jueves, 5 de enero de 2012

Cosas de niños (mariquita mala)

Lo mío se veía venir desde muy tierna edad y a pesar de todos los esfuerzos, incluido el meterme en cuanto deporte se les ocurrió (tengo el armario lleno de zapaticos de béisbol, bates, raquetas de tenis, una bola de boliche, lo que se le ocurra a usted), no hubo forma de evitarlo. Si tanto les preocupaba mi desarrollo físico, que era la excusa, bien habrían podido tratar de meterme en ballet, a ver si a esa actividad extracurricular sí le agarra el gusto.


Creo que todo niño refleja lo que será, por ejemplo, desde siempre se me vio una profunda afición por el humor más negro. La famosa periodista venezolana Marianela Salazar confunde constantemente en su programa de radio el humor negro con la ironía, el humor inteligente o como quiera llamársele. Quizás sólo a quienes de verdad nos guste el humor negro sepamos lo que es y podamos entenderlo. Alguna vez escuché, no sé si será verdad, que según Freud las personas con inclinaciones sadomasoquistas se sienten atraídas por el humor negro y, casualidad o no (de verdad que el sicoanálisis no es santo de mi devoción), parece que ese es mi caso. El humor negro en realidad es un tipo de comedia que emplea el sufrimiento humano en forma absurda o cómica, y que se enfoca en situaciones como la muerte, asesinatos en masa, enfermedades, locura, terrorismo, drogadicción, violación, temas sexuales, etcétera. “Capacidad para descubrir la comicidad en lo trágico”. Para no citar a Sade, por obvio, “El Quijote” para mí es humor negro; Quevedo hace delicias de las desgracias de un señor mayor que viven en la pobreza y sufre de una discapacidad intelectual. Un ejemplo más moderno podría ser Mr. Magoo, aunque a mí me desespera, por cierto.

El esposo de una de mis compañeras de trabajo me dijo que en el infierno me espera una olla de presión (charrasquillo de cocinero), lo cierto es que disfruto horrorizando a la gente. Por ejemplo, a una colega le pregunté si le estaba doliendo la espalda y la pobre tuvo tan mala suerte de decirme que sí. Le expliqué entonces que la semana anterior me había hecho una consulta con un santero y que este me había dicho que una conocida mía tenía un muerto “arrecostado”, que el peso del difunto producía tal dolor y que tal parecía que se trataba de ella. Asusté muchísimo a la mujer; la tuve loca hasta que ya de verdad se me despertaron los escrúpulos y le confesé que absolutamente todo me lo había inventado para hacerle una broma.

Sin embargo no soy tan raro como parece. El venezolano tiene por lo general una mente muy retorcida. Para advertirlo, basta escuchar los rumores que por ahí ruedan, en boca de señoras encopetadas, como que las damas deben tener cuidado al llegar al aeropuerto debido a que funcionarios hombres de la Guardia Nacional están revisándoles las parte íntimas con un bolsa plástica de supermercado a las que viajan solas. Según, la misma bolsa para atrás, para adelante y para todo el mundo. De igual forma, me enorgullezco de saberme ciudadano del primer país en abolir la pena de muerte, sin embargo nadie puede leer una noticia en la prensa que trate de un crimen repulsivo y presente a un sospechoso (ni siquiera a un condenado) que se pone lo que llamo “sádico creativo” a decir “deberían empalarlo, sacarle las tripas poco a poco y mostrárselas”, cosas así… y no digo exactamente “empalar” porque tal concepto puede no hallarse en sus limitados conocimientos, más comúnmente aluden a otras rebuscadas torturas, vistas en novelas, como cubrir a la persona de miel para atarla a un árbol y que la piquen hormigas. En cuanto a los niños, los padres se sienten orgullosos si sus retoños tienen sembrado el terror entre sus compañeritos de clases, eso es que van a ser unos buenos hombres y mujeres.

            Retomando el tema de la infancia, por supuesto que desde chiquito fui una mariquita mala y enrevesada. Qué bueno que el cursi juicio de la niñez de Charles Dickens fue superado para uno divertirse ahora con el individualismo de Biografía del hambre de la trastornada Ameliè Nothomb. Macaulay Culkin sólo en casa no es nada al lado de ella quien, de pequeña, a parte de anoréxica era alcohólica y se creía Dios. Si bien no quiero compararme lo cierto es que de chico tampoco fui un ángel: cumplía diez cuando cometí el peor acto de crueldad de mi vida. En sexto grado yo no tenía muchos amiguitos en el colegio, en realidad sólo contaba con el afable Pablito (suponen bien si entienden que, por la sonoridad, el nombre es inventado). Cada día, terminado el horario educativo, nos metían a Pablito y a mí, junto a los demás escolares cuyos apellidos iban de la “m” a la “p”, en un salón a esperar a que nos buscaran nuestros respectivos “representantes”. Se trataba del aula de la profesora Jimena (curso: quinto grado, desde luego que ella tampoco se llamaba así), quien, a pesar de continuar con sus funciones en el colegio, se encontraba en las últimas semanas de la dulce espera, ergo, la habían preñado y tenía ya montado tremendo barrigón.

Pablito había soñado que el bebé de la profesora iba a nacer varón (posiblemente ella bien sabría el sexo de su criatura pero no hablaba de eso), y como era demasiado tímido para contárselo, decidió escribir una carta anónima y dejársela en el cajón del escritorio. Mientras él, con papel cuadriculado, se esmeraba en la empalagosa redacción y dibujaba no me acuerdo qué cantidad de afectaciones (corazones y demás cursilerías); vi la oportunidad fácil de hacer el mal y, sin que Pablito lo notara, tomé una hoja cuadriculada y creé otra versión de la epístola. En rojo, dibujé a una mujer gorda y desnuda, sentada en un retrete, llorando y gritando “¡No ¿Por qué, Dios mío?!” mientras de su sangrante útero salía un feto. Abajo escribí: “que aborte” (hoy en día sé que en dado caso eso se llama interrupción del embarazo y no aborto, sin embargo para entonces era yo sólo un retoño). Al Pablito terminar le pedí que me mostrara su carta, aproveché un descuido suyo para cambiarla por la mía y rápidamente le dije “¡Corre ya a meterle la carta en el escritorio a la profesora Jimena que nadie está viendo!”. Depositado el cuadriculado bodrio, Pablito regresó con una hermosa sonrisa de bondad. Yo también sonreía.

No poder relatar lo hecho me frustraba así que, pocos días después, se lo confesé a Pablito quien, asombrosamente, me reprochó poco; es más, logré que lo disfrutara y, no conforme, lo convencí de “mandar” una segunda carta aún más tétrica ¿Qué podía ser peor? él dio la idea: “ojalá que su hijo nazca muerto”. Nuevamente usé rojo y dibujé a una mujer, llorando, con la vagina hecha sangre, pero esta vez junto a una tumba. Pablito depositó aquello sin problema. Quisimos repetir la gracia por tercera vez pero una maestra de guardia nos detuvo: “¡Miren: la profesora Jimena no quiere que nadie se acerque a su escritorio!” “¿Y eso por qué?” Manifesté; qué cara dura. Teatralmente, la mujer me respondió algo que no olvidaremos “Lo que pasa es que le han estado mandando unas cartas horribles”.

Aunque discretamente, las educadoras intentaban averiguar. Un día, sin decir porqué, le revisaron la letra a Pablito; algún soplón lo habría visto en el momento y lugar justos pero como yo había elaborado las cartas las caligrafías no se correspondían. Hasta ahí llegaron las pesquisas. Jamás se supo que Pablito y yo fuimos los autores de tan aberrantes actos, ni nuestros compañeros supieron que la profesora Jimena, quien en efecto tuvo varón, había recibido “unas cartas horribles”. Yo no tenía nada en contra de ella, obviamente Pablito tampoco, procedimos feo por gusto; todo niño tiene su lado cruel.

La sabiduría popular es grande, no obstante el dicho “muchacho no es gente”. Lo interesante aquí fueron los métodos que usamos: “unas cartas horribles”; con semejantes tramoyas se imaginarán que ambos salimos gays, normalmente los niños malos se meten con sus compañeritos más chiquitos en el recreo, no hacen lo que nosotros.

Siempre fui especial, recuerdo que, junto con Pablito, nos encantaba escribir radio novelas poco edificantes y poníamos a una vecinita a grabar las voces hasta que un día nos dijo “esto ya no me gusta, además, siempre me ponen a hacer de puras mujeres maricas”. Les dejo esa joya, reconstruida por unos compañeros de clase de la universidad míos. Espero lo disfruten: