domingo, 5 de agosto de 2012

Memorias de un(a) gay(cha)


Las memorias: producto literario (por no llamarlo género) de entre los más lucrativos; desde el padre de David Beckham hasta Bill Clinton, han sido muchos los que han redondeado su retiro de esa manera. A la hora de redactar las de uno no se puede ser modesto, Anibal Nazoa lo dijo claramente: “Nadie va a introducir (…) sus relaciones con el repartidor de la tintorería, su participación en una pelea a botellazos en el bar Centro de Amigos o sus amores con aquella gordita que se casó con Giuseppe el del taller mecánico. No: en las memorias han de figurar entrevistas con Mussolini y con Teodoro Roosevelt, duelos con el Conde de París en el ‘Bois’, asambleas tormentosas en el Comité Revolucionario de Petrogrado y noches de amor desesperado con Greta Garbo o con Gertrude Stein.”


Ahora bien, si una mentira nunca será lo suficientemente gorda como para no ser incluida en unas memorias ¿qué haría alguien de nuestros parajes de escribir la suya en estos tiempos de ego infinito donde a todos nos ha dado por divulgar nuestras vidas? ¿Cómo serán las de un gay si basta meterse en Facebook para ver a todos posando en Europa o en fiestas con pretensiones de glamour y fantasía, apretando los brazos para hacerlos parecer más grandes y el pecho para sacar "canalillo"? He aquí un ejercicio al respecto:


La audacia de la gloria 
(Memorias de Javier José Chacón Salazar)



CAPÍTULO XLIV
Mis inicios como espía doble

Lo que había comenzado como un día aburridísimo en casa de mi íntima María Callas (que si Aristóteles es un perro sucio, que si ¿qué se creía la Jacqueline el sábado pasado, usando ese modelito Courrègues que no le sienta?) dio un giro de ciento ochenta grados al recibir un mensaje del servicio secreto británico (MI5): un avión de la Real Fuerza Aérea me esperaba en el aeropuerto militar de Villacoublay puesto que era necesario que yo me reuniera urgentemente con Su Majestad. Me despedí de María con un par de besos y salí a las heladas calles de París de aquel frío marzo de 1971.

El camino hacia Villacoublay y de ahí a Londres me daría tiempo de poner en orden mis ideas en relación con algo que me traía loco: había pasado más un par de meses desde que el Príncipe Rainiero intentara seducirme durante la fiesta de fin de año que mis padres ofrecieron en nuestra hacienda de los Valles de Aragua, y todavía me encontraba en la disyuntiva de si debía contárselo o no a Grace; al final decidí no hacerlo dados los años de amistad que tenía con ella y las profundas relaciones entre mi familia y la de él. Eso sí, ese verano yo no visitaría Mónaco.

Una vez en Buckingham, aproveché para entregarle a Isabel los dulces de guayaba que le debía desde la última vez que nos habíamos visto durante la inauguración de una central eléctrica en Kent, cuando le hice una broma sobre los típicos emparedados de huevo ingleses. Después de tomar el té, mientras caía una usual lluvia londinense, llegaron los expertos del servicio secreto a solicitarme asesoría sobre el conflicto en Palestina. Conocían muy bien mi capacidad para pronosticar cuáles serían los grandes hombres que marcarían la pauta en el mundo y me admiraban por haberles puesto al tanto desde hacía muchísimos años sobre el liderazgo que desempeñaría Yasir Arafat; lo que no sabían era qué tan estrecha había sido mi relación con él.

A Yasir lo conocí en Kuwait a mediados de los sesenta, durante una fiesta que ofreció el Emir en mi honor. Él trabajaba como ingeniero civil pero ya yo le veía las cualidades de un gran líder. Pronto nos hicimos camaradas y acudíamos juntos a las reuniones privadas que ofrecían los jeques del golfo, llenas de atractivos adolescentes dispuestos a perder su virginidad con el amante viril y experto en el que yo me había convertido a pesar de tener tan sólo diecinueve años. Siempre me agradó la ambigüedad sexual de ciertos árabes tanto como a Yasir. Era una época de locura desenfrenada, no sería sino hasta un par de años después cuando yo asentaría cabeza al conocer a quien fuera mi primer amante serio, un hombre tan guapo pero a la vez conocido y poderoso que su nombre no debe ser citado entre estas líneas. Yasir fue testigo de ese primer amor mío y ahora, llevando a cabo órdenes reales y con la excusa de recordar viejos tiempos, yo concertaría una entrevista con él. El guerrillero palestino no podía descubrir jamás que el verdadero propósito de dicho encuentro era el de preservar los intereses de occidente en el oriente medio, una tarea, por cierto, nada fácil.

¿Cómo podía imaginar yo que este nuevo trabajo, si bien no exento de peligros que aterrarían hasta a los hombres más cabríos, me llevaría a experimentar las mieles de la satisfacción? Gadafi, Rafael Caldera Rodríguez, Francisco Franco, Cher ¡todos se humillarían ante mí!



Claro, unas memorias así habrían de esperarse de alguien perteneciente a la llamada "generación boba" de Edmundo Chirinos, aquellos nacidos en el seno de la clase media Saudita de los 70 que actualmente cuentan con una edad de entre 50 y 60 años, no sólo testigos de la guerra fria sino que, además, si bien mimados por sus padres y a pesar de los años de abusos con las drogas, no se les puede negar un nivel cultural que se está perdiendo. De los carajitos de ahora no sé si esperar tanto, quizás lo de ellos sea contar sus peripecias en "rumbas" con Lady Gaga y revolcones vainilla con Pelayo.




Hasta el próximo domingo.

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