domingo, 29 de abril de 2012

Estirar la cuerda sentimental en el mundillo gay actual


Ese domingo habíamos quedado en ir juntos al gimnasio, pero bien pasado el medio día mi pretendido o mi pretendiente, según cómo se le mirase, no aparecía, así que le mandé el primer mensaje. El día anterior me había tocado trabajar hasta la extenuación por lo que me quedé en casa mientras él, fotógrafo farandulero, salía con unas “amigas” que habían llegado de afuera. Domingo al fin y sin nada que hacer, las cuatro paredes de mi cuarto empezaban a asfixiarme y entonces mandé otro par de mensajitos, puede que menos amistosos que el primero pero aún bastante cordiales. Cayó la noche y yo ya, que soy un tipo bastante intranquilo (no me imagino en una sesión de acupuntura por más en boga que esté, acostado en una camilla y sin poder moverme, seguro que le busco conversación a la china), me puse en contacto con un conocido en común quien me reveló que el motivo de mi angustia después de verse con las “amigas” se había ido a una “maricoteca” tal (lugar por cierto sumamente sórdido y de mal gusto, nada acorde con el perfil de moderna de “mi hombre”, pero bueno, siempre he creído que en Caracas lo del “moderneo” es pura pose) y ahí se había quedado hasta sabría Dios qué hora. 


Cualquiera que haya leído mis entradas anteriores (tituladas "Sacarse a alguien de encima", "La obsesión por los extranjeros y las ganas de creerle a charlatanes") y en general cualquiera de mis textos en este blog, podría pensar que intento venderme como un héroe, que me creo un maestro del autocontrol y de la asertividad poniendo por el piso a otras personas, que veo la paja en el ojo ajeno mas no la viga en el propio; así que a continuación me voy a mojar un poco con el refrito de un episodio dudoso de mi vida, porque es lo justo.

Si bien yo lo que estaba era originalmente preocupado, “tramoyando” unos escenarios trágicos que incluían secuestros, robos, burundangas y cualquier cantidad de otros males típicos y leyendas urbanas de esta ciudad (al fin y al cabo cual auténticos enamorados nos escribíamos a cada rato), llegado ese punto empecé a cabrearme y casi deseaba que le hubiese pasado una de las desgracias citadas a mi pretendido o mi pretendiente, según cómo se le mirase. Continué averiguando a través de otros terceros hasta por fin descubrir que el tipo estaba sano y salvo dado que se había reportado al llegar a casa, hora no confirmada.

Bueno, por supuesto que ya yo no estaba cabreado, lo mío era una posesión satánica. En torno a mí los trastes levitaban y se aventaban contra las paredes mientras yo, botando espuma por la boca, convulsionaba en la cama y gritaba guturales maldiciones en lenguas muertas. ¡¿Pero por qué diablos no se había reportado conmigo siquiera para decir que no podía verme? Qué falta de consideración, ojalá lo hayan secuestrado unos extraterrestres y le estén haciendo toda clase de estudios mediante sondas muy humillantes! Total que a eso de las 10 p.m. el hombre me llama, aquejado por una fuerte resaca, a pedirme disculpas, que había cometido muchos excesos el día anterior y que no era sino hasta esa hora que se levantaba. Desde luego lo traté horrible: quería, aprovechando la resaca, que sufriera todo lo posible, raro en mí que honestamente soy un “ser de luz”[1], “descomplicado” y nada “revanchero”, pero es que de verdad yo lo había pasado muy mal, muy, muy mal, así que sus disculpas no me bastaron: le dije de todo, quería que me suplicara, que me besara los pies. 

Pues al día siguiente se podría decir que me aplicaron la de Procusto[2] de acuerdo con el decir venezolano de finales de los ochenta y principios de los 90 que reza “me cortaron las patas”, para el resto del mundo de habla hispana: me mandaron a freír espárragos. Yo que por el contrario esperaba que se arrastrasen hacia mí pidiendo perdón terminé arrastrándome como un coleto (fregona) inútilmente y por varios días si no semanas. Orgullo herido o lo que fuese, francamente no lo podía creer.

Si este ensayo ha conseguido crear de parte de usted la empatía que busco hacia mí, probablemente usted todavía comprenda mi escena de celos, al fin y al cabo las cuaimas[3] siempre tendremos algo ganado, lo que pasa es que aún no he dicho que el fotógrafo y yo a penas teníamos saliendo una semana. Sólo una semana y hasta a sus amigos, que para mí son unos simples conocidos, llamé por teléfono, pero bueno, ya no puedo echar el tiempo atrás. Incluso mis amigos, que de manera natural y como es lógico tienden a ponerse de mi lado, le dieron la razón. Moraleja: que hay que esperar por lo menos un par de meses antes de sacar las uñas. 

Sin ánimos de ser presumido así como sin ánimos de venganza, yo no hubiese tirado de la cuerda tan estridentemente de no ser porque me creí en una posición fuerte al verme a mí mismo mucho más atractivo y mejor partido que el otro, pero también aprendí ese día, más allá de la humildad, que hay mucho de qué escoger ahí afuera para estarse aguantando cosas a primeras, por pequeñas que sean, y menos como la que yo armé. Mi naturaleza conciliadora de todas formas, en la posición de él, me habría hecho pedir disculpas, mi imaginario me hacía entender que él se iba a sentir halagado, pero no. Por otra parte: “Puedo confirmar de manera oficial que hoy en día no se llega al corazón de un hombre a través de la belleza, la comida, el sexo, o un carácter seductor, sino simplemente aparentando que no estás muy interesada en él”[4].

Afortunadamente para mí ya mucho tiempo ha pasado desde que los acontecimientos tuvieron lugar, de hecho no hubiese podido volver a relatarlos de no ser porque ya los tenía escritos. Como ve, tengo tanta sangre en las venas como el que más y, francamente, no siento vergüenza por intentarlo, si usted entiende a qué me refiero. Besando mil sapos estoy más cerca de mi príncipe azul[5] que aquellos demasiado buenos para rebajarse a posar sus labios sobre anfibios, y obviamente mucho más cerca que aquellas que están a las espera de que les llegue un macho alto, blanco, musculado, con plata y joven a conquistarlas. Estoy feliz por los incontables errores que me han traído hasta el lugar en donde estoy, con mi novio, de otra manera no hubiese sido posible, y francamente por más que reconozca haberme portado muy mal no envidio nada el lugar que ocupa actualmente el novio del que fuese algún día mi pretendido o mi pretendiente, según cómo se le mirase, tan poco dispuesto a aguantarse una "simple escenita de las mías" (guiño).



[1] No es fácil encontrar una definición consensuada de lo que es un “ser de luz”, sin embargo basta con buscarlo en cualquier buscador de Internet para entender que se trata de un término usado por los movimientos espirituales contemporáneos en referencia a alguien que ha alcanzado la sabiduría que conduce al amor, o algo por el estilo, en todo caso siempre con connotaciones muy positivas.
[2] Bandido de la mitología griega que les corta los miembros a los viajeros que buscan refugio en su posada
[3] “1.- Serpiente muy ágil y venenosa, negra por el lomo y blanquecina por el vientre, que abunda en la región oriental de Venezuela. 2.- Persona muy lista, peligrosa y cruel”
[4] Fielding, H. (1999) El diario de Bridget Jones

[5] Me hizo falta tener que aguantar al cocainómano de clase alta decadente que me decía que yo le pegaba el mal aliento para conocer al chico sensible licenciado en artes de la central con quien ver películas clásicas. Me hizo falta aguantarme a la moderna enferma crónica que no hacía otra cosa que no fuera de moderna, ni siquiera ir a comer a un restaurante de comida italiana por no ser fancy (un día le enseñé 1979 de Smashing Pumpkins y me dijo “qué horrible, qué pasado de moda” para luego darle a “me gusta” en Facebook cuando uno de sus amigos modernas a quien le jala bolas posteó el video) para conocer al tipo con personalidad con quien puedo hablar sobre los viajes de Marco Polo y el reinado de Carlomagno. Tuve que calarme al empleado de tienda de celulares, medio chulito, fan del hardcore bodybuilding, según quien yo hacía el ridículo haciendo barras en el Ávila a pesar de mis 75 kilos de años de gimnasio (sólo que sin esteroides, claro), para conseguir al hombre seguro de sí mismo que no le importa si estoy gordo o flaquito. Al vigoréxico ¿por qué sería? ni se le paraba...

3 comentarios:

  1. "Bueno, por supuesto que ya yo no estaba cabreado, lo mío era una posesión satánica." jajajaja yo lo sé, yo lo viví.

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  2. Te vas a volver loca por culpa de la modernidad! tuve una vision tuya comiendo mierda en Sake Bar (Reinaugurado y mas moderno que 2008 porsupuesto) lol

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  3. pretenSiones (no pretenciones).
    Cuidado con los "ceceos".

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