomparable con los pobres de mi país e incomparable con los pobres de otros países que he conocido, como Guatemala donde la gente que se te acerca a pesar de sus miserias tienen una gran dignidad. No sólo es la prostitución de vender el cuerpo, es el interés ladino a gran escala –es decir, en el que caen muchas personas y no exactamente por una necesidad de vida o muerte–como sólo he visto en Venezuela, y no en los barrios, sino en sitios como el auto mercado cerca de mi casa, en Santa Fe, al este, en lo que se supone que es la parte acomodada de Caracas, cuando veo que una señora entrada en años se trata de hacer “amiga” de la cajera para que le consiga leche.

La comparación es antipática pero así lo siento. Y es que ante la adversidad me gustaría que mis conciudadanos leyeran “Lo que el viento se llevó” y aprendieran de los ciudadanos de Atlanta cómo asumieron la derrota con todas sus consecuencias pero sin que ella acabara con su dignidad, a diferencia de lo que vi tantas veces en Cuba.

Profesionales, gente honesta y trabajadores claro que habrá en la isla, pero contacto de hablar detenidamente con ellos no tuve.