domingo, 2 de septiembre de 2012

Cuentos lindos de mi país




Era yo un niño aquel viaje clase media baja que hice con mi mamá, una amiga de ella y su hija –algo mayor que yo –a un pueblo de playa en Falcón. De los seis años son pocas las cosas que uno recuerda, sin embargo y por diferentes razones no olvido el frío en la noche que nos imponía abrigarnos y nos ayudaba a dormir plácidamente después del calor y el sol radiante del día. No olvido que yo tenía un trompo que al girar parpadeaba y reproducía las notas de La Lambada. Mi amiguita obligada por ciertos días exhibía orgullosa la grotesca quemada que obtuvo al pisar una de las muchas medusas que había en la arena y que me persuadían de zambullirme en el agua. Nos estábamos quedando en una casa de colores pasteles con vista al mar. No obstante, fue el vuelco que daría el viaje la última noche lo que de manera determinante condicionó mi memoria.


Algo habríamos comido que nos cayó mal. Valeska y yo nos arqueábamos debido a agonizantes retortijones infantiles que nos invitaban a utilizar el baño con suma frecuencia al punto de presentar evidentes signos de deshidratación. Preocupadas, nuestras madres nos llevaron a un humilde dispensario local con la intención de que nos viese un médico. Nos tomaron unas muestras de heces y nos colocaron suero. Recuerdo el piso de cemento pulido y las cortinas estampadas con personajes de La Sirenita de colores diferentes a los de Disney –por ejemplo, el pececito amigo de Ariel era morado –. Igual parecía un sitio estéril, eficiente y me sentí tranquilo porque algo me decía que pronto se calmaría mi escatológica afección. En todo caso lo que más recuerdo fueron unos gritos desgarradores que se escuchaban a lo lejos, gritos extraños, brutales, que no iban acompañados por la algarabía que se pudiera esperar ante tanto terror y sufrimiento.


Quien gritaba era una niña de 11 o 12 años de edad que se presentó forzada por su familia, gente que si no miserable tampoco parecía gozar de lujos. La chica se resistía de manera violenta a que la llevasen al dispensario por lo que debía ser dominada entre varios hombres mientras una mujer, presumiblemente la madre, daba instrucciones de manera calmada; demasiado calmada. La niña era regordeta, de tez morena y estrabismo; su lengua, colosal, salía amenazante de su boca. Tenía Síndrome de Down y sin embargo lo que en ella más destacaba, tomando en cuenta de que a pesar de su condición presentaba de la misma manera los rasgos físicos de las lugareñas, era una barriga enorme. No sé si se deba a mi jovencísimo punto de vista entonces, que a los pequeños todo les parece mayor de lo que es, pero aún creo que aquella era la barriga más grande que he visto en toda mi vida. A consecuencia de jalones y espavientos, la franela que llevaba puesta la jóven se le había alzado hasta casi mostrar los senos, dejando aquel espectáculo al desnudo: estrías gruesas y moradas. Aquella orbe se veía prensada e hirviente. La piel que le quedaba sana presentaba un color rojo vivo que contrastaba a su vez con pedazos de suma blancura; era como un salami y yo estaba asustado por ella y por mí, y quería salir de ahí corriendo. Su ombligo sobresalía como una salchicha de coctel.




No averiguamos ni en ese momento ni después el motivo de tan escandaloso embarazo pero sí lo obvio: que la familia había traído a la niña a dar a luz. Dolores intensos, presumiblemente contracciones de parto, la oprimían ¡Vaya sorpresa cuando le hicieron el chequeo médico! Resultó que no había bebé. Tampoco se trataba de un embarazo histérico. Médicos, enfermeros y todo el mundo interrogaron a la niña quien, asustadísima, no atinaba a responder nada lógico. Era evidente que ocultaba algo. Finalmente, poco a poco, lo fue revelando todo: había entrado en labor de parto un par de días atrás y, sin saber de qué se trataba, fue al monte y ahí tuvo al bebé. Al principio el varoncito le pareció algo precioso, porque hasta eso pudo comentar entre pucheros con su voz pausada, poco inteligible y de una inocencia que dada la situación resultaba al extremo siniestra. Poco después de parida la indefensa criatura empezó a llorar y la especial madre, asustada, cortó el cordón umbilical como pudo, abandonó al fruto de sus entrañas oculto en un matorral y no queriendo que la regañasen se bañó en el río corriendo antes de regresar a casa.


La enorme panza que yo había contemplado ya no se debía al embarazo sino a una rabiosa infección, motivo por el que la niña chillaba de dolor. Todo el mundo en el pueblo se avocó a la búsqueda del bebé con esperanzas de encontrarlo vivo e intocado por las bestias del lugar. No sé si lo consiguieron; nosotros regresamos al día siguiente a Caracas. Yo estaba mejor aunque todavía débil y a partir de ahí me quedó cierto respeto hacia el interior del país.



Hasta el próximo domingo.

3 comentarios:

  1. Madre del Amor Hermoso... ¡qué sórdido! Este cuento tiene todo lo que tiene que tener un relato sobre Suramérica: sexo, retraso mental, aborto, enfermedad, gritos...

    ResponderEliminar
  2. Jajajaja! Yo esperaba un tierno cuento de tu infancia! Pero se que esa vivencia para ti fue como para otro niño conocer Disney por primera vez! :)

    ResponderEliminar