domingo, 4 de noviembre de 2012

Ser clichés ambulantes y el motivo por el que cuesta tanto conocerlos de clase media a través Internet

Para elaborar mis nuevos prejuicios en relación con la clase media he decidido deshacerme de los prejuicios preestablecidos aplicando algo parecido al Método de Descartes y de pronto me encontré exactamente en el punto de partida:

Me conecté a mi página de rebusque del momento (ya ni me acuerdo a cuál, tengo como cinco perfiles más Facebook y Twitter desde donde también se chancea) y ahí estaba este mensaje de uno de Maracay a quien, de manera mecánica, procedí a invitar al Méssenger porque, oh bicho raro, no tengo PIN, ni Whatsapp, ni nada de eso (ya sé que soy de lo último, que ya nadie usa Méssenger, bla, bla, bla). Tampoco es que reviso las páginas de chanceo a cada rato, no sólo porque me deprimen los errores ortográficos, prejuicios y culos ronchúos; prefiero la vida más allá del mundo virtual a diferencia de lo que hace buena parte del resto de los gays de esta ciudad que tienen las aplicaciones en sus teléfonos inteligentes y luego van por la calle y vida atolondrados revisando millones de fotos para al final no cuadrar con nadie. Tengo un amigo que no suelta el condenado por los infiernos de todas las religiones iPhone ni para que le expliquen el juego de cartas en el que está participando por primera vez y tratando de jugar (con torpeza, obvio); pasar una velada a su lado resulta tan agradable como pasarla con un pisapapeles. Si algún día cuadrase con uno de sus cientos de pavos (me asusta los criterios de selección que debe aplicar para poder manejar la cantidad de opciones) lo visualizo revisando el Blackberry (porque tiene las dos “tecnologías” [1]) mientras le dan por detrás en un cuarto oscuro donde la única luz es la que sale de la pantalla del aparato.

Lo cierto es que tratando de ser simpático y contra todo pronóstico agregué a alguien que nunca debí agregar: de Maracay y sin foto. Supongo que yo quería hablar por cumplir la intrínseca necesidad humana de comunicación o mi sexto sentido me decía que encontraría un ejemplo representativo para ilustrar uno de mis puntos de esta entrada. Para romper el hielo, le comenté pues que qué desafortunado me resultaba el que viviéramos a más de 100 kilómetros de distancia (100 kilómetros de distancia que con el tráfico de mierda que sufrimos son como 300) a lo que me respondió que no le gustaba Caracas, que odiaba Caracas, que qué asco de ciudad, y así se explayó en explicaciones eternas sobre las maravillas de la provincia frente al atraso de la capital mientras yo bostezaba a lo grande. En fin, algo que yo sabía que iba a pasar. Por fin colocó foto: era ni feo ni bonito, con mal cuerpo, blanco, eso sí, ventaja comparativa en el mercado virtual de maricones en un país tan racista como Venezuela, lo que probablemente le inspiró para salirme con que quería que le diera “una mesada” a propósito de explicarnos lo que cada uno buscaba y esperaba de un hombre. Mecánicamente procedí a bloquearlo y a eliminarlo de mis contactos. Otro bloqueado y eliminado entre miles en mi cuenta.

No estoy en contra de que un viejo asqueroso decida mantener a un muchacho con el fin de recibir favores sexuales, de verdad que no, ni tampoco me parece mal que el muchacho se lo aclare desde un principio al viejo, por viejo asqueroso, pero que un tipo cualquiera, además cuatro años mayor que yo, me venga, que no es por nada pero a mis 28 estoy muy agradable de ver, a decirme que quiere “una mesada” me indigna, pero sobre todo me habla mal de las aspiraciones de la gente; para rematar no es la primera vez que me pasa: en lo que saben que trabajo y en dónde vivo (una urbanización clase media) empiezan las indirectas económicas. En este sentido no me sorprendí y es que tampoco soy el único a quien le pasa. Un amigo de mi edad y también de muy buen ver tuvo un noviecito de lo más lindo que después de un tiempo juntos lo sentó y le dijo que quería que le pagara sus gastos, porque empleaba mucho tiempo en la relación. Sonará clasista, pero ya no le hablo más a la gente que me dice que vive "lejos de mí" (por decirlo de una manera). “Quiero salir, pero no tengo plata”, “busco hombres solventes”. Dejar que me chuleen sería demasiada poca autoestima. La gastada frase de que aquí al pueblo le gusta que le den cobra vida y claridad. Decides quedar con la persona a cenar porque no te ha soltado ninguna indirecta, digamos que es un tipo de una ciudad satélite, mayorcito, y una vez en el restaurante te dice que no quiere comer, que sólo la bebida. Después de comer solo, que es un fastidio, se hace el loco y le debes pagar la bebida y acercarlo al metro con el carro ¿Qué augura esa primera salida?


Tengo que aceptar con resignación que lo que me dicen mis amigos del este es verdad y que sólo puedo relacionarme "entre nosotros" y entonces apunto hacia los hombres de clase media, sin embargo el verde mundo de este lado de la ciudad lo que me lleva es a las verdes letras que caen en cascada del mundo virtual de Mátrix: los hombres de clase media nunca pueden verte, están trabajando muchísimo, no pueden salir a cenar contigo porque están ocupadísimos en un proyecto tal, están cansadísimos de todo lo que estuvieron limpiando el fin de semana (porque a la clase media tropical le encanta presumir de higiene), y cualquier cantidad de otros estereotipos de novela barata. Si a caso te ponen la webcam para que los veas fumando monte o descaradamente chatear con más gente. En línea siempre están, eso sí, aunque curiosamente nunca aceptan llamadas, lo de ellos es la comunicación escrita. Los llamas y te desvían y miren que yo detesto hablar por teléfono, pero es que resulta rarísimo que jamás nadie quiera hablar contigo.

Los gays de clase media sabiendo que son un bien escaso deciden buscar al hombre de sus sueños en un juego de inconformismo tóxico (como ya lo he explicado en otras entradas). El problema acá es que nunca lo conseguirán precisamente porque convierten su búsqueda en un oficio 24/7 y entonces te tienen ahí como una baraja que no terminan de jugar y siguen chateando, y siguen chateando, y te terminas convirtiendo en un teleoperador pero vía chat, porque una llamada telefónica, imagínate, es casi como comprometerse, estamos yendo demasiado rápido, ya qué les digo de conocerse.

Chateamos, pues, esperando a que el más papeado de nuestros contactos nos diga para salir y entonces el más papeado de nuestros contactos lo que está es pendiente de que el más papeado de sus contactos (muchísimo más papeado que tú y alguien que jamás tendrás dentro de tus contactos) le diga para salir y mientras tanto a uno lo tienen en stand by pero lo que ni tú ni él sabe es que a él también lo tienen en stand by mientras el otro espera al otro a quien piensa chulear que también quiere a otro que está mucho mejor. Es un círculo infinito de nunca conocerse, es un juego de cartas en el que todos los jugadores cargan y descargan pero en el que ninguno se baja esperando la jugada perfecta. En ese camino circular nos saludamos y hablamos de nuestros gustos sexuales y hasta de nuestras aficiones, la exquisita intelectualidad del caraqueño con acceso a Internet se horrorizará si usted desconoce a ese grupo de drum and bass[2] rebuscadísimo que tanto adora, pero al final desconocerlo o no da igual porque lo importante generalmente refiere a lo más básico. A la hora del té es pura pose, como aquel que te dice que le fascina el “valet” (¿parking? Me pregunto). Todos imponemos obligaciones a los demás y no precisamente las más loables.

Luego llega el maravilloso día de cuadrar para verse en un sitio (si es que llega, cuando por fin acepta, etc.). Estás en el sitio y te llega el mensajito (jamás la llamada). "Estoy en una reunioncita con mi amiga la que me iba a llevar contigo y ella se quiere quedar aquí; no creo que pueda ir para allá donde tú estás". Le respondo: "¿Quieres que te pase buscando?". Me responde: "No, me da vergüenza, quiero serte sincero, no te conozco y me corta". Nuestra clase media tiene la peor combinación, por un lado está tan empobrecida que ya no diré comprarse un carro sino que pagar un taxi le cuesta, sin embargo es tan escrupulosa que sería incapaz de tomar transporte público o de dejar que uno los busque. Entonces es un imposible lo "nuestro" (por llamarlo de alguna manera, no quiero que crean que tengo una obsesión con el hombre). Eso sí, depender de la cola de la amiguita con carro está OK, por más que resulte una situación de adolescentes no apropiada para un tipo que presume de trabajar en el corazón financiero y publica en su Facebook su rimbombante cargo que quiere decir esclavo en una agencia de publicidad. Pobres, pichirres, complicados.  Dependemos de la amiguita. La clase trabajadora al menos se desplaza en metro o en autobús... 

Luego, si la cosa se pone más caliente con los de la pequeña burguesía y dado que, como casi siempre, no tienen sitio (por aquello ya dicho de que la clase media está empobrecida) la imposibilidad de llevar a cabo el acto se manifiesta debido a que no pagan hotel y, aún peor, así tú se los pagues no van a hotel porque ellos "no van a hoteles" ¡Imagínate! 

¿Qué quiere esta gente? ¿Para qué chatea? Será que les gusta chatear, punto y aparte. Ni las mujeres heterosexuales se andan con esos miramientos, los eternos solteros del este de Caracas son de lo más principesco. Abajo la relación entre horas invertidas en Internet rebuscándose y machos conquistados. Veremos que se forma una campana de Gauss, es decir, que mientras más horas se invierte en el cyber rebusque no necesariamente el resultado es positivo:



Una campana de Gauss muestra, por ejemplo, el efecto de un medicamento. Mientras más se toma el medicamento más mejora la salud del paciente (efecto farmacológico) pero llega un punto en el que es tanta la cantidad de medicina que la misma empieza a hacerle daño al paciente (efecto tóxico) incluso podría provocarle la muerte. El rebusque y los machos funcionan igual, llega un punto que se está tanto tiempo en línea que se vuelve imposible el contacto en la vida real, y entre pocas y muchas horas conectados el efecto positivo no es tanto.




Somos clichés ambulantes: o interesados o superficiales. Siempre aspiracionales, lo que no me resulta sorprendente; toda la oferta parece estar dirigida en este país al mercado aspiracional. Un amigo me pidió una definición lógica de "mercado aspiracional" y le respondí que aquello refería a esa gente que quiere cagar más arriba del culo. Es la cachifa que se compra el Blackberry pero también el muchacho de clase media que se endeuda para comprarse un iPhone. Lo que no notamos es que en ese esfuerzo por salir de donde estamos nos hundimos cada vez más, como en arenas movedizas. Para colmo, nos consume la flojera.

Lo que yo digo es: si a mí me cuesta, que con todos mis defectos (mis plumas, mis neurosis, mi hablar sin pensar) estoy bastante decentico y no soy tan mal partido ¿Cómo lo llevarán los feos?


Hasta el próximo domingo.


[1] Decir “tecnología” para referirse a Blackberry, iPhone o Android no sé por qué pero lo encuentro súper clase media baja; tonterías mías, sin embargo

[2] Detesto el Drum and Bass; estoy seguro de que si el infierno tuviese hilo musical sonaría a Drum and Bass.

3 comentarios:

  1. La mejor disertación sobre el tema que he leído en mucho tiempo. Creo que nadie puede tratar ese asunto en tan pocos párrafos y ser tan certero.

    ¡Saludos!

    ResponderEliminar
  2. clap clap clap!
    he vuelto a disfrutar de la entrada, hacía unas cuantas que no lo hacía!... tanto por temática como por "estilo", no quiero ir de crítico de columnas de opinión y actualidad pero a ratos no difiere mucho de lo que esperaría encontrarme en un blog "profesional"...

    a seguir así, el día menos pensado te das cuenta de que estás viviendo de esto de escribir.

    HAS PENSADO EN ESBOZAR UN GUIONCILLO Y TRATAR DE VENDERLO POR AHÍ... UNA PELI SOBRE EL MUNDO GAY "CON COLMILLO" Y AMBIENTADO EN LAS MISERIAS DE LA CLASE MEDIA EN VENEZUELA SERÍA MUY ROMPEDORA... ALGO QUE PROMETE SEGURO.

    jajaj otra vez soltero eh?, ya te lo pronostiqué!

    Saludos desde España.

    p.d. odio el drum and bass... no entiendo ese estilo... justo cuando parece que se desata el ritmo que viene el "subidón" te cambian el ritmo y vuelta a empezar con la matraca!... es como si fuese generando insatisfacción y ansiedad : ) le pega al infierno, si : )

    ResponderEliminar