domingo, 15 de julio de 2012

Las desventuras de Don Arturo

Dada su avanzada edad y tomando en cuenta que tiene años que no actualiza su blog para mí que don Arturo, esa marica vieja que tantas carcajadas me ha sacado, se haya ido de este mundo. Como los blogs pasaron de moda de pronto se abrió un tumblr. Quiero compartir algunas de sus últimas brillantes líneas:




El último domingo fue un día espléndido en Buenos Aires. Un sol tibio entraba por la ventana del cuarto y me ayudaba a desentumecer estas articulaciones que se retoban cada vez con más frecuencia. Por suerte, la fiebre había aflojado y mi cabeza volvía a estar vacía, libre de humores pituitarios, para que las ideas pudieran jugar con el eco de sus voces. Había pasado unos día terribles. A mi edad, una simple gripe puede no ser tan simple. El pobre Anselmo no le daba respiro a la silla de ruedas. Andaba de acá para allá con sus chirridos... Me alcanzaba agua para calmar la tos, le pedía a cada rato a la enfermera de turno que me controlara el suero, contaba los minutos para darme el antibiótico, me hacía compresas de agua fría... Nunca lo había visto tan preocupado.
- No te asustes que todavía no me voy a morir. -le dije en la madrugada del viernes. Estaba sentado en su cama mirándome con carita de perro mojado. Claro que de inmediato se despabiló y regresó a su conocida expresión de viejo duro.
- Ya lo sé. -me gruñó- Y espero que no me contagies la peste. Hace una semana que estás dele toser y, además de contaminar el ambiente, no me dejás dormir.
Ahí nomás roció el aire con Lysoform.
Mi amiga Paca, postrada como está en su propia cama, me hablaba a los gritos de habitación a habitación. Se entablaba así una comunicación bastante dificultosa. Ella tiene parálisis facial y, si ya cuesta entenderle cuando habla normalmente ¡imaginen cuando grita! Además, a mí la voz no me daba ni para desafinar una canción de cuna, con lo cual la pobre Paca se empeñaba inútilmente en un diálogo imposible. De todos modos, la situación era bastante irregular: las normas del establecimiento prohíben expresamente los gritos y el escándalo. Sin embargo nadie protestó. Ni siquiera doña Leo, que gusta tanto de fiscalizar en los demás el cumplimiento de los reglamentos.
Cerca de la medianoche, doña Sofía se preocupó por mi ataque de tos.
- Yo sé, Arturo, que usté no cree en estas cosas pero igual le voy a pedir que ponga debajo de su almohada esta estampita de Santa Gertrudis, que es tan milagrosa.
¡O sea que la vieja ya consideraba que mi curación dependía de un milagro! Sin embargo y a pesar de que tenía mucha razón en eso de que yo no creo en esas cosas, le agradecí, le recibí la figurita e hice como me indicó... por si las moscas... Uno nunca sabe: por ahí Dios existe y no es cuestión de seguir sumando puntos en contra. El asunto fue que (gracias al antibiótico para caballos o a la santita) el domingo amanecí mucho mejor. Para el mediodía la temperatura era la normal y podía respirar sin dificultad. Fue después del almuerzo cuando Estercita, una de las enfermeras, entró a la habitación y me dijo con una sonrisa de oreja a oreja:
- Vinieron a visitarte, Arturito.
Detrás de ella entró una muchacha enorme, no menos de metro noventa, melena rubia hasta la cintura, unos ojazos azules que partían la tierra, unas piernotas macizas (capaces de sostener toda su humanidad y dos o tres más) y unos pechos... ¡unos pechos!... duros y bien moldeados, que asomaban su quirúrgica solvencia por sobre el escote de la blusa ajustada. La pollerita también le ajustaba y le moldeaba un culo que hubiera acomplejado a la propia Moria Casán. Anselmo se quedó lelo al verla. Parece que el viejo baboso todavía fabrica testosterona.
Yo la miré con otros ojos, por supuesto. Algo en su rostro me resultaba familiar pero no alcanzaba a reconocerla.
- Tantos años buscándolo y por fin lo encuentro, don Arturo. -Su voz era más bien ronca y noté cierto esfuerzo por aflautarla.- Viejo ingrato, yo que lo quiero tanto y usté ni se acuerda de mí... Le voy a dar una pista: noche de invierto del 90 y Ruta 8.
Entonces los recuerdos comenzaron a llegar en tropel.


Aquella noche íbamos con la Felipa* y uno de sus "sobrinos", Juanito, un hombretón de 24 años, físico y vocación de patovica (gorila, guardia de seguridad). Nuestro rumbo: la ciudad de Venado Tuerto, donde nos esperaba una gran fiesta entre locas. Era viernes por la tarde y teníamos pensado disfrutar de un fin de semana inolvidable. Habíamos pasado Pergamino. La ruta estaba desierta. Yo les iba contendo de aquella vez en que volé a Madrid en busca de un amor pretérito. ¿De qué más podíamos hablar que no fuera de hombres? Juanito iba al volante y (debo confesarlo) a una velocidad poco prudente. La juventud es así (cree tener la vida comprada) y los dos viejos íbamos demasiado distraídos como para llamarlo al orden.
De repente, se escuchó una explosión y Juanito perdió el control del vehículo. El auto hizo un trompo en medio de la ruta y estuvo a punto de volcar, pero finalmente se detuvo en la banquina y los tres resultamos ilesos. No obstante, la Felipa tuvo un ataque de nervios y salió corriendo del auto como si lo reclamara el diablo. Ahora que lo recuerdo y no hubo que lamentar una tragedia, reparo en lo gracioso que se veía el viejo, rengueando como un muñequito de cuerda, sacudiendo los brazos en alto y a los gritos por el borde del asfalto. Juanito salió en su persecusión y yo en tercer lugar: no fuera que el auto estallara por los aires como sucede en las películas. Allí nos llevamos la primera sorpresa de la noche. De entre la maleza que rodea la ruta, surgió una camioneta destartalada que casi atropella a la Felipa. 
Los tres nos quedamos petrificados y, en el medio de la oscuridad de la noche, la Felipa cayó al suelo como bolsa de papas. Juanito no llegó a tiempo para evitar el golpe y yo corrí, como pude, hasta llegar a ellos. Yo me di cuenta enseguida de que aquel desmayo no era más que una de las tantas puestas en escena con la cual mi amigo pretendía llamar la atención. Juanito tardó un poco más y trataba de hacerlo volver en sí con golpecitos en las mejillas. En tanto, la camioneta se alejaba hacia Pergamino tosiendo humo por el caño de escape. Cuando se apagaron los bufidos asmáticos de la máquina, la Felipa ya se había sentado sobre el asfalto y simulaba desconcierto. Pero del mismo modo en que lo suyo siempre fue la danza, en lo actoral tendía a la sobreactuación. Y esa tara lo traicionó. Miró hacia el horizonte entornando la mirada y preguntó con voz profunda:
- ¿Quién estoy? ¿Dónde soy?
Juanito, que justo en ese momento comenzaba a alzarlo entre sus brazos, se enfureció y lo dejó caer nuevamente. Fue una escena memorable que seguramente no podré reproducir en toda su comicidad. Otra vez la Felipa en el suelo gritando exageradamente y Juanito maldiciendo a los cielos con las manotas en la cabeza. Yo, por mi parte, muerto de risa y ¡congelado! Si el reuma me lo hubiera permitido, también me hubiera echado al suelo para carcajearme a gusto. Al poco rato todo retornó a la calma. La ruta seguía desierta y hacía un frío de la hostia. La Felipa todavía estaba tendido en el suelo, Juanito ya se había serenado y yo me colgué de su brazo, tan fuerte y poderoso. A su lado, la paz del campo era una delicia. Después regresamos al auto y nos dimos cuenta de que todo el incidente había sido por culpa de un reventón. Juanito se dispuso a cambiar el neumático y la Felipa y yo le hacíamos el apoyo sicológico para que no volviera a enfurecerse.
En eso estábamos cuando, en medio de aquella quietud de cementerio, se oyó un quejido de dolor. Y luego otro y otro. El sonido provenía de los matorrales y, haciendo alarde de su físico, Juanito se internó entre los yuyales en busca de la persona que emitía aquellos desagradables lamentos. La reacción de la Felipa, criado también en un pueblo, no fue tan altruísta.
- ¡No vayas! ¡No vayas! ¡Puede ser un mandinga!
Pero no se trataba de ningún siervo diabólico. Era un chico rubiecito y menudito con cara de bebé. Tendría unos quince o dieciséis años. Juanito lo traía en brazos y lo metió rápidamente en el auto para que no se congelara. El pobrecito temblaba y castañeteaba los dientes sin parar. Para nuestra sorpresa, llevaba el torso apenas cubierto por una camiseta desgarrada y, de la cintura para abajo, tan solo unos soquetes embarrados. Encendimos la luz interior del coche y también pudimos ver que tenía el cuerpo magullado y arañado. El chico lloraba sin consuelo y nosotros tres perdimos el don del habla. Juanito (que siempre fue un dulce a pesar de su corpulencia), sentado a su lado en el asiento de adelante, lo abrazó con ternura y le dio calor. Solo después de largo rato el mocito empezó a calmarse. Torpemente lo cubrimos con nuestras camperas y la calefacción del vehículo hizo el resto. Juanito regresó a los matorrales pero no pudo encontrar su ropa.
Para los que nos hemos criado en pueblos chicos no ha de resultar difícil imaginar lo que había sucedido aquella noche. El chico tenía voz aflautada y gestos delicados, además de ser bonito. ¿Es necesario dar más detalles? Cuando pudo calentarse y dejar de tiritar, un poco más relajado, nos contó:
- Me llamo Ricky y soy de acá cerca, de Colón -Tratando de no sacar los brazos desnudos de debajo de los abrigos, nos señaló en dirección del pueblo- Esos chabones son de Pergamino y me venían molestando desde hace tiempo con que me querían romper el culo.
 El gran pecado de Ricky era ser marica y no poder ocultarlo. Al rechazo de su padre se sumaba el desprecio y la desconfianza de los vecinos y las burlas y los abusos de tantos que se la daban de machos pero se calentaban con el ojete del maricón. Si se dejaba por las buenas, bien. Si no, no era lo suficientemente digno de merecer respeto y valía hacérselo por la fuerza. Una historia que se repite y se repite a lo largo y a lo ancho de los cinco continentes. Y muchos ya no podían contarla...


- Me imagino que lo habrán llevado a la policía para que hiciera la denuncia... -dijo de repente don Francisco, apareciendo sorpresivamente por la puerta. El viejo chusma miró a la rubia con sorpresa y la saludó tocándose la visera de la gorra.
- ¡Ni locos! Ricky tampoco quiso saber nada con eso.


- ¿Y si lo llevamos con nosotros a Venado Tuerto? -propuso Juanito.¡Era una total y completa locura! Por lo tanto, todos estuvimos de acuerdo.


- Los padres los podrían denunciar por secuestro... ¡o corrupción de menores!
Esta vez la que se sumaba a la rueda sin haber sido invitada era doña Jovita, que de leyes algo entiende.
- ¡Nada que ver! -le respondí- El padre se la pasaba borracho noche y día y la madre los había abandonado cuando el chico tenía once años.


Claro que, cuando tomamos aquella descabellada determinación, no lo sabíamos todavía ni pensamos siquiera en las consecuencias. Juanito era muy joven para ser prudente. La Felipa había pasado la vida desafiando al destino y yo... bueno... yo pensaba que el nene era muy lindo. Poco antes de la medianoche llegamos a la fiesta. Todas las locas nos estaban esperando y Ricky fue recibido con algarabía y solidaridad. Porque las locas somos solidarias ante las desgracias comunes. Las dueñas de casa le curaron las heridas, lo maquillaron y le regalaron ropa, transformándolo en la loca más despampanante que se hubiera visto jamás en el sur de Santa Fe. Fue un antes y un después para el muchachito, que siempre había fantaseado con ser una mujer y nunca se había animado a travestirse.


- Corrupción de menores. No cabe duda. -sentenció don Francisco sin sascarle los ojos de encima a las tetas de la rubia.
- ¡Degenerados! -gritó don Benito desde el pasillo- ¡Engendros de Lucifer!
- Perdóneme, don Artu. -intervino doña Sofía, que también pasaba "casualmente" por allí- Eso que hicieron no me parece que estuviera bien...
- ¡No les des bola, Arturo! -gritó Paca desde la habitación de al lado- ¡Estos son de los que comen santo pero cagan diablo!
De pronto, todos los viejos del hogar estaban discutiendo en la puerta de nuestra habitación si habíamos hecho bien o si habíamos hecho mal. Hasta que Anselmo se cansó de tanto cotorrerío:
- Pero ¿alguien me puede contar qué pasó al final con ese chico?
Un repentino acceso de tos me impidió responder y todos clavaron su mirada en la rubia. Ya no estaban tan preocupados por mi salud y les urgía saber. Así que ella se alisó el pelo y habló con serenidad.
- Nada que no estuviera dentro de lo previsible...


Aquel fin de semana se divirtió como nunca lo había hecho en su vida. Había descubierto que el mundo de las locas era su ambiente natural y por primera vez se sintió libre de ser quien era. Se sintió una sirena que durante quince años había estado fuera del agua y ahora regresaba al mar. A la noche siguiente, junto a Juanito, supo lo que era el sexo con amor y él la regresó a su casa, en su auto, el domingo por la tarde.
A pesar del solcito, el frío no cedía y parecía más riguroso en aquel barrio miserable. Especialmente en la casucha donde vivía el chico con su padre: una prefabricada de madera y bolsas de polietileno en lugar de vidrios en las ventanas. Cuando apareció el auto, todos los chicos de la cuadra se agolparon a mirar. Ricky todavía iba de loca. No había querido quitarse el vestido ni la peluca ni los tacos. Todos los vecinos lo vieron bajar del coche como si tal cosa. Movía el culo como Mamá Gansa y ni se inmutó ante las cargadas de los más pendejos. Es que ya no era Ricky: a partir de aquella fiesta, Ricky había muerto y Silvana había ocupado su lugar. Cuando el padre la vio entrar con ese atuendo se quedó paralizado y se le fue la curda de pura indignación. No le dijo nada y esperó a tenerla a mano para quebrarle la mandíbula de una trompada. En la caída, Silvana fue a parar sobre el brasero que usaban para calentar el ranchito. Así y todo, el padre no dijo una sola palabra, levantó la peluca que había ido a parar al otro lado del cuarto y se abalanzó sobre la que él veía todavía como su hijo, con claras intenciones de seguir golpeándola.
- ¡Qué huevos tenía esa chica!
- Sí!!!! Pero ya no los usaba, ja ja ja ja.
Las burlas de los viejos se parecían mucho a los de los tantos vecinos de tantas y tantas Silvanas que van por el mundo buscándose a sí mismas. El padre la hubiera matado a golpes si en ese momento Juanito no hubiera entrado para defenderla. De un solo mamporro, el pobre viejo curda quedó tendido en un rincón, semiinconciente. Luego, Juanito levantó a Silvana en brazos y se la llevó a vivir con él a Buenos Aires, donde se amaron por más de diez años.


- ¿Diez años no es mucho para dos trolazos, che, rubia? -se admiró doña Leo, con todo el veneno.
La rubia la miró con furia homicida pero fue Anselmo el que dio la estocada que llamó a silencio a la impertinente guaraní:
- ¿Se da cuenta, vieja? ¡A todo el mundo le duran los maridos menos a usté!
Se generó un silencio denso y pesado. Nadie osaba hablar, hasta que don Santiago habló en nombre de todos.
- ¿Y por qué te separaste del grandulón?
Primero la rubia lo miró sin entender y después sonrió con amargura. Volvió a alisarse el pelo dorado e inspiró profundamente antes de responder.
- Silvana me dejó cuando yo dejé de ser Juan para permitirme ser Carola... Es que ella nunca fue lesbiana...


_________________________________________________


*Lo invito a usted a entrar a conocer la historia de la Felipa en el blog de don Arturo haciendo clic en el siguiente enlace: http://donarturodequilpue.blogspot.com/2007/09/las-teteras-no-son-pavas.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario