domingo, 22 de julio de 2012

Cochino dinero

Primero me enteré de que mi ex, Gustavo, costeaba al 100% las salidas con… …ese que ahora ocupa su corazón. Luego me enteré de que le daba obsequios suntuosos, le pagaba viajes y lo había metido a vivir en su apartamento nuevo, todos los gastos pagos, por supuesto. La última vez que salí con Gustavo recibió una llama "misteriosa" que más o menos discurrió de la siguiente manera:

-Papito -decía con voz temblorosa, como si su interlocutor fuese un mafioso, que ya le había cortado una mano a la espera del pago de una cuantiosa deuda derivada de audaces apuestas a las peleas ilegales de perros, y ahora lo amenazaba con la muerte -ahora no te puedo hacer la transferencia... ...¡Pero no te molestes!... ...Estoy en la calle... ...Haz algo: revisa en la mesita de noche que creo... ...¡Ah! Ya revisaste ahí... 


No tendría que molestarme, al fin y al cabo tengo novio, lo pasado ya pasó y pasó hace tiempo (estaba yo empezando la universidad, hace como 5 años de eso), pero es que la historia entre Gustavo y yo fue diferente; digamos que la tacañería era un rasgo muy suyo y así lo acepté en su momento, es más, en esas arenas me metí advertido: la chica que me lo presentó me puso al tanto del asunto a raíz de unas salidas en las que el comportamiento de él habría sido algo mezquino (salieron a cenar y siendo el jefe de ella, no se conformó con dividir la cuenta, que sería lo normal, sino que le exigió los céntimos). Gustavo y yo nos fuimos juntos a estudiar a España con poquitísimo dinero.

Cuando Gustavo veía algo en oferta, por inútil que fuese, se ponía a pensar en la utilidad que podía darle, lo que lo llevaba a comprar baratijas, luego además recogía cosas de la basura ajena. En una oportunidad se consiguió una maquinita para plastificar carnets que estuvo a punto de llevarse “¡¿Qué vas a hacer con eso?!” le pregunté sofocado. Recuerdo un día en el que me acerqué a nuestro refrigerador y me pegó un fuerte hedor; resultó que el señorito había estado guardando una serie de sobras que, finalmente, cayeron en avanzado estado de descomposición: había un huevo metido en un frasco de mayonesa que, cuando lo abrí, apestaba tanto que se me aguaron los ojos (¿para qué carajo lo había guardado él?), una taza cubierta con papel aluminio que contenía algo tan podrido que era irreconocible, un tupperware con unos champiñones nacidos (odio ese uso popular de esa palabra pero lo empleo porque ilustra la escena con toda su sordidez, eran como unos champiñones con champiñones), y un chili con carne tan antiguo que, por más que hice memoria, no pude acordarme de cuándo fue preparado. Tiré todo eso inmediatamente y unas cuantas otras sobras más que él había guardado a mis espaldas, a mis espaldas porque sabía que me molestaba. Demás está decir que las salidas las dividíamos a medias y nada de que alguna vez recibí de él gran cosa.

Lo cierto también es que durante el verano en el que se me ocurrió irme a Inglaterra a mejorar mi inglés Gustavo me dejó por... ...ese, a quien metió en mi casa (o al menos en la casa cuyo alquiler había dejado yo pagado por un par de meses). A ambos nos empezaba a ir bien pero sin duda para él el futuro cercano pintaba mejor; yo, con 22 años, simplemente me había ganado una beca pero a mi ex, ya cercano a los 30, estaban por hacerlo fijo en la importante compañía de telecomunicaciones donde hacía las pasantías de grado de su posgrado. De ser un sin papeles pasaba a engrosar las listas de la clase media de un país que no era Suiza pero tampoco dejaba de ser geográficamente europeo. Después de tres años en los que me tuve que calar las verdes venía un carajito mucho menor que yo salido del extraradio madrileño y más ordinario que una pantaleta de fieltro (sin embargo pedante y pretencioso, a pesar de que su clase social equivalente en Venezuela habría sido la F+), a comerse las maduras.

A… …ese, no lo aguanta nadie. A parte de lo que ya he descrito resulta que es celópata, tramoyero, no estudia, suele estar desempleado y cuando no lo está es porque hace algún tipo de trabajo temporal de esos que no llevan a ningún lado cuya cotización aprovecha periódicamente para cobrar el paro. Por lo menos, sin ser la gran cosa, es bonito, a diferencia de mi ex, treitón de cara de bonachón, como de perrito, nariz regordeta, cabeza cuadrada, ojos pequeños, boca alargada y hocico; luego tiene el cuerpo flaco y flácido, barriguita, culito de pollo y piernas raquíticas. También es cierto que tiene manos y pies bonitos, buen miembro y, en general, a mí me gustaba, pero podría decirse que su belleza es más bien picasiana. Cuando empecé a salir con él yo lo llamaba a sus espaldas “mi feito”. El vejete poco agraciado con la loquita adolescente malamañosa guapetona y yo haciendo el papel de Ivana Trump pero sin dinero.

Luego el "divorcio" me perjudicó de una manera espectacular. Yo, por ejemplo, había venido pagando el Internet y los cartuchos de tinta porque Gustavo había comprado la computadora y la impresora; como él había comprado el televisor yo pagaba el teléfono, y así, con el fin de que ambos pusiéramos más o menos la misma cantidad de dinero. Pues resulta que él se lo llevó todo y cuando regresé de Bournemouth me encontré con que no sólo no tenía novio sino que ni siquiera tenía toallas. El muy desgraciado se llevó hasta las copas que me había regalado el año anterior por navidad.
 

En fin, que francamente a mí me cuesta mucho bendecir la unión de ese par a pesar de que Gustavo y... ...ese, lleven más tiempo juntos del que estuvimos Gustavo y yo. Mi novio actual, por cierto, acaba de conseguir un muy buen trabajo y ya estoy temblando. Hasta raro se puso. Una voz interna me tortura diciéndome que después de todo este tiempo quién sabe si me cambie por algún marginalito de la cota 905 de cuerpo más definido a quien pueda conquistar ahora que, por ejemplo, puede finalmente comprarse un carro. Espero se trate sólo de una fantasía paranóica pero miren a su alrededor y verán que la historia se repite en todas partes, por eso me molesta tanto escuchar a tantas mujeres y a algunos maricos de mi entorno decir que están pendientes de conseguir a un tipo con casa, carro y de ser posible una lancha; un papá, pues (aunque puede que sin ellas y ellos saberlo), puesto que, dado que vivimos en un país con una clase media muy débil, tan abultadas cuentas bancarias (porque en cualquier otro lugar eso lo tiene cualquiera que trabaje en lo que sea, que es el deber ser, pero aquí no tanto) no suelen tener menos de cuarenta años, en vez de buscarse a alguien que les guste y tenga potencial con el que empezar un camino juntos.

Específicamente, es por todo lo expuesto que cuando esta semana escuché a una compañera de trabajo, indecisa, hablar del tipo con lancha que la estaba invitando a la playa (al fin y al cabo a ella no le gustaba mucho el hombre físicamente y era probable que le cobrara la salidita en especias), me descargué con toda la maldad que encontré en la amargura de este momento de inseguridad que estoy viviendo debido a lo que he pasado. Primero le dije que si sabía lo que iba a pasar y no quería donársela entonces que no fuera y que ni se le ocurriera ir a hacer el papel de seca porque iba a echarle a perder el fin de semana a todos. Por último, le sugerí buscar a alguien más de su edad que tuviese la vida menos hecha, porque el tipo de hombre buenote y con plata como ella lo quiere no es que no exista sino que no sobra y jamás estará pendiente de una mujer que ya pasó los treinta y que, si bien agradable a la vista, no es nada frente a las niñitas operadas e inteligentes que están a la caza del partido perfecto en esta ciudad de varios millones de habitantes donde hay más mujeres que hombres y, para colmo, abundan los gays.



Hasta el próximo domingo.

domingo, 15 de julio de 2012

Las desventuras de Don Arturo

Dada su avanzada edad y tomando en cuenta que tiene años que no actualiza su blog para mí que don Arturo, esa marica vieja que tantas carcajadas me ha sacado, se haya ido de este mundo. Como los blogs pasaron de moda de pronto se abrió un tumblr. Quiero compartir algunas de sus últimas brillantes líneas:




El último domingo fue un día espléndido en Buenos Aires. Un sol tibio entraba por la ventana del cuarto y me ayudaba a desentumecer estas articulaciones que se retoban cada vez con más frecuencia. Por suerte, la fiebre había aflojado y mi cabeza volvía a estar vacía, libre de humores pituitarios, para que las ideas pudieran jugar con el eco de sus voces. Había pasado unos día terribles. A mi edad, una simple gripe puede no ser tan simple. El pobre Anselmo no le daba respiro a la silla de ruedas. Andaba de acá para allá con sus chirridos... Me alcanzaba agua para calmar la tos, le pedía a cada rato a la enfermera de turno que me controlara el suero, contaba los minutos para darme el antibiótico, me hacía compresas de agua fría... Nunca lo había visto tan preocupado.
- No te asustes que todavía no me voy a morir. -le dije en la madrugada del viernes. Estaba sentado en su cama mirándome con carita de perro mojado. Claro que de inmediato se despabiló y regresó a su conocida expresión de viejo duro.
- Ya lo sé. -me gruñó- Y espero que no me contagies la peste. Hace una semana que estás dele toser y, además de contaminar el ambiente, no me dejás dormir.
Ahí nomás roció el aire con Lysoform.
Mi amiga Paca, postrada como está en su propia cama, me hablaba a los gritos de habitación a habitación. Se entablaba así una comunicación bastante dificultosa. Ella tiene parálisis facial y, si ya cuesta entenderle cuando habla normalmente ¡imaginen cuando grita! Además, a mí la voz no me daba ni para desafinar una canción de cuna, con lo cual la pobre Paca se empeñaba inútilmente en un diálogo imposible. De todos modos, la situación era bastante irregular: las normas del establecimiento prohíben expresamente los gritos y el escándalo. Sin embargo nadie protestó. Ni siquiera doña Leo, que gusta tanto de fiscalizar en los demás el cumplimiento de los reglamentos.
Cerca de la medianoche, doña Sofía se preocupó por mi ataque de tos.
- Yo sé, Arturo, que usté no cree en estas cosas pero igual le voy a pedir que ponga debajo de su almohada esta estampita de Santa Gertrudis, que es tan milagrosa.
¡O sea que la vieja ya consideraba que mi curación dependía de un milagro! Sin embargo y a pesar de que tenía mucha razón en eso de que yo no creo en esas cosas, le agradecí, le recibí la figurita e hice como me indicó... por si las moscas... Uno nunca sabe: por ahí Dios existe y no es cuestión de seguir sumando puntos en contra. El asunto fue que (gracias al antibiótico para caballos o a la santita) el domingo amanecí mucho mejor. Para el mediodía la temperatura era la normal y podía respirar sin dificultad. Fue después del almuerzo cuando Estercita, una de las enfermeras, entró a la habitación y me dijo con una sonrisa de oreja a oreja:
- Vinieron a visitarte, Arturito.
Detrás de ella entró una muchacha enorme, no menos de metro noventa, melena rubia hasta la cintura, unos ojazos azules que partían la tierra, unas piernotas macizas (capaces de sostener toda su humanidad y dos o tres más) y unos pechos... ¡unos pechos!... duros y bien moldeados, que asomaban su quirúrgica solvencia por sobre el escote de la blusa ajustada. La pollerita también le ajustaba y le moldeaba un culo que hubiera acomplejado a la propia Moria Casán. Anselmo se quedó lelo al verla. Parece que el viejo baboso todavía fabrica testosterona.
Yo la miré con otros ojos, por supuesto. Algo en su rostro me resultaba familiar pero no alcanzaba a reconocerla.
- Tantos años buscándolo y por fin lo encuentro, don Arturo. -Su voz era más bien ronca y noté cierto esfuerzo por aflautarla.- Viejo ingrato, yo que lo quiero tanto y usté ni se acuerda de mí... Le voy a dar una pista: noche de invierto del 90 y Ruta 8.
Entonces los recuerdos comenzaron a llegar en tropel.


Aquella noche íbamos con la Felipa* y uno de sus "sobrinos", Juanito, un hombretón de 24 años, físico y vocación de patovica (gorila, guardia de seguridad). Nuestro rumbo: la ciudad de Venado Tuerto, donde nos esperaba una gran fiesta entre locas. Era viernes por la tarde y teníamos pensado disfrutar de un fin de semana inolvidable. Habíamos pasado Pergamino. La ruta estaba desierta. Yo les iba contendo de aquella vez en que volé a Madrid en busca de un amor pretérito. ¿De qué más podíamos hablar que no fuera de hombres? Juanito iba al volante y (debo confesarlo) a una velocidad poco prudente. La juventud es así (cree tener la vida comprada) y los dos viejos íbamos demasiado distraídos como para llamarlo al orden.
De repente, se escuchó una explosión y Juanito perdió el control del vehículo. El auto hizo un trompo en medio de la ruta y estuvo a punto de volcar, pero finalmente se detuvo en la banquina y los tres resultamos ilesos. No obstante, la Felipa tuvo un ataque de nervios y salió corriendo del auto como si lo reclamara el diablo. Ahora que lo recuerdo y no hubo que lamentar una tragedia, reparo en lo gracioso que se veía el viejo, rengueando como un muñequito de cuerda, sacudiendo los brazos en alto y a los gritos por el borde del asfalto. Juanito salió en su persecusión y yo en tercer lugar: no fuera que el auto estallara por los aires como sucede en las películas. Allí nos llevamos la primera sorpresa de la noche. De entre la maleza que rodea la ruta, surgió una camioneta destartalada que casi atropella a la Felipa. 
Los tres nos quedamos petrificados y, en el medio de la oscuridad de la noche, la Felipa cayó al suelo como bolsa de papas. Juanito no llegó a tiempo para evitar el golpe y yo corrí, como pude, hasta llegar a ellos. Yo me di cuenta enseguida de que aquel desmayo no era más que una de las tantas puestas en escena con la cual mi amigo pretendía llamar la atención. Juanito tardó un poco más y trataba de hacerlo volver en sí con golpecitos en las mejillas. En tanto, la camioneta se alejaba hacia Pergamino tosiendo humo por el caño de escape. Cuando se apagaron los bufidos asmáticos de la máquina, la Felipa ya se había sentado sobre el asfalto y simulaba desconcierto. Pero del mismo modo en que lo suyo siempre fue la danza, en lo actoral tendía a la sobreactuación. Y esa tara lo traicionó. Miró hacia el horizonte entornando la mirada y preguntó con voz profunda:
- ¿Quién estoy? ¿Dónde soy?
Juanito, que justo en ese momento comenzaba a alzarlo entre sus brazos, se enfureció y lo dejó caer nuevamente. Fue una escena memorable que seguramente no podré reproducir en toda su comicidad. Otra vez la Felipa en el suelo gritando exageradamente y Juanito maldiciendo a los cielos con las manotas en la cabeza. Yo, por mi parte, muerto de risa y ¡congelado! Si el reuma me lo hubiera permitido, también me hubiera echado al suelo para carcajearme a gusto. Al poco rato todo retornó a la calma. La ruta seguía desierta y hacía un frío de la hostia. La Felipa todavía estaba tendido en el suelo, Juanito ya se había serenado y yo me colgué de su brazo, tan fuerte y poderoso. A su lado, la paz del campo era una delicia. Después regresamos al auto y nos dimos cuenta de que todo el incidente había sido por culpa de un reventón. Juanito se dispuso a cambiar el neumático y la Felipa y yo le hacíamos el apoyo sicológico para que no volviera a enfurecerse.
En eso estábamos cuando, en medio de aquella quietud de cementerio, se oyó un quejido de dolor. Y luego otro y otro. El sonido provenía de los matorrales y, haciendo alarde de su físico, Juanito se internó entre los yuyales en busca de la persona que emitía aquellos desagradables lamentos. La reacción de la Felipa, criado también en un pueblo, no fue tan altruísta.
- ¡No vayas! ¡No vayas! ¡Puede ser un mandinga!
Pero no se trataba de ningún siervo diabólico. Era un chico rubiecito y menudito con cara de bebé. Tendría unos quince o dieciséis años. Juanito lo traía en brazos y lo metió rápidamente en el auto para que no se congelara. El pobrecito temblaba y castañeteaba los dientes sin parar. Para nuestra sorpresa, llevaba el torso apenas cubierto por una camiseta desgarrada y, de la cintura para abajo, tan solo unos soquetes embarrados. Encendimos la luz interior del coche y también pudimos ver que tenía el cuerpo magullado y arañado. El chico lloraba sin consuelo y nosotros tres perdimos el don del habla. Juanito (que siempre fue un dulce a pesar de su corpulencia), sentado a su lado en el asiento de adelante, lo abrazó con ternura y le dio calor. Solo después de largo rato el mocito empezó a calmarse. Torpemente lo cubrimos con nuestras camperas y la calefacción del vehículo hizo el resto. Juanito regresó a los matorrales pero no pudo encontrar su ropa.
Para los que nos hemos criado en pueblos chicos no ha de resultar difícil imaginar lo que había sucedido aquella noche. El chico tenía voz aflautada y gestos delicados, además de ser bonito. ¿Es necesario dar más detalles? Cuando pudo calentarse y dejar de tiritar, un poco más relajado, nos contó:
- Me llamo Ricky y soy de acá cerca, de Colón -Tratando de no sacar los brazos desnudos de debajo de los abrigos, nos señaló en dirección del pueblo- Esos chabones son de Pergamino y me venían molestando desde hace tiempo con que me querían romper el culo.
 El gran pecado de Ricky era ser marica y no poder ocultarlo. Al rechazo de su padre se sumaba el desprecio y la desconfianza de los vecinos y las burlas y los abusos de tantos que se la daban de machos pero se calentaban con el ojete del maricón. Si se dejaba por las buenas, bien. Si no, no era lo suficientemente digno de merecer respeto y valía hacérselo por la fuerza. Una historia que se repite y se repite a lo largo y a lo ancho de los cinco continentes. Y muchos ya no podían contarla...


- Me imagino que lo habrán llevado a la policía para que hiciera la denuncia... -dijo de repente don Francisco, apareciendo sorpresivamente por la puerta. El viejo chusma miró a la rubia con sorpresa y la saludó tocándose la visera de la gorra.
- ¡Ni locos! Ricky tampoco quiso saber nada con eso.


- ¿Y si lo llevamos con nosotros a Venado Tuerto? -propuso Juanito.¡Era una total y completa locura! Por lo tanto, todos estuvimos de acuerdo.


- Los padres los podrían denunciar por secuestro... ¡o corrupción de menores!
Esta vez la que se sumaba a la rueda sin haber sido invitada era doña Jovita, que de leyes algo entiende.
- ¡Nada que ver! -le respondí- El padre se la pasaba borracho noche y día y la madre los había abandonado cuando el chico tenía once años.


Claro que, cuando tomamos aquella descabellada determinación, no lo sabíamos todavía ni pensamos siquiera en las consecuencias. Juanito era muy joven para ser prudente. La Felipa había pasado la vida desafiando al destino y yo... bueno... yo pensaba que el nene era muy lindo. Poco antes de la medianoche llegamos a la fiesta. Todas las locas nos estaban esperando y Ricky fue recibido con algarabía y solidaridad. Porque las locas somos solidarias ante las desgracias comunes. Las dueñas de casa le curaron las heridas, lo maquillaron y le regalaron ropa, transformándolo en la loca más despampanante que se hubiera visto jamás en el sur de Santa Fe. Fue un antes y un después para el muchachito, que siempre había fantaseado con ser una mujer y nunca se había animado a travestirse.


- Corrupción de menores. No cabe duda. -sentenció don Francisco sin sascarle los ojos de encima a las tetas de la rubia.
- ¡Degenerados! -gritó don Benito desde el pasillo- ¡Engendros de Lucifer!
- Perdóneme, don Artu. -intervino doña Sofía, que también pasaba "casualmente" por allí- Eso que hicieron no me parece que estuviera bien...
- ¡No les des bola, Arturo! -gritó Paca desde la habitación de al lado- ¡Estos son de los que comen santo pero cagan diablo!
De pronto, todos los viejos del hogar estaban discutiendo en la puerta de nuestra habitación si habíamos hecho bien o si habíamos hecho mal. Hasta que Anselmo se cansó de tanto cotorrerío:
- Pero ¿alguien me puede contar qué pasó al final con ese chico?
Un repentino acceso de tos me impidió responder y todos clavaron su mirada en la rubia. Ya no estaban tan preocupados por mi salud y les urgía saber. Así que ella se alisó el pelo y habló con serenidad.
- Nada que no estuviera dentro de lo previsible...


Aquel fin de semana se divirtió como nunca lo había hecho en su vida. Había descubierto que el mundo de las locas era su ambiente natural y por primera vez se sintió libre de ser quien era. Se sintió una sirena que durante quince años había estado fuera del agua y ahora regresaba al mar. A la noche siguiente, junto a Juanito, supo lo que era el sexo con amor y él la regresó a su casa, en su auto, el domingo por la tarde.
A pesar del solcito, el frío no cedía y parecía más riguroso en aquel barrio miserable. Especialmente en la casucha donde vivía el chico con su padre: una prefabricada de madera y bolsas de polietileno en lugar de vidrios en las ventanas. Cuando apareció el auto, todos los chicos de la cuadra se agolparon a mirar. Ricky todavía iba de loca. No había querido quitarse el vestido ni la peluca ni los tacos. Todos los vecinos lo vieron bajar del coche como si tal cosa. Movía el culo como Mamá Gansa y ni se inmutó ante las cargadas de los más pendejos. Es que ya no era Ricky: a partir de aquella fiesta, Ricky había muerto y Silvana había ocupado su lugar. Cuando el padre la vio entrar con ese atuendo se quedó paralizado y se le fue la curda de pura indignación. No le dijo nada y esperó a tenerla a mano para quebrarle la mandíbula de una trompada. En la caída, Silvana fue a parar sobre el brasero que usaban para calentar el ranchito. Así y todo, el padre no dijo una sola palabra, levantó la peluca que había ido a parar al otro lado del cuarto y se abalanzó sobre la que él veía todavía como su hijo, con claras intenciones de seguir golpeándola.
- ¡Qué huevos tenía esa chica!
- Sí!!!! Pero ya no los usaba, ja ja ja ja.
Las burlas de los viejos se parecían mucho a los de los tantos vecinos de tantas y tantas Silvanas que van por el mundo buscándose a sí mismas. El padre la hubiera matado a golpes si en ese momento Juanito no hubiera entrado para defenderla. De un solo mamporro, el pobre viejo curda quedó tendido en un rincón, semiinconciente. Luego, Juanito levantó a Silvana en brazos y se la llevó a vivir con él a Buenos Aires, donde se amaron por más de diez años.


- ¿Diez años no es mucho para dos trolazos, che, rubia? -se admiró doña Leo, con todo el veneno.
La rubia la miró con furia homicida pero fue Anselmo el que dio la estocada que llamó a silencio a la impertinente guaraní:
- ¿Se da cuenta, vieja? ¡A todo el mundo le duran los maridos menos a usté!
Se generó un silencio denso y pesado. Nadie osaba hablar, hasta que don Santiago habló en nombre de todos.
- ¿Y por qué te separaste del grandulón?
Primero la rubia lo miró sin entender y después sonrió con amargura. Volvió a alisarse el pelo dorado e inspiró profundamente antes de responder.
- Silvana me dejó cuando yo dejé de ser Juan para permitirme ser Carola... Es que ella nunca fue lesbiana...


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*Lo invito a usted a entrar a conocer la historia de la Felipa en el blog de don Arturo haciendo clic en el siguiente enlace: http://donarturodequilpue.blogspot.com/2007/09/las-teteras-no-son-pavas.html

domingo, 8 de julio de 2012

Toques técnicos

Después del desastre odontológico en el que terminaron mis colmillos (estoy exagerando un poco, lo cierto es que me los redujeron porque eran extremadamente grandes y al final me quedaron muy puntiagudos para mi gusto, así como uno algo más pequeño que el otro) pensé que iba a tener suficiente de ‘retoques’, sin embargo, cíclicamente, considero la opción de alguna cirugía plástica. No obstante, ciertas cosas en mi entorno me han venido frenando. En un momento de mi vida, antes de convertirme en el gordito que soy ahora, pensé seriamente en ponerme un poco de culo y si no lo hice no fue porque no tuve dinero, ni tiempo, ni coraje. Fue una foto que cierto contacto de mi Messenger colocó en su avatar, y de la que tomé un pantallazo que casualmente encontré guardado en mi computadora esta semana, la que me hizo meditarlo más:


Se trataba de un hombre que contacté por Internet, simpaticón, pero cuando le vi el ‘perfil’ del culo me pareció que había algo ahí que no era muy normal: lo exagerado cruzó la línea de lo bien a lo no tanto.La primera vez que vi esa retaguardia la cara se me ha debido descomponer en una mueca interrogativa y grotesca. Aunque no me atrevería a asegurarlo, aún soy de la opinión de que ese culo estaba operado ya que, fíjese, es lo grande, lo redondo y lo demasiado parado. A pesar de todo, lo más curioso no era su trasero en sí, sino lo mucho que lo exhibía: uno de los mejores cuerpos que alguna vez me haya escrito por Gaydar se concentraba, en un buen porcentaje de las fotos que publicaba, justo en la parte de su anatomía que me producía recelos y luego averigüé que no sólo a mí sino a otras personas con las que él también se estaba rebuscando en línea y a las que les hice el comentario. Resultó que había todo un corrillo en la ciudad en torno a las mismas posaderas.

¿Se le habrá pasado la mano o será que soy un inmundo envidioso y que esas nalgas son producto de un excelente, animoso o incluso exagerado entrenamiento? Me lo pregunté una y otra vez; sin embargo, la pregunta que me persuadió de no irme a una estética a que me inyectoran polímeros en mi trasero (y quién sabe si afortunadamente, mire cómo terminó la pobre de Alejandra Guzmán, al borde de la muerte) fue la siguiente: ¿De yo ponerme culo tendría el suficiente autocontrol y la cabeza lo bastante clara para saber cuánto es lo justo? ¿Y si luego exagero y termino mandándome a poner el culo como el chico de la foto para, igual que él, mostrarlo por doquier, orgullosísimo, sin noción alguna de la realidad y prestándome a que se burlen de mí? Ciertamente el culo era lo que más me urgía aquel entonces ¿qué podía ser más importante para un gay? pero luego podría haberme puesto algo de mentón, pectorales (que se puede), batatas (¡que se puede, de hecho después de la rinoplastia es la operación más común en hombres en nuestro país), injertarme implantes de vello púbico en la cara para conseguir la barba que se resiste en salirme, recortarme las orejas; y, finalmente, terminar en un manicomio, frente a un espejo, peinándome insistentemente mi larga cabellera con un cepillo grande sólo que, en realidad, estoy calvo y no sostengo nada en la mano, sólo hago el gesto.

Ojo, el culo de Ron fue un tema de moda hace algunos años, hoy día los corrillos se centran en las posaderas de cierto DJ. Tampoco me estoy quedando sin cabello, me lo rapo por puro deporte.

No quiero decir que toda operación tenga que quedar mal, sé de muchos casos exitosos, tampoco que quienes se las hagan estén locos, simplemente tengo miedo de mí. Por ejemplo, me acerco a la edad del bótox y la gente en este sentido nunca sabe cuándo parar. Me aterra la idea de terminar irreconocible como Hilda Abrahamz, cuyo rostro no evoca ya a la judía que interpretó con tanto éxito a aquella indígena que ofreció su virginidad a la selva a cambio de conservarse joven por siempre.




Hilda así como está ahora se parece a la Yajaira, quien a su vez se parece a Omer (personajes de la nocturnidad caraqueña, quien los conozca habrá soltado una estridente risotada). 

La Nariz, el gran clásico venezolano (ojo, tampoco tengo ese problema)
Tengo un conocido, al que llaman "La Nena", que cuando toma sol debe oler a plástico quemado: se puso mentón (operación que de pronto me haría), se inyectó el culo (aunque ya lo perdió) y, con lo que sí no puedo, se despedazó la nariz, que originalmente no era ni fea. La rinoplastia se la hizo con un médico de estos famosos y carísimos (vamos, con Krulig, para quien conozca) quien, a pesar de ello, le dejó tal desastre que hizo falta un par de operaciones más para medio acomodarle la cosa. Ya había quedado bien pero luego se metió cuchillo otras dos o tres veces más por puro vicio. A mi juicio, la nariz le quedó demasiado chica, cuadrada como si se la hubiesen hecho con una regla y medio de cerdo. Sé de otro que durante un buen tiempo salía de su casa con una tirita en el tabique porque si no la punta de la nariz le tocaba el labio, de tantas operaciones. En Caracas la gente está obsesionada con ocultar su ascendencia africana y por tanto respingarse la nariz (el limado de tabique de los de la herencia mediterránea no suele quedar tan mal como cuando quieren levantarse la punta) con consecuencias nada estéticas; no por nada el pelo crespo está más estigmatizado que la lepra en el medievo, pero claro, los efectos de un mal desriz no se comparan con los de una mala cirugía en el largo plazo.


Si al final siempre de eso se trata, complejos, y si a la ecuación le agregamos una percepción alterada y unas presiones sociales poco saludables, el resultado puede tornarse circense.

Hasta el próximo domingo

martes, 3 de julio de 2012

Música original que luego fue mal versionada

Este es un homenaje a aquellas canciones de los 60, 70 y 80, que fueron dudosamente versionadas y popularizadas en los años 2000, momento en el que tengo la sensación de que la posmodernidad, ya agotada, dejó de crear para comenzar la esperpéntica involución que nos ha llevado a Pitbull. Claro, sacar malos covers tampoco era algo nuevo, por lo que también he incluído las canciones originales de plagios de los 80.

1.- Lady Marmalade de Patti Labelle (Entenderán que la Lady Marmalade en el Mouling Rouge de la Aguilera con el montón de raperas exconvictas no es la original, de hecho esa canción ya tenía varias versiones, ninguna mejor que la de Labelle)
2.- Angel of the Morning de Merrilee Rush/Turnabouts (Sí, una canción preciosa, nada que ver con la versión de Shaggy, cuya letra modificada cambió el sentido revolucionario de su mensaje por otro de mentalidad chica. Esa suerte de reggae con R&B de hace 10 años fue asquerosa; no la incluí en la lista pero escuchen la bellísima Can't take my eyes off you de Gloria Gaynor para que me den la razón al recordar cual fue el bodrio que sacaron con su coro a principios de la década pasada, aunque no me sebo mucho en ello porque a mi novio le entanta Lauryn Hill)
3.- I Say A Little Prayer de Aretha Franklin (La versión "changa" que se utilizó para promocionar "La boda de mi mejor amigo" fue cuando menos un crimen, aunque se perdona dado que la escena en la que los personajes cantan es sumamente bella y divertida)
4.- Gloria de Umberto Tozzi (Los gringos tuvieron que sacarle una versión en inglés porque imagino que para ellos escuchar una canción en italiano debe ser muy difícil)
5.- No Controles de Olé Olé (Toma esa Flans, copionas)
6.- Questo Amore Non Si Tocca de Gianni Bella (Toma esa, Yuri)
7.- Stella Stai de Umberto Tozzi (Seguramente sea la que más le haya sorprendido y, pues sí, Menudo era un menudo plagio)
8.- Everywhere de Fleetwood Mac

Me hubiese gustado incluir Oltre la montagna de Anna Oxa (haga clic aquí para escucharla; se sorprenderá), pero me fue imposible encontrarla, para los que no sabían que Ricardo Montaner se copiaba las canciones (y, ya que estamos de chismes, que consume cocaína, tal y como quedó registrado en este programa de Susana Giménez, suerte de Raffaella Carrá argentina, en el que se ve cómo al cantautor uno de los "susanos" le pasa lo que parece ser una bolsita, luego se le escucha esnifar, para por último soltar una enorme verbigracia, típica de los "jalados", de las que los psicoanalistas conocen bien). Bueno, no lo juzgo, Melissa la Reina del rock también hacía lo suyo (digo, plagiar, que no jalarse, o al menos de ello no tengo noticias). Hay más plagios de artistas latinos en la lista que dediqué a los maravillosos 80 italianos.

Me despido finalmente con esta perla, aunque la versión de Save Ferris no era tan mala:



¡Hasta el próximo domingo y disculpen que no haya aparecido últimamente! Regreso con las pilas puestas después de haber visitado Londres