domingo, 8 de julio de 2012

Toques técnicos

Después del desastre odontológico en el que terminaron mis colmillos (estoy exagerando un poco, lo cierto es que me los redujeron porque eran extremadamente grandes y al final me quedaron muy puntiagudos para mi gusto, así como uno algo más pequeño que el otro) pensé que iba a tener suficiente de ‘retoques’, sin embargo, cíclicamente, considero la opción de alguna cirugía plástica. No obstante, ciertas cosas en mi entorno me han venido frenando. En un momento de mi vida, antes de convertirme en el gordito que soy ahora, pensé seriamente en ponerme un poco de culo y si no lo hice no fue porque no tuve dinero, ni tiempo, ni coraje. Fue una foto que cierto contacto de mi Messenger colocó en su avatar, y de la que tomé un pantallazo que casualmente encontré guardado en mi computadora esta semana, la que me hizo meditarlo más:


Se trataba de un hombre que contacté por Internet, simpaticón, pero cuando le vi el ‘perfil’ del culo me pareció que había algo ahí que no era muy normal: lo exagerado cruzó la línea de lo bien a lo no tanto.La primera vez que vi esa retaguardia la cara se me ha debido descomponer en una mueca interrogativa y grotesca. Aunque no me atrevería a asegurarlo, aún soy de la opinión de que ese culo estaba operado ya que, fíjese, es lo grande, lo redondo y lo demasiado parado. A pesar de todo, lo más curioso no era su trasero en sí, sino lo mucho que lo exhibía: uno de los mejores cuerpos que alguna vez me haya escrito por Gaydar se concentraba, en un buen porcentaje de las fotos que publicaba, justo en la parte de su anatomía que me producía recelos y luego averigüé que no sólo a mí sino a otras personas con las que él también se estaba rebuscando en línea y a las que les hice el comentario. Resultó que había todo un corrillo en la ciudad en torno a las mismas posaderas.

¿Se le habrá pasado la mano o será que soy un inmundo envidioso y que esas nalgas son producto de un excelente, animoso o incluso exagerado entrenamiento? Me lo pregunté una y otra vez; sin embargo, la pregunta que me persuadió de no irme a una estética a que me inyectoran polímeros en mi trasero (y quién sabe si afortunadamente, mire cómo terminó la pobre de Alejandra Guzmán, al borde de la muerte) fue la siguiente: ¿De yo ponerme culo tendría el suficiente autocontrol y la cabeza lo bastante clara para saber cuánto es lo justo? ¿Y si luego exagero y termino mandándome a poner el culo como el chico de la foto para, igual que él, mostrarlo por doquier, orgullosísimo, sin noción alguna de la realidad y prestándome a que se burlen de mí? Ciertamente el culo era lo que más me urgía aquel entonces ¿qué podía ser más importante para un gay? pero luego podría haberme puesto algo de mentón, pectorales (que se puede), batatas (¡que se puede, de hecho después de la rinoplastia es la operación más común en hombres en nuestro país), injertarme implantes de vello púbico en la cara para conseguir la barba que se resiste en salirme, recortarme las orejas; y, finalmente, terminar en un manicomio, frente a un espejo, peinándome insistentemente mi larga cabellera con un cepillo grande sólo que, en realidad, estoy calvo y no sostengo nada en la mano, sólo hago el gesto.

Ojo, el culo de Ron fue un tema de moda hace algunos años, hoy día los corrillos se centran en las posaderas de cierto DJ. Tampoco me estoy quedando sin cabello, me lo rapo por puro deporte.

No quiero decir que toda operación tenga que quedar mal, sé de muchos casos exitosos, tampoco que quienes se las hagan estén locos, simplemente tengo miedo de mí. Por ejemplo, me acerco a la edad del bótox y la gente en este sentido nunca sabe cuándo parar. Me aterra la idea de terminar irreconocible como Hilda Abrahamz, cuyo rostro no evoca ya a la judía que interpretó con tanto éxito a aquella indígena que ofreció su virginidad a la selva a cambio de conservarse joven por siempre.




Hilda así como está ahora se parece a la Yajaira, quien a su vez se parece a Omer (personajes de la nocturnidad caraqueña, quien los conozca habrá soltado una estridente risotada). 

La Nariz, el gran clásico venezolano (ojo, tampoco tengo ese problema)
Tengo un conocido, al que llaman "La Nena", que cuando toma sol debe oler a plástico quemado: se puso mentón (operación que de pronto me haría), se inyectó el culo (aunque ya lo perdió) y, con lo que sí no puedo, se despedazó la nariz, que originalmente no era ni fea. La rinoplastia se la hizo con un médico de estos famosos y carísimos (vamos, con Krulig, para quien conozca) quien, a pesar de ello, le dejó tal desastre que hizo falta un par de operaciones más para medio acomodarle la cosa. Ya había quedado bien pero luego se metió cuchillo otras dos o tres veces más por puro vicio. A mi juicio, la nariz le quedó demasiado chica, cuadrada como si se la hubiesen hecho con una regla y medio de cerdo. Sé de otro que durante un buen tiempo salía de su casa con una tirita en el tabique porque si no la punta de la nariz le tocaba el labio, de tantas operaciones. En Caracas la gente está obsesionada con ocultar su ascendencia africana y por tanto respingarse la nariz (el limado de tabique de los de la herencia mediterránea no suele quedar tan mal como cuando quieren levantarse la punta) con consecuencias nada estéticas; no por nada el pelo crespo está más estigmatizado que la lepra en el medievo, pero claro, los efectos de un mal desriz no se comparan con los de una mala cirugía en el largo plazo.


Si al final siempre de eso se trata, complejos, y si a la ecuación le agregamos una percepción alterada y unas presiones sociales poco saludables, el resultado puede tornarse circense.

Hasta el próximo domingo

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