martes, 21 de febrero de 2012

Deseos de una madre insaciable


La existencia del exnovio de un conocido transcurría entre taquicardias y gastritis. Llamémoslo José María. Chema es un buen hombre cercano a los cuarenta que tiene un bonito y lucrativo trabajo, goza de algo de brillo social, visita a su madre a menudo, le pasa dinero y cuida. Chema duró con el conocido mío muchísimo y está pendiente de su medio hermanito Jorge. Durante una de esas largas conversas telefónicas diarias con su progenitora, José María explicó entusiasmado que tenía reservaciones para viajar a Roma. No tomaba vacaciones de hacía tiempo y la idea visitar la ciudad eterna lo fascinaba. Pues la señora le ha dicho que estaba endeudada hasta casi perder la hipoteca y morir de hambre. Él tuvo que ir, pagar las cuentas, hacer compras y dejar dinero.



Hoy Chema sólo conoce la Fontana de Trevi en fotos pero su medio hermanito tiene todo lo que necesita: teléfono móvil de última generación, ropa de marca, Macbook, y en breve carro para ir a la universidad a completar su licenciatura en aduanas, profesión respetable, no como la de Chema: audiovisuales. En casa siempre han sabido priorizar, debe ser por eso que todavía no le han operado el varicocele a Jorgito, que tiene los testículos tan grandes que es posible que termine estéril. El muchacho no puede ni ayudar a su madre a levantar una botella grande (a pesar de que la pobre sufre de las articulaciones) no vayan a reventársele las pelotas pero, gracias a Dios, la enfermedad sí le permite ir a los conciertos de rock que tanto le gustan (para eso sí hay plata).

La madre de José María vive en una ciudad intensamente calurosa cercana a Caracas que se llama Maracay, por lo que él se vio obligado a instalar un aire acondicionado en el cuarto de ella y en el del hermanito. Qué desatento fue José que su madre enseguida tuvo que pedirle un tercer aire para el otro cuarto de la casa, que si bien está desocupado es donde ella plancha.

Chema padece remordimientos dado que su madre le ha dicho que la trata como “basura” puesto que él sólo se limita a mandarle una suma mensual y prácticamente lo único extra que hace por ella es irse hasta Maracay a acompañarla al médico y pagarle las consultas. Lo peor, como manifestó la señora: “Me has negado el privilegio de ser abuela”.

Las madres dominantes jamás se conformarán con lo que hagan sus hijos gays, para muestra la mía que murmura que trabajar para una organización de derechos humanos no es un trabajo. Yo debería ir a “las empresas grandes que son las que dan buenas oportunidades”, como ya mencioné, y si no consigo empleo en ellas es por afeminado, vestirme mal, no tener bien acomodado mi currículum ni saber qué hacer en una entrevista. No se preocupen que para ella todo tiene solución: “asesórate”; en este caso sería hacer un curso que no sé si exista pero imagino que de haberlo explicaría cosas tan importantes como vestir de azul o minutar en el momento los diálogos con frases como “en resumen” de esas que tanto gustan a los de recursos humanos.

Chema al menos consiguió una solución: pasaporte en mano se fue a Buenos Aires, a ver si así lo extrañan. Desde entonces no lo he vuelto a ver pero me pregunto cuántos kilómetros puede llegar a medir el látigo umbilical.

domingo, 12 de febrero de 2012

La capital del pueblo filisteo, ciudad hostil para el amor, y si es gay PEOR


Lo admito, si de niño me hubiesen descrito la vida que llevo ahora habría dicho “¡perdedor!” y es que, claro, esas palabras habrían continuado así: “a esa edad estaré casado, seré el presidente de algo y tendré un hijo”. Por supuesto, entonces estaba yo más influenciado por los prejuicios “disque” burgueses que mi madre se dio (y todavía da) a la tarea de inculcarme, y eso que no es de las más fascistas, como una con la que me topé en el banco que dijo “¡ese muchacho cómo va a pensar si tiene el pelo largo!”. En fin, esta entrada viene a cuento por el día de los enamorados ¿Cómo hacen dos enamorados cuando no es posible caminar de noche agarrados de la mano y robarse un beso en un portal? ya verán que relación tiene una cosa con la otra...
 

Si se me ocurre caminar de la mano con otro hombre por las calles de Caracas seguro que nos lanzan una botella y si para colmo lo hago de noche lo robado no va a ser precisamente un beso; ya del beso ni hablemos ¡me extorsiona la policía! Después dicen que los gays son promiscuos pero es que si ni siquiera existe el matrimonio y para colmo uno no puede gozar de los detalles más básicos. Todo cuesta y más en el tercer mundo donde para alcanzar el nivel de vida del clase media baja occidental hay que tener al menos 10 empleados a cargo o ser de mediano comerciante para arriba; el resto que se olvide de una relación “como Dios manda”; claro y raspado: estoy amargado de tener que vivir con mamá y abuela, chupando de la decadencia de una generación anterior que vivió tiempos mejores. Me debato entre continuar así o abandonar ese estatus prestado, bajar al menos dos escalones e irme a compartir apartamento, vivir sólo para pagar un alquiler, que están costosísimos, pero pudiendo meter a alguien para copular ¡que ya voy para treinta! o simplemente para agarrarle la mano, que en Boston Bakery (un café de Los Palos Grandes) nos llamaron la atención a mi novio y a mí porque él estaba tocando la punta de mi dedo anular con la punta de su dedo índice, y supuestamente estábamos ante la presencia de niños!!! (era un bebé como de 11 meses). Desde aquí por cierto maldigo a sus padres, que fueron los que se quejaron con el mesonero, y espero que ese carajito les salga bien maricón, lo cual es probable dado lo dominante que se ve su madre.

Según el común denominador del elegante este de Caracas, todos tenemos lo que nos merecemos: mi mediocridad (es decir, el no estar trabajando para una gran compañía y ni ser un gerente de área o algo por el estilo) me condena. Yo debería centrarme de cara a unas aspiraciones profesionales altísimas, dejar la filantropía (porque mi trabajo me gusta, pero me pagan como al enemigo) y lanzarme cual tigre a la selva de concreto (malos olores y peores modales, agregaría yo) con el fin de ser “alguien”, como si mi individualidad no valiera ¡Perdido aquel que no tenga talento! En ese camino mi mariconería así como mi empeño en no ser corriente no tienen lugar. 

He sido testigo de cómo un adolescente le gritó a un mendigo que se metiera en la universidad. Al comentarlo, un amigo me respondió: “querer es poder” ¡Sí, claro, no lo dudo, tampoco que esa idea te la hayan metido los curitas del Don Bosco (en ese prestigioso colegio estudió), tan piadosos! Pero ¿Qué más trae consigo esa normalidad necesaria? Soy creyente de que para alcanzar la nobleza del ser humano, quizás no su felicidad sino su estado más elevado, hay que alejarse tanto como sea posible de lo mundano. Conducir un vehículo, ahorrar, llenar rápidamente una planilla de depósito en un banco (cosa impráctica y que, hasta el sol de hoy, sólo he visto en Venezuela), hacer un cheque, reparar artefactos, cuidar la ropa, son cosas que me aburren, no me interesan, no entiendo y no me da vergüenza admitirlo, aunque sea hijo de la clase media suburbana caraqueña que tanto fundamenta su vida en ese tipo de cosas; incluso preferiría la autenticidad de quienes a mi alrededor llaman marginales. Sin embargo Aquí de eso se trata todo.

Estudié en una universidad privada, la más antigua de Venezuela, llena de individuos con pretensiones de “gente bien”, que escuchan en el estacionamiento reggaetón y música electrónica de la más ordinaria. Recuerdo que en clases vimos Belleza Americana y cuando el señor Fitts (el vecino, veterano de Vietnam) le hablaba al hijo en contra de los homosexuales, muchos en el salón gritaron en favor del discurso homo fóbico, empezando por una mujer sentada junto mí con un lunar peludo enorme en su cachete e ínfulas de niña “cool” ¿Qué no se daban cuenta de los anti valores que representaba el personaje del señor Fitts, ni porque estábamos en una clase de Semiología? Creo que la mayoría en ese salón era demasiado básica para entender la película ¡Un conocido mío me contó orgulloso que la madre había agarrado un afiche de unas flores para mandarlo a encuadrar y montarlo en la sala como si fuese un cuadro! En fin, de la cultura, cosa de la que adolece no diré que el común de la gente de este país sino, para colmo y también, su clase media, depende la tolerancia y, claro, así nos va... ...y lo peor es que la incultura se premia!

En mi universidad así como en el edificio donde vivo, casi todos han reducido sus intereses (y su cultura) a tener una camioneta, una cocina remodelada, ir a la “playita”, y “perrear” (dígase bailar reggaetones). Va de la mano con el comentario que cité anteriormente de la madre tranquila con su hijo cinta negra. Esas palabras, para mí, engloban mucho: anti valores, machismo impulsado principalmente por las mujeres y en especial las madres, mal gusto, intolerancia, poca cultura, erradas prioridades. Como hijo de esa clase social, mi madre considera que yo debería saber arreglar el calentador de agua, entregarme por completo a la casa (hacer mercado a cada rato, diligencias), no desperdiciar dinero comiendo afuera ni yendo al cine (ahorrar en lo que pueda), trabajar mucho, hacer dinero montando un negocio y cualquier otra cantidad de preceptos pequeño burgueses. Como buen hijo que intento ser traté un tiempo de darle gusto en todo lo que podía, hasta que me di cuenta de que no se quedaría satisfecha con nada. Ahora hago malabares por complacerla lo menos que puedo, a veces con dolor y remordimiento, porque entiendo todo el mal que una madre castrante puede hacer a un hijo y que sus esquemas los heredó de un entorno que se los impuso. Mis aspiraciones son diferentes, y sin embargo, de una manera siniestra, ella tiene razón, aquí estoy, viviendo en su casa.

Por cierto, los filisteos fueron un antiguo pueblo enemigo de Israel. Cuando se habla de una persona “filistea” se entiende que es alguien de espíritu vulgar, escasos conocimientos y poca sensibilidad artística o literaria. En este país, pareciera, son los únicos que pueden aspirar a ciertos empleos medios que permiten mantener una relación, dígase pagar un alquiler. Normalidad así sea dudosa. Vivimos en el país de los filisteos y Caracas es su capital, y en esa capital no hay espacios para el amor que no sean los privados, especialmente no para un homosexual, un círculo de exclusión no sólo laboral y social sino a su vez de unos matices sutiles pero macabros que promueven una tendencia hacia la promiscuidad más banal que luego desde la "normalidad" se critica y plantea en cierta forma como causa del rechazo. Diversidad y tolerancia: cero, y mientras la incultura sea la opción modelo eso no va a cambiar. El amor más superado también al alcance de pocos, y no es sólo un problema para los gays, aunque a nosotros nos afecte infinitamente más que al resto.



Por cierto ¿Qué ocurre cuando un homosexual se empeña en complacer a su madre, ergo, moldear su vida a los preceptos sociales dominantes? La próxima entrada