jueves, 17 de abril de 2014

La aplaudidera en la escena venezolana –la cultura de la espontaneidad frente a la de los fariseos posmodernos

Ya empezó el Festival de Teatro de Caracas, con todas las vicisitudes y maravillas que estos eventos suscitan: hacer una cola de horas para comprar las entradas, los detalles nunca están pulidos (eso es algo del trópico, una pared sin frisar en un hotel cinco estrellas forma parte de nuestra esencia  nacional), pero también uno se toma el tiempo de visitar el centro, reinauguran salas que estuvieron cerradas durante años y, en resumen, uno recibe con los brazos abiertos las iniciativas culturales. Sé que no vivimos en un lugar perfecto pero trato de sacar el mejor provecho de lo que tengo, así me crucifiquen en estos momentos de voraz polarización y escuche quejas de todas partes. Sé que estamos rodeados de mediocridad y que nos falta mucho por avanzar, lo he puntualizado anteriormente en este blog y precisamente en relación con nuestro teatro, pero como las cosas dependen del cristal con el que se miren, hoy quiero verles el lado bueno.

No es sin embargo sobre el festival en sí que quiero hablar en esta oportunidad sino sobre algo más general de la vida venezolana: la aplaudidera.
El venezolano y la venezolana gusta de aplaudir ¿Aterriza el avión y qué pasa en la mayoría de los vuelos, especialmente en los nacionales? La gente se pone a aplaudir ¿Que ya es la hora y todavía no empieza el espectáculo? Seguro alguien se pone a aplaudir. Algunos lo califican de “tierrúo”, otros lo ven como algo divertido (digo yo, por algo lo hacen). Yo simplemente creo que es parte de nuestra identidad, y no quiero ponerle cubito a esto sobre si es malo o no. El patriotismo me parece absurdo, pero las manifestaciones culturales de cada lugar despiertan mi interés de otra manera.

El sábado pues acudí al Teatro Municipal a ver la adaptación de “Carmen” montada por la Compañía Nacional de Circo. Lo disfruté un montón. Como todo en este país tenía sus limitaciones: el audio de la sala chirriaba como una escalera mecánica descompuesta, las butacas que nos correspondían sencillamente no existían (si le dan a usted unos tickets para esa sala en patio fila H asientos 20 y 22, esas butacas las quitaron: sépalo); los muchachos puede incluso que no impresionen a Simon Cowell. Sin embargo, esa interpretación tal liberal de Carmen, tan criolla, era algo que jamás alguien hubiese podido ver fuera de Venezuela: la mujer era una malandra inusitada, las acrobacias me tuvieron en varias oportunidades comiéndome las uñas, la Orquesta Sinfónica lo hacía tan bien, que el problema con el sonido mi cerebro terminó por ignorarlo. Hacer un show circense de una ópera me preció una idea brillante, todo ello envuelto por el encanto de un lugar maravilloso y por tan sólo 30 bolívares.
¡Ah! Por supuesto, la gente aplaudía por todo. No negaré que podía resultar molesto a ratos. Ante cualquier movimiento que los acróbatas hacían más allá de las posibilidades de una persona corriente (ergo: bien a menudo) la gente estallaba en animosos aplausos. Que si la soprano hacía un agudo: aplausos. A veces no se hacía posible disfrutar de la música, pero en realidad lo que me tenía los nervios alterados no eran los aplausos sino los comentarios que hacían al respecto un par de muchachitos que tenía yo sentados atrás quienes se desgarraban las vestiduras en contra: “¡Qué fastidio, la gente sí es maleducada! ¡Aplaudiendo! ¡No puedo soportarlo! ¡¿Por qué lo hacen? qué falta de cultura! ¡Qué ladilla!” en una voz tan estridente que sospecho estaban procurando superar a los aplausos en decibelios.  
Primero: no estábamos en una ópera, estábamos en un show de circo, además muy experimental; todo era válido. A parte de que a veces los mismos chicos y chicas de la compañía hacían pausas y daban el pie a los aplausos… ¡Era circo!
Segundo: Más tierrúo que aplaudir a destiempo en un teatro es estarse quejando en voz alta al respecto todo el tiempo, como un fariseo. No niego que la aplaudidera del venezolano molesta, pero es parte de nuestra cultura. Quien se hastíe por ello es que nunca sale de casa. No es motivo para armar escándalo.
La aplaudidera es en Venezuela lo mismo que la necesidad de buscarle la comedia al drama que también se ve en las tablas. El domingo fui a ver la adaptación de “El coronel no tiene quien le escriba” de Rajatabla y las personas en el público al menor indicio de comedia soltaban sonoras carcajadas a pesar de que nos encontrábamos ante un texto y un montaje bastante deprimentes. La gente de acá es así. Honestamente a mí me costaba un poco entenderlo e interiorizarlo, pero claro, de ahí a estar alzando la voz mandando a callar a la gente en una sala de teatro en medio de una función… Por cierto el montaje de Rajatabla esta vez me gustó a diferencia de lo que escribí por acá hace alguno años, aunque me sigue pareciendo que una obra no debería echar mano de playback musical y muchísimo menos de voz en off, en especial cuando compiten con la voz de los actores, pero bueno, en Venezuela creen que eso es ser moderno y ya no gasto más pólvora en zamuro, aparte de que me estoy desviando del tema.
En lo personal si bien los aplausos a cada rato por lo general me molestan, honestamente a veces siento que le dan emoción a las cosas. Cuando ocurre algo maravilloso en frente de mí también me dan ganas de aplaudir con esa espontaneidad, esa alegría que a ratos me contagia y me acerca a la felicidad, así sea por un momento. Y puedo aplaudir, que en otra parte del mundo no me atrevería. Prefiero esa espontaneidad al fariseísmo, esa gente que se aferra a las reglas no porque atiendan al sentido para el que fueron hechas sino simplemente para darse el placer de apuntar a los demás con el dedo. Los fariseos se creen moralmente superiores, intelectualmente superiores en este caso, cuando por el contrario las personas educadas son sencillas. Lamentablemente en este país por cada persona sencilla hay otro tanto de fariseos.
Suena un celular y más es la bulla de la gente mandando a callar a la persona que el ruido del aparato. Aquí la gente llega a unos extremos tan ridículos que el martes fui a ver Romeo y Julieta (la adaptación era un poco dudosa, lo admito) en el Teresa Carreño y un tarado se puso literalmente a gritar que cómo era posible que le hubiesen recortado el monólogo a Julieta de cuando se muere Romero. Eso no es sólo exhibicionismo sino mala educación.
No es que uno se tenga que conformar con lo malo, pero hay espacios.
Mucha gente en Venezuela cree que ser antipático y hacerle el fo a todo es elegante, cuando por el contrario una persona elegante te hace sentir bien, de ser posible como en casa, y procura no quejarse sino verle el lado bueno a las cosas. La buena educación es más un tema de actitud que de seguir reglas. Y lo digo yo que a la vez soy un cínico.

Hasta la próxima.

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