sábado, 8 de diciembre de 2012

Yo soy Víctor, el clasista



En el nombre de la justicia, cuando empecé a escribir estas líneas hace cinco años (no busque tan atrás porque he eliminado y vuelto a activar el blog varias veces) tenía la ilusión infantil de pasar a la historia, al menos local, como un reformador cuyas ideas y estilo, si bien al principio chocantes, fueran calando hondo, en plan Voltaire, Freud o Simone de Beauvoir. Es algo que extrapolo además a mi vida diaria. A primera vista podría parecer que mi principal motivación era la de visibilizar la realidad de los gays en Caracas*, pero realmente esa ha sido sólo una excusa (pues ahí se encuentra mi realidad personal) para ilustrar que el machismo, el clasismo y la pacatería a toda prueba están tan ciniestramente interiorizados en el trópico que incluso los gays, marginados por los “valores” de respetabilidad imperantes (más bien antivalores), suelen aferrase a cuanto prejuicio social tienen a mano, por más que en el fondo sean discriminatorios para ellos. Por ejemplo el clasismo. Estas líneas pues están dedicadas a que se entienda que lo correcto y el sentido común no siempre son lo mismo.

Para cambiar una realidad se debe empezar primero por reconocerla y ese es el problema aquí: nos creemos moralmente tan perfectos que no logramos darnos cuenta de nuestros errores. El clasismo. Estamos tan acostumbrados a mirar hacia otro lado que ya lo hacemos de manera automática y cuando hablo de “la clase media” (el colectivo hacia el cual he dirigido mi discurso al ser este el segmento social donde me tocó nacer y del que más puedo hablar) vienen mis amigos, conocidos y gente que apenas me conoce a decirme “clasista”, que ¿qué me creo? como si hubiese algo de malo o imposible en el uso del término. Supongo que el precio de ser un incomprendido era lógico cuando empecé a desarrollar mi filosofía, sin embargo jamás creí que el orgullo de la clase media de ser de la clase media era tan fuerte que cualquier ápice de autocrítica le resultaría tan desagradable. Señores: no estoy a favor de la estratificación social, pero no puedo negarla, y por reconocerla no soy clasista, al contrario, no creo que vivamos en el orden divino de la humanidad o algo así, creo que hay cosas que se pueden mejorar. 

Lo de la clase media, además, es clave en mi búsqueda de justicia en contra de la discriminación porque la mayoría de los prejuicios relacionados con la respetabilidad que conozco tienen su nacimiento en los senos de las familias de clase media. Hay una visión tan clasemedia centrista que las personas de clase media se consideran a sí mismas “normales” y al resto del mundo “ricos” y “pobres” ¿A caso no ser de la clase media te hace anormal? Esto nos habla de la estrechez de nuestro pensamiento, si ni siquiera somos capaces de reconocer la normalidad de sectores de la población mucho mayores que nosotros ¿Qué espacios le queda a las minorías? Súmesele que el paquete de ser normal viene para un hombre no sólo con un trabajo bien pagado sino con esposa e hijos. ¿Si los que tienen más o menos dinero que nosotros nos parecen anormales, qué quedará para los que sean de otro color? ¿Pensando así podemos pedir igualdad dentro de nuestras otras diferencias? terminaremos siendo anormales por algún lado si nos damos cuenta de que dentro de la anormalidad está la mayoría de la gente.

Recuerdo la tarde en la que me registré en el Registro Electoral Permanente. Fui con mi mejor amigo, quien ahora vive en Londres. En aquel entonces (hace 9 años, tampoco fue hace tantísimo) como se hacían unas colas larguísimas en las estaciones del metro para registrarse nos conseguimos con varios conocidos y entre ellos una loquita de origen peruano exnovio de mi novio (quien ahora por cierto se metió litros de esteroides y cambió radicalmente sus ademanes por unos mucho más masculinos, aunque al final sumamente forzados) llamado “James”, quien para entonces vivía con su tía en Bello Monte. Los presenté. Estuvimos pues hablando tonterías con el fin de que pasara el tiempo hasta que James preguntó en qué centro de votación nos íbamos a inscribir y yo le respondí que en el Emil Friedman (donde todavía voto) y mi mejor amigo le respondió que en un colegio de Parque Central. James, con una expresión de asombro, le preguntó a mi amigo que por qué no elegía un centro de votación más cercano a su casa. Tanta estupidez en una persona me abrió la mente: James no podía concebir que mi mejor amigo viviera en Parque Central, tan blanco, tan educado. A parte, si bien no tan elegante como las urbanizaciones del este, Parque Central es un lugar de clase profesional un nivel ligeramente inferior en términos del mercado inmobiliario a la parte gris de Bello Monte donde James vivía en un anexo. 

Aquello fue más que una imprudencia de muchacho. Han pasado los años y tuve que eliminar a James hace poco del Facebook por no tener estómago para leer las cosas que publicaba en su estatus, en plan (palabras más, palabras menos) “yo me merezco un apartamento y una familia porque he estudiado y trabajado para ello, y no he sido un mediocre” ¿Sólo aquel que haya estudiado y no haya sido un mediocre se merece eso James?

La mayoría de las personas de clase media piensan como James. Esta mentalidad no sólo no nos permite progresar sino que nos mantiene esclavos de nuestro mundo estrecho. Por ejemplo, la clase media tiende a pensar que el problema de todos sus males son los “marginales” que le chupan la vida a la gente decente, sin darse cuenta de que su manera de pensar es la que le ha puesto un grillete. Generalmente no pasa lo que queremos sino lo que creemos que va a pasar. Si pensamos que para poder tener una vida decente tenemos que ser profesionales exitosos entonces estamos no sólo condenando con nuestro pensamiento a la gran mayoría de las personas a vivir en la marginalidad sino que nos condenamos a nosotros mismos a vivir con lo justo y nada más. La mentalidad correcta sería la de que todo trabajador tiene derecho a una vida digna y una persona de méritos excepcionales debería tener una vida excepcionalmente buena, vida excepcionalmente buena que no tenemos: somos una clase media luchadora que sin embargo vive con lo que viviría cualquier trabajador no especializado en cualquier parte del mundo; vivimos arrimados en casa de nuestros padres, nos consolamos con viajar con el cupo de CADIVI. Merecemos más. Caracas tiene una clase media inculta, porque es difícil pensar en lo más elevado cuando tenemos que preocuparnos tanto por mundanidades como las rutas alternativas para sortear el tráfico. No odio a la clase media, soy parte de ella, le reconozco el esfuerzo, pero no puedo compartir su mentalidad. Perdone si parece que generalizo, pero es que cuando hablo de “clase media” me dicen “¡a ti sí te gusta generalizar!” en cambio si hablo de “la gente” no pasa nada ¿Raro, no?. Así como se piensa en la normalidad "económica" y lo demás resulta indigno, pasa con el resto de las cosas: orientación sexual, apariencia, etc.

Yo soy Víctor el clasista porque no puedo negar la realidad, entre otras cosas, que estamos divididos por segmentos sociales en los que nos podemos mover abruptamente hacia abajo pero si acaso muy tímidamente hacia arriba. Quiero que la gente en mi entorno, orgullosa de ser normal, abra los ojos, por eso uso el término “clase media” una y otra vez, porque es un buen primer paso para entender la diversidad. No lo somos todo. Los hay tan orgullosos de ser “normales” que incluso sienten desprecio por la clase social alta al considerarla decadente. Los hay tan orgullosos de ser “normales” que creen que son de clase alta. Los hay tan fariseos que cuando hablo de la clase media me dicen que soy anacrónico puesto que esos términos no son reales, como si de verdad viviéramos en una sociedad de igualdad. Me dicen “Víctor ¿por qué le das tan duro a la clase media, es que acaso no eres parte de ella?” y me pregunto ¿acaso no es por ello que tengo la posibilidad de ver qué pasa y qué cosas se pueden mejorar? Las revoluciones mentales alrededor del mundo han surgido siempre de la clase media. 

Aprovecho entonces para quitarme la careta y revelar que mi sentir es generalmente de izquierda, algo por lo que la clase media tropical, por cierto, podría crucificarme, sin embargo es lo más justo para todos, incluso para nosotros quienes nos creemos privilegiados y al final no lo somos tanto. Queremos creer que en este país cada quien tiene lo que se merece según se haya esforzado pero eso es mentira porque no hay igualdad de oportunidades. Si hubiese igualdad de oportunidades, por ejemplo, no habría colegios privados. Si en mi poder estuviese serían eliminados todos los colegios privados porque, a parte de crear las diferencias, mientras existan colegios privados los colegios públicos no mejorarán al no haber interés en ello: si tú tienes cómo darle una mejor educación a tus hijos lo harás y el resto que se joda. Un sistema único de educación pública haría que el fracaso del mismo no fuera una opción y les aseguro que la mejora sería instantánea. Por supuesto que continuarían en gran medida las diferencias geográficas pero se reducirían bastante las inequidades. Igual pienso de la salud. Una salud privada es aberrante. La seguridad privada también lo es. Si los ricos y los poderosos tuviesen que acudir a la policía para buscar seguridad, como cualquier ciudadano, el interés y los recursos destinados a una política de seguridad serían muchísimo mayores; los casos de necesidades especiales de seguridad tendrían que ser solicitados a los cuerpos públicos. Claro, no todo mi pensar es comunista: creo en el papel de la propiedad privada y en el papel de la empresa privada como pilares de la economía, creo en la administración privada de ciertas instituciones del estado (por ejemplo, hospitales públicos manejados por empresas privadas que luego pasen factura al Estado) por ser mejor administración que la cien por ciento pública y al final más barata, y, a pesar de todo lo que he planteado, curiosamente no creo en la educación superior gratuita, me parece que es mucho más justo un sistema de préstamos del Estado que permita que cualquiera estudie pero que tenga que devolver los recursos destinados a su preparación mediante el trabajo que luego pueda desempeñar.

Retomando el tema de los colegios, la clase media se siente afortunada en pensar que puede darle una educación privada a los hijos. Lamentablemente he de informarles que eso no garantiza el éxito en las más altas esferas. Con mis casi treinta veo constantemente lo diferente que hubiera sido mi vida si me hubiesen admitido en el Colegio San Ignacio** (con los curitas de por medio) en vez de en el no tan elitista Instituto Escuela. En el primero, estudian buena parte de los hijos de los viejos del Country Club; en el segundo, los hijos de los inmigrantes europeos que se creen la gran cosa por ser blancos pero donde incluso dos generaciones atrás había analfabetismo. Los primeros tienen las puertas abiertas a los cargos más altos en empresas, se casan entre ellos. Los segundos terminan con vidas de profesionales como la mía, nada del otro mundo, dificultosas, limitadas, si acaso con un carro, y los que realmente quieren una calidad de vida terminan continuando con los negocios de sus padres (panaderías, marmoleras, confección de ropa, estaciones de servicio, talleres mecánicos) o abriendo otros negocios, sirviendo a los primeros, como siempre. Claro, habrá excepciones, pero no nos engañemos, no son más que eso, excepciones.

Luego uno llega a cierta edad en la que ser un idealista resulta ridículo, te das cuenta de que no sólo no has logrado influenciar a las personalidades influyentes sino que ni siquiera a tu entorno más cercano y has quedado como un resentido para nada. La gente prefiere no abrir los ojos a favor de su sentir de superioridad. Pero les digo, no soy prejuicioso, simplemente no me conformo con mirar a otro lado ni con darle rienda suelta a la autocomplacencia.


Hasta el próximo domingo

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*La perspectiva con la que he abordado el tema ha sido siempre la de mostrar la cosa tan cruda como sea posible, porque no le veo nada de malo a la crudeza, es una bofetada necesaria.

**Me correspondía estudiar en el San Ignacio porque mi papá había estudiado ahí igual que mi abuelo y su hermano, pero  no me aceptaron porque mi mamá estaba casada en terceras nupcias y el cura le dijo que preferían darle la oportunidad a padres más jóvenes.

1 comentario:

  1. Pues te cuento que has tenido alguna influencia en mi con tus textos. No tanto porque me hayas enseñado algo que en el fondo no supiese, sino mas bien porque con tu sinceridad excesiva logras que uno lo admita.

    Lo que si crítico es que a veces se te va la olla para decir las cosas, pero supongo que es parte de tu estilo. Cuando no sobrepasas esa delgada raya pero sigues siendo brutalmente honesto, eres uno de los mejores escritores que he leído,

    Saludos,

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