domingo, 22 de abril de 2012

Sacarse a alguien de encima


Qué difícil es sacarse a alguien de encima y qué duro es cuándo te lo hacen. Esta entrada viene un poco a matizar mi entrada anterior relacionada con las ganas de creerle a charlatanes que si ya la leyó, bien, y, si no, puede hacerlo como no, no hace falta para entender el par de relatos a continuación...


Si no le atienden al teléfono, no insista:

Había un ex compañero de la universidad al que yo no soportaba por mentiroso, aburrido, egocéntrico, poco culto, alcohólico, pero lo cierto es que en una oportunidad me dijo que yo era “su mejor amigo”, me escribía una cantidad exagerada de mensajes, llamaba a mi casa y procuraba pegárseme a cuanto plan tuviera yo. Para colmo (y esto me cuesta admitirlo), una noche cunado todavía estudiábamos tuve el mal tino de permitir un “roce sexual” y además, en días siguientes, lo saqué conmigo un par de veces a pasear puesto que soy una persona de carácter débil y me sentí comprometido a hacerlo, así que muy al principio le di un poco de cuerda aunque inmediatamente cerrara el grifo de la atención ante las señales de alerta. Pasados un par de meses ya yo había probado de todo para sacudírmelo (no contestarle los mensajes, no atenderle las llamadas, no invitarlo para ninguna parte, etc.), incluso atravesé la línea entre la buena y la mala educación; su respuesta: “¿Qué pasa, por qué te pones así si somos amigos?”. Ante tan poco amor propio se me puso el corazón chiquito e ignoré el comentario, porque no soy lo suficientemente valiente para decirle que me tiene arto, así sea con mejores palabras, pero tampoco lo suficientemente hipócrita para pedirle disculpas. Desesperado, busqué el consejo de mi madre, una mujer que tiene la capacidad de dar siempre los remedios más agrios y, como siempre, me ha dicho lo que yo no quería oír: “Háblalo con él”; sabor a pomelo. Afortunadamente la diosa Fortuna me sonrió y alejó a ese hombre de la ciudad y de mi vida.

¿Qué otra cosa podía hacer yo?


Si al verlo las personas salen corriendo, no insista:

Un sábado por la noche me encuentro a Fernando V conectado en Internet. Fernando es un perenne estudiante de arquitectura de la Universidad Simón Bolívar, altísimo aunque su cuerpo parece más bien un pin de boliche, no muy agraciado de cara, bastante amanerado aunque crea lo contrario, venenoso (se trata del “amigo” que me pone verde con todo el mundo, explicado con anterioridad, así que yo ahora hago lo propio) y cuyo gusto exquisito si bien dudoso para algunas cosas (fue él quien con orgullo me contó que la madre cuelga afiches mandados a encuadrar como piezas de arte en la sala de su casa) se manifiesta al sólo dar cabida dentro de sus consideraciones de tipo sexual y afectivo a los hombres más hermosos, actitud que suele traerle muchos desengaños en tanto la verdad no está para jugar en las mismas ligas, reflejando en el camino muchos complejos comunes del tercer mundo (le gustan papeados, blancos y sin plumas). 

Fernando una noche me contó por teléfono que tenía un novio nuevo que vivía en Puerto Ordaz y que, en ese momento, estaba pasando unos días aquí en Caracas. Yo le pregunté: “¿qué haces que no estás ahora con él?”; él me respondió: “desde el jueves no nos vemos”. A partir de ese momento supe que algo no marchaba bien y se lo hice saber, pero insistió en que no pasaba nada, únicamente que su novio estaba quedándose en un lugar donde no había luz y por ello no tenía batería en el celular, así que no tenían manera de comunicarse. Claro está que esa explicación alimentó aún más mis suspicacias. Pasé buscándolo y terminamos en el Mc Donalds de La Castellana (era de lo poco que estaba abierto a esa hora) y, adivinen qué, ahí estaba el guayacitano (por favor, corríjanme si ese gentilicio no es así) y Fernando montó un show del que aún me quiero olvidar, ahí mismo, en frente de un gentío; imaginen lo lleno que estaba ese restaurante (por llamarlo de alguna manera) un sábado siendo lo único disponible en la madrugada. En esas circunstancias, Fernando se puso, soltando plumas como él solo, literalmente a perseguir por todo el local a su supuesto novio quien huía despavorido. “¡¿Quién es esta gente con la que andas?!” inquiría temblando de la rabia “¿Por qué no me has llamado? ¡¿No y que no ibas salir hoy?!”. Yo estaba pelándole el diente a un oso en traje y claro, se me cortó la nota. En medio de todo el lío le rogué a Fernando que por el amor de Dios dejara al otro en paz, pero él insistía, diciéndome que no sabía que estaba pasando, aunque era evidente. 

No hay peor ciego que el que no quiere ver. El punto es que, ante señales muy claras (porque hay que ver lo claro que es salir casi corriendo, como lo hizo el guayacitano) Fernando no aceptaba que estaba siendo rechazado y se aferraba a la esperanza de que jamás le dijeron que querían alejarse de él; con esa excusa, continuaba con unas demostraciones que desde mi punto de vista se había convertido en acoso, denunciables. Trate de, por bajo que caiga, jamás llegar a eso, se lo ruego.


Es más el consejo que puedo ofrecer a los acosadores que a los acosados, sacarse a alguien de encima es una ciencia sobre la que todavía no hay tratado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario