sábado, 8 de diciembre de 2012

Yo soy Víctor, el clasista



En el nombre de la justicia, cuando empecé a escribir estas líneas hace cinco años (no busque tan atrás porque he eliminado y vuelto a activar el blog varias veces) tenía la ilusión infantil de pasar a la historia, al menos local, como un reformador cuyas ideas y estilo, si bien al principio chocantes, fueran calando hondo, en plan Voltaire, Freud o Simone de Beauvoir. Es algo que extrapolo además a mi vida diaria. A primera vista podría parecer que mi principal motivación era la de visibilizar la realidad de los gays en Caracas*, pero realmente esa ha sido sólo una excusa (pues ahí se encuentra mi realidad personal) para ilustrar que el machismo, el clasismo y la pacatería a toda prueba están tan ciniestramente interiorizados en el trópico que incluso los gays, marginados por los “valores” de respetabilidad imperantes (más bien antivalores), suelen aferrase a cuanto prejuicio social tienen a mano, por más que en el fondo sean discriminatorios para ellos. Por ejemplo el clasismo. Estas líneas pues están dedicadas a que se entienda que lo correcto y el sentido común no siempre son lo mismo.

Para cambiar una realidad se debe empezar primero por reconocerla y ese es el problema aquí: nos creemos moralmente tan perfectos que no logramos darnos cuenta de nuestros errores. El clasismo. Estamos tan acostumbrados a mirar hacia otro lado que ya lo hacemos de manera automática y cuando hablo de “la clase media” (el colectivo hacia el cual he dirigido mi discurso al ser este el segmento social donde me tocó nacer y del que más puedo hablar) vienen mis amigos, conocidos y gente que apenas me conoce a decirme “clasista”, que ¿qué me creo? como si hubiese algo de malo o imposible en el uso del término. Supongo que el precio de ser un incomprendido era lógico cuando empecé a desarrollar mi filosofía, sin embargo jamás creí que el orgullo de la clase media de ser de la clase media era tan fuerte que cualquier ápice de autocrítica le resultaría tan desagradable. Señores: no estoy a favor de la estratificación social, pero no puedo negarla, y por reconocerla no soy clasista, al contrario, no creo que vivamos en el orden divino de la humanidad o algo así, creo que hay cosas que se pueden mejorar. 

Lo de la clase media, además, es clave en mi búsqueda de justicia en contra de la discriminación porque la mayoría de los prejuicios relacionados con la respetabilidad que conozco tienen su nacimiento en los senos de las familias de clase media. Hay una visión tan clasemedia centrista que las personas de clase media se consideran a sí mismas “normales” y al resto del mundo “ricos” y “pobres” ¿A caso no ser de la clase media te hace anormal? Esto nos habla de la estrechez de nuestro pensamiento, si ni siquiera somos capaces de reconocer la normalidad de sectores de la población mucho mayores que nosotros ¿Qué espacios le queda a las minorías? Súmesele que el paquete de ser normal viene para un hombre no sólo con un trabajo bien pagado sino con esposa e hijos. ¿Si los que tienen más o menos dinero que nosotros nos parecen anormales, qué quedará para los que sean de otro color? ¿Pensando así podemos pedir igualdad dentro de nuestras otras diferencias? terminaremos siendo anormales por algún lado si nos damos cuenta de que dentro de la anormalidad está la mayoría de la gente.

Recuerdo la tarde en la que me registré en el Registro Electoral Permanente. Fui con mi mejor amigo, quien ahora vive en Londres. En aquel entonces (hace 9 años, tampoco fue hace tantísimo) como se hacían unas colas larguísimas en las estaciones del metro para registrarse nos conseguimos con varios conocidos y entre ellos una loquita de origen peruano exnovio de mi novio (quien ahora por cierto se metió litros de esteroides y cambió radicalmente sus ademanes por unos mucho más masculinos, aunque al final sumamente forzados) llamado “James”, quien para entonces vivía con su tía en Bello Monte. Los presenté. Estuvimos pues hablando tonterías con el fin de que pasara el tiempo hasta que James preguntó en qué centro de votación nos íbamos a inscribir y yo le respondí que en el Emil Friedman (donde todavía voto) y mi mejor amigo le respondió que en un colegio de Parque Central. James, con una expresión de asombro, le preguntó a mi amigo que por qué no elegía un centro de votación más cercano a su casa. Tanta estupidez en una persona me abrió la mente: James no podía concebir que mi mejor amigo viviera en Parque Central, tan blanco, tan educado. A parte, si bien no tan elegante como las urbanizaciones del este, Parque Central es un lugar de clase profesional un nivel ligeramente inferior en términos del mercado inmobiliario a la parte gris de Bello Monte donde James vivía en un anexo. 

Aquello fue más que una imprudencia de muchacho. Han pasado los años y tuve que eliminar a James hace poco del Facebook por no tener estómago para leer las cosas que publicaba en su estatus, en plan (palabras más, palabras menos) “yo me merezco un apartamento y una familia porque he estudiado y trabajado para ello, y no he sido un mediocre” ¿Sólo aquel que haya estudiado y no haya sido un mediocre se merece eso James?

La mayoría de las personas de clase media piensan como James. Esta mentalidad no sólo no nos permite progresar sino que nos mantiene esclavos de nuestro mundo estrecho. Por ejemplo, la clase media tiende a pensar que el problema de todos sus males son los “marginales” que le chupan la vida a la gente decente, sin darse cuenta de que su manera de pensar es la que le ha puesto un grillete. Generalmente no pasa lo que queremos sino lo que creemos que va a pasar. Si pensamos que para poder tener una vida decente tenemos que ser profesionales exitosos entonces estamos no sólo condenando con nuestro pensamiento a la gran mayoría de las personas a vivir en la marginalidad sino que nos condenamos a nosotros mismos a vivir con lo justo y nada más. La mentalidad correcta sería la de que todo trabajador tiene derecho a una vida digna y una persona de méritos excepcionales debería tener una vida excepcionalmente buena, vida excepcionalmente buena que no tenemos: somos una clase media luchadora que sin embargo vive con lo que viviría cualquier trabajador no especializado en cualquier parte del mundo; vivimos arrimados en casa de nuestros padres, nos consolamos con viajar con el cupo de CADIVI. Merecemos más. Caracas tiene una clase media inculta, porque es difícil pensar en lo más elevado cuando tenemos que preocuparnos tanto por mundanidades como las rutas alternativas para sortear el tráfico. No odio a la clase media, soy parte de ella, le reconozco el esfuerzo, pero no puedo compartir su mentalidad. Perdone si parece que generalizo, pero es que cuando hablo de “clase media” me dicen “¡a ti sí te gusta generalizar!” en cambio si hablo de “la gente” no pasa nada ¿Raro, no?. Así como se piensa en la normalidad "económica" y lo demás resulta indigno, pasa con el resto de las cosas: orientación sexual, apariencia, etc.

Yo soy Víctor el clasista porque no puedo negar la realidad, entre otras cosas, que estamos divididos por segmentos sociales en los que nos podemos mover abruptamente hacia abajo pero si acaso muy tímidamente hacia arriba. Quiero que la gente en mi entorno, orgullosa de ser normal, abra los ojos, por eso uso el término “clase media” una y otra vez, porque es un buen primer paso para entender la diversidad. No lo somos todo. Los hay tan orgullosos de ser “normales” que incluso sienten desprecio por la clase social alta al considerarla decadente. Los hay tan orgullosos de ser “normales” que creen que son de clase alta. Los hay tan fariseos que cuando hablo de la clase media me dicen que soy anacrónico puesto que esos términos no son reales, como si de verdad viviéramos en una sociedad de igualdad. Me dicen “Víctor ¿por qué le das tan duro a la clase media, es que acaso no eres parte de ella?” y me pregunto ¿acaso no es por ello que tengo la posibilidad de ver qué pasa y qué cosas se pueden mejorar? Las revoluciones mentales alrededor del mundo han surgido siempre de la clase media. 

Aprovecho entonces para quitarme la careta y revelar que mi sentir es generalmente de izquierda, algo por lo que la clase media tropical, por cierto, podría crucificarme, sin embargo es lo más justo para todos, incluso para nosotros quienes nos creemos privilegiados y al final no lo somos tanto. Queremos creer que en este país cada quien tiene lo que se merece según se haya esforzado pero eso es mentira porque no hay igualdad de oportunidades. Si hubiese igualdad de oportunidades, por ejemplo, no habría colegios privados. Si en mi poder estuviese serían eliminados todos los colegios privados porque, a parte de crear las diferencias, mientras existan colegios privados los colegios públicos no mejorarán al no haber interés en ello: si tú tienes cómo darle una mejor educación a tus hijos lo harás y el resto que se joda. Un sistema único de educación pública haría que el fracaso del mismo no fuera una opción y les aseguro que la mejora sería instantánea. Por supuesto que continuarían en gran medida las diferencias geográficas pero se reducirían bastante las inequidades. Igual pienso de la salud. Una salud privada es aberrante. La seguridad privada también lo es. Si los ricos y los poderosos tuviesen que acudir a la policía para buscar seguridad, como cualquier ciudadano, el interés y los recursos destinados a una política de seguridad serían muchísimo mayores; los casos de necesidades especiales de seguridad tendrían que ser solicitados a los cuerpos públicos. Claro, no todo mi pensar es comunista: creo en el papel de la propiedad privada y en el papel de la empresa privada como pilares de la economía, creo en la administración privada de ciertas instituciones del estado (por ejemplo, hospitales públicos manejados por empresas privadas que luego pasen factura al Estado) por ser mejor administración que la cien por ciento pública y al final más barata, y, a pesar de todo lo que he planteado, curiosamente no creo en la educación superior gratuita, me parece que es mucho más justo un sistema de préstamos del Estado que permita que cualquiera estudie pero que tenga que devolver los recursos destinados a su preparación mediante el trabajo que luego pueda desempeñar.

Retomando el tema de los colegios, la clase media se siente afortunada en pensar que puede darle una educación privada a los hijos. Lamentablemente he de informarles que eso no garantiza el éxito en las más altas esferas. Con mis casi treinta veo constantemente lo diferente que hubiera sido mi vida si me hubiesen admitido en el Colegio San Ignacio** (con los curitas de por medio) en vez de en el no tan elitista Instituto Escuela. En el primero, estudian buena parte de los hijos de los viejos del Country Club; en el segundo, los hijos de los inmigrantes europeos que se creen la gran cosa por ser blancos pero donde incluso dos generaciones atrás había analfabetismo. Los primeros tienen las puertas abiertas a los cargos más altos en empresas, se casan entre ellos. Los segundos terminan con vidas de profesionales como la mía, nada del otro mundo, dificultosas, limitadas, si acaso con un carro, y los que realmente quieren una calidad de vida terminan continuando con los negocios de sus padres (panaderías, marmoleras, confección de ropa, estaciones de servicio, talleres mecánicos) o abriendo otros negocios, sirviendo a los primeros, como siempre. Claro, habrá excepciones, pero no nos engañemos, no son más que eso, excepciones.

Luego uno llega a cierta edad en la que ser un idealista resulta ridículo, te das cuenta de que no sólo no has logrado influenciar a las personalidades influyentes sino que ni siquiera a tu entorno más cercano y has quedado como un resentido para nada. La gente prefiere no abrir los ojos a favor de su sentir de superioridad. Pero les digo, no soy prejuicioso, simplemente no me conformo con mirar a otro lado ni con darle rienda suelta a la autocomplacencia.


Hasta el próximo domingo

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*La perspectiva con la que he abordado el tema ha sido siempre la de mostrar la cosa tan cruda como sea posible, porque no le veo nada de malo a la crudeza, es una bofetada necesaria.

**Me correspondía estudiar en el San Ignacio porque mi papá había estudiado ahí igual que mi abuelo y su hermano, pero  no me aceptaron porque mi mamá estaba casada en terceras nupcias y el cura le dijo que preferían darle la oportunidad a padres más jóvenes.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Las princesitas casquivanas y las maricas malas de Disney

A causa de la pendejada de que todo es posible si lo quieres desde lo más profundo de tu corazón y sin importar nada “luchas” por ello (“luchar” mire qué verbo más peligroso, en especial junto a lo de la falta de miramientos), Disney, aparte de crear la generación de individuos hambrientos de más más frustrada de la historia, ha difundido una innumerable cantidad de antivalores a lo largo de muchas décadas, como ese que reza que lo principal en la vida es la valentía y el arrojo (tufillo machista) por encima de, por ejemplo, el trabajo duro, la honestidad o la solidaridad. El final del cuento homónimo de Hans Christian Andersen, en el que está basado “La Sirenita” de Disney, difiere bastante del de la versión para el celuloide de 1989 cuya moraleja sería más o menos la siguiente: muchachas adolescentes de 15 años y así, no le hagan caso a sus padres sino más bien hagan lo que les de la gana; vayan de puticas a pescar como sea al macho del que se acaban de enamorar después de encontrarle medio muerto una noche en la que salió con sus amigotes, de ser posible enránchensele en la casa, no importa si en el camino tienen que venderle el alma al diablo, que al final conseguirán lo que quieren y aún más, porque ustedes son delgadas y lo valen. Sin embargo, lo que quiero enseñarle a usted en esta oportunidad tiene que ver más con la versión Hollywoodense de la bruja del mar… Úrsula.


El sábado pasado fui al cine a ver la última de James Bond “Skyfall” y, más allá de que no comprendí los delirios por la película (¿91% en Rotten Tomatoes? ¡Ah el favor; cómo se ve que la mayoría de esos críticos son locas ávidas de ver a Daniel Craig sin camisa por el motivo que sea!*), entre sus muchos caminos comunes anglosajones estaba el dudosísimo de que los malos suelen ser maricones ¿Alguna vez ha reparado usted en ello? Javier Bardem, con el cabello pintado de amarillo, mucha pluma y pantalones claros a juego, lleva a cabo la que muchos consideran una de sus mejores interpretaciones: la interpretación de marica mala ¡tan marica mala como Úrsula! quien obviamente es una drag queen inspirada en Divine. Claro que no estoy hablando de Jesús Enrique Divine, el de “cada tarde se pone su vestido de ilusión”, ver video haciendo clic aquí (probablemente lo mejor que haya escrito Alejandro Sanz; si usted encuentra el video con una mejor calidad, avíseme), sino del personaje de "Pink Flamingo" de 1972:


Y es que no es sólo Úrsula, qué tal Jafar, de "Aladino"...

...amaneradísimo, que quería quedarse con la princesa Jasmín  para montarla, pero para montarla en unos tacones altos y puntiagudos, peinarla, vestirla, maquillarla... Y como Jafar otros muchos muy obvios, llámese Scar (el tío solterón de "El rey león"), o Hades (musculoca de cierta edad que hace de mala en el Hércules de Disney). En todo caso no vaya a creer usted que poner de aviesos a los sexo diversos es moda de los 90, como la depilación. No. Fíjese bien que tanto la madrastra de La Cenicienta como sus hermanastras son lesbianas, y si no analice bien la escena en la que le rompen el vestido:




¿Vieron cómo la desnudan? Si todavía no se convence de la homosexualidad de esas mujeres recordemos que la señora tiene un gato ¿Qué puede ser más de cachapera que un gato?

Disney no duda ni un segundo en hacer de casi todos sus villanos y de casi todas sus villanas personajes de la comunidad LGBT. Es un hecho. Sería cosa de pensar si lo hacen desde una perspectiva queer o con maldad, sin embargo el prontuario antisemita y racista del difunto Walt hacen pensar más bien en lo segundo, al fin y al cabo Scar es más oscurito que Mufasa... Sin embargo, como expliqué al principio (recordemos que mi ejemplo inicial fue el malo de la última James Bond) el fenómeno está generalizado. Hitchcock, a parte de misógino, pone verdes a los maricos en innumerables ocasiones, al fin y al cabo el asesino de "Psicosis", su película más famosa, se viste de mujer, los asesinos de "La soga" son una pareja de gays, y el ama de llaves de Rebeca, malísima, cuando menos se metía el dedo pensando en su patrona si no es que hacían directamente la tijereta antes de que la segunda muriera. En "El silencio de los inocentes" el malo es un travestido (con puddle y piercing en los pezones) a quien ponen a showsear y a hacerse una "mangina" (vagina masculina que se forma al meterse el pene entre las piernas, lo que las trans llaman "truco") al ritmo nada menos que de la andrógina Q Lazzarus. Es una escena que a pesar de lo siniestra admito que me gusta y por ello la comparto con usted, puede verla haciendo clic aquí, a parte de que la canción es muy buena, pero ¿Qué necesidad había de que el asesino fuese gay?

¿Somos mal@s l@s de la comunidad LGBT y la cultura popular lo refleja o es que tenemos fama de malas? ¿Causa o consecuencia? Aquí mis reflexiones pasadas al respecto, una titulada "Cosas de niños" y la otra "Rostros de la maldad, mala y a veces porque me da la gana", que si bien se inclinan hacia la perspectiva maligna tampoco nos hacen merecer la fama de asesinos que nos gastamos. Por otra parte, entiendo que si el 12% de población mundial es LGBT, el 12% de los malos de las películas sean villanos, pero también entonces que el 12% de los héroes sean LGBT...



Hasta el próximo domingo

*Sobre "Skyfall": Un pasticho entre el agente 007 y Batman; resulta que el británico es un huérfano de padres escoceses multimillonarios que ahora se enfrenta a la vejez. El mundo lleno de glamour y fantasía al que nos tiene acostumbrado Bond de pronto intenta pisar tierra pero entonces ni llega a ser lo suficientemente profundo ni tampoco abandona sus inverosimilitudes menos espectaculares. Pasada la primera mitad (a grande rasgos el clásico James Bond, con una presentación espectacular, esta vez a cargo de Adele) la película pierde ritmo al punto de dar sueño. A pesar de haberlo manejado tan bien antes, Sam Mendes ("Belleza Americana", una de mis películas favoritas) en nada refleja brillantez en cuanto a la simbología; de hecho, para supuestamente ser un homenaje a la franquicia, los elementos del discurso resultan confusos. Craig desde luego no convence ni a su madre, no tiene para nada el encanto pícaro y sexy de Sean Connery o de Pierce Brosnan sino más bien la petrea cara de Arnold Schwarzenegger, con una cantidad similar de esteroides, eso sí. Lo peor: un rollito ahí de hackers pasado de moda, y unos coqueteos al público joven con la introducción de un adolescente hipster experto en computadoras en el MI6 que la verdad encontré patético.

Disculpe mi atrevimiento de criticar una película de acción siendo este un género que no me atrae demasiado, sin embargo tampoco es que las odie todas, por ejemplo "Vantage Point" (curiosamente mal valorada en Rotten Tomatoes), "La Hora Cero" (venezolana, para que no se diga que uno no apoya) y "Mentiras Verdaderas" (tan repudiada por los intelectualoides) están entre mis películas favoritas.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Ser clichés ambulantes y el motivo por el que cuesta tanto conocerlos de clase media a través Internet

Para elaborar mis nuevos prejuicios en relación con la clase media he decidido deshacerme de los prejuicios preestablecidos aplicando algo parecido al Método de Descartes y de pronto me encontré exactamente en el punto de partida:

Me conecté a mi página de rebusque del momento (ya ni me acuerdo a cuál, tengo como cinco perfiles más Facebook y Twitter desde donde también se chancea) y ahí estaba este mensaje de uno de Maracay a quien, de manera mecánica, procedí a invitar al Méssenger porque, oh bicho raro, no tengo PIN, ni Whatsapp, ni nada de eso (ya sé que soy de lo último, que ya nadie usa Méssenger, bla, bla, bla). Tampoco es que reviso las páginas de chanceo a cada rato, no sólo porque me deprimen los errores ortográficos, prejuicios y culos ronchúos; prefiero la vida más allá del mundo virtual a diferencia de lo que hace buena parte del resto de los gays de esta ciudad que tienen las aplicaciones en sus teléfonos inteligentes y luego van por la calle y vida atolondrados revisando millones de fotos para al final no cuadrar con nadie. Tengo un amigo que no suelta el condenado por los infiernos de todas las religiones iPhone ni para que le expliquen el juego de cartas en el que está participando por primera vez y tratando de jugar (con torpeza, obvio); pasar una velada a su lado resulta tan agradable como pasarla con un pisapapeles. Si algún día cuadrase con uno de sus cientos de pavos (me asusta los criterios de selección que debe aplicar para poder manejar la cantidad de opciones) lo visualizo revisando el Blackberry (porque tiene las dos “tecnologías” [1]) mientras le dan por detrás en un cuarto oscuro donde la única luz es la que sale de la pantalla del aparato.

Lo cierto es que tratando de ser simpático y contra todo pronóstico agregué a alguien que nunca debí agregar: de Maracay y sin foto. Supongo que yo quería hablar por cumplir la intrínseca necesidad humana de comunicación o mi sexto sentido me decía que encontraría un ejemplo representativo para ilustrar uno de mis puntos de esta entrada. Para romper el hielo, le comenté pues que qué desafortunado me resultaba el que viviéramos a más de 100 kilómetros de distancia (100 kilómetros de distancia que con el tráfico de mierda que sufrimos son como 300) a lo que me respondió que no le gustaba Caracas, que odiaba Caracas, que qué asco de ciudad, y así se explayó en explicaciones eternas sobre las maravillas de la provincia frente al atraso de la capital mientras yo bostezaba a lo grande. En fin, algo que yo sabía que iba a pasar. Por fin colocó foto: era ni feo ni bonito, con mal cuerpo, blanco, eso sí, ventaja comparativa en el mercado virtual de maricones en un país tan racista como Venezuela, lo que probablemente le inspiró para salirme con que quería que le diera “una mesada” a propósito de explicarnos lo que cada uno buscaba y esperaba de un hombre. Mecánicamente procedí a bloquearlo y a eliminarlo de mis contactos. Otro bloqueado y eliminado entre miles en mi cuenta.

No estoy en contra de que un viejo asqueroso decida mantener a un muchacho con el fin de recibir favores sexuales, de verdad que no, ni tampoco me parece mal que el muchacho se lo aclare desde un principio al viejo, por viejo asqueroso, pero que un tipo cualquiera, además cuatro años mayor que yo, me venga, que no es por nada pero a mis 28 estoy muy agradable de ver, a decirme que quiere “una mesada” me indigna, pero sobre todo me habla mal de las aspiraciones de la gente; para rematar no es la primera vez que me pasa: en lo que saben que trabajo y en dónde vivo (una urbanización clase media) empiezan las indirectas económicas. En este sentido no me sorprendí y es que tampoco soy el único a quien le pasa. Un amigo de mi edad y también de muy buen ver tuvo un noviecito de lo más lindo que después de un tiempo juntos lo sentó y le dijo que quería que le pagara sus gastos, porque empleaba mucho tiempo en la relación. Sonará clasista, pero ya no le hablo más a la gente que me dice que vive "lejos de mí" (por decirlo de una manera). “Quiero salir, pero no tengo plata”, “busco hombres solventes”. Dejar que me chuleen sería demasiada poca autoestima. La gastada frase de que aquí al pueblo le gusta que le den cobra vida y claridad. Decides quedar con la persona a cenar porque no te ha soltado ninguna indirecta, digamos que es un tipo de una ciudad satélite, mayorcito, y una vez en el restaurante te dice que no quiere comer, que sólo la bebida. Después de comer solo, que es un fastidio, se hace el loco y le debes pagar la bebida y acercarlo al metro con el carro ¿Qué augura esa primera salida?


Tengo que aceptar con resignación que lo que me dicen mis amigos del este es verdad y que sólo puedo relacionarme "entre nosotros" y entonces apunto hacia los hombres de clase media, sin embargo el verde mundo de este lado de la ciudad lo que me lleva es a las verdes letras que caen en cascada del mundo virtual de Mátrix: los hombres de clase media nunca pueden verte, están trabajando muchísimo, no pueden salir a cenar contigo porque están ocupadísimos en un proyecto tal, están cansadísimos de todo lo que estuvieron limpiando el fin de semana (porque a la clase media tropical le encanta presumir de higiene), y cualquier cantidad de otros estereotipos de novela barata. Si a caso te ponen la webcam para que los veas fumando monte o descaradamente chatear con más gente. En línea siempre están, eso sí, aunque curiosamente nunca aceptan llamadas, lo de ellos es la comunicación escrita. Los llamas y te desvían y miren que yo detesto hablar por teléfono, pero es que resulta rarísimo que jamás nadie quiera hablar contigo.

Los gays de clase media sabiendo que son un bien escaso deciden buscar al hombre de sus sueños en un juego de inconformismo tóxico (como ya lo he explicado en otras entradas). El problema acá es que nunca lo conseguirán precisamente porque convierten su búsqueda en un oficio 24/7 y entonces te tienen ahí como una baraja que no terminan de jugar y siguen chateando, y siguen chateando, y te terminas convirtiendo en un teleoperador pero vía chat, porque una llamada telefónica, imagínate, es casi como comprometerse, estamos yendo demasiado rápido, ya qué les digo de conocerse.

Chateamos, pues, esperando a que el más papeado de nuestros contactos nos diga para salir y entonces el más papeado de nuestros contactos lo que está es pendiente de que el más papeado de sus contactos (muchísimo más papeado que tú y alguien que jamás tendrás dentro de tus contactos) le diga para salir y mientras tanto a uno lo tienen en stand by pero lo que ni tú ni él sabe es que a él también lo tienen en stand by mientras el otro espera al otro a quien piensa chulear que también quiere a otro que está mucho mejor. Es un círculo infinito de nunca conocerse, es un juego de cartas en el que todos los jugadores cargan y descargan pero en el que ninguno se baja esperando la jugada perfecta. En ese camino circular nos saludamos y hablamos de nuestros gustos sexuales y hasta de nuestras aficiones, la exquisita intelectualidad del caraqueño con acceso a Internet se horrorizará si usted desconoce a ese grupo de drum and bass[2] rebuscadísimo que tanto adora, pero al final desconocerlo o no da igual porque lo importante generalmente refiere a lo más básico. A la hora del té es pura pose, como aquel que te dice que le fascina el “valet” (¿parking? Me pregunto). Todos imponemos obligaciones a los demás y no precisamente las más loables.

Luego llega el maravilloso día de cuadrar para verse en un sitio (si es que llega, cuando por fin acepta, etc.). Estás en el sitio y te llega el mensajito (jamás la llamada). "Estoy en una reunioncita con mi amiga la que me iba a llevar contigo y ella se quiere quedar aquí; no creo que pueda ir para allá donde tú estás". Le respondo: "¿Quieres que te pase buscando?". Me responde: "No, me da vergüenza, quiero serte sincero, no te conozco y me corta". Nuestra clase media tiene la peor combinación, por un lado está tan empobrecida que ya no diré comprarse un carro sino que pagar un taxi le cuesta, sin embargo es tan escrupulosa que sería incapaz de tomar transporte público o de dejar que uno los busque. Entonces es un imposible lo "nuestro" (por llamarlo de alguna manera, no quiero que crean que tengo una obsesión con el hombre). Eso sí, depender de la cola de la amiguita con carro está OK, por más que resulte una situación de adolescentes no apropiada para un tipo que presume de trabajar en el corazón financiero y publica en su Facebook su rimbombante cargo que quiere decir esclavo en una agencia de publicidad. Pobres, pichirres, complicados.  Dependemos de la amiguita. La clase trabajadora al menos se desplaza en metro o en autobús... 

Luego, si la cosa se pone más caliente con los de la pequeña burguesía y dado que, como casi siempre, no tienen sitio (por aquello ya dicho de que la clase media está empobrecida) la imposibilidad de llevar a cabo el acto se manifiesta debido a que no pagan hotel y, aún peor, así tú se los pagues no van a hotel porque ellos "no van a hoteles" ¡Imagínate! 

¿Qué quiere esta gente? ¿Para qué chatea? Será que les gusta chatear, punto y aparte. Ni las mujeres heterosexuales se andan con esos miramientos, los eternos solteros del este de Caracas son de lo más principesco. Abajo la relación entre horas invertidas en Internet rebuscándose y machos conquistados. Veremos que se forma una campana de Gauss, es decir, que mientras más horas se invierte en el cyber rebusque no necesariamente el resultado es positivo:



Una campana de Gauss muestra, por ejemplo, el efecto de un medicamento. Mientras más se toma el medicamento más mejora la salud del paciente (efecto farmacológico) pero llega un punto en el que es tanta la cantidad de medicina que la misma empieza a hacerle daño al paciente (efecto tóxico) incluso podría provocarle la muerte. El rebusque y los machos funcionan igual, llega un punto que se está tanto tiempo en línea que se vuelve imposible el contacto en la vida real, y entre pocas y muchas horas conectados el efecto positivo no es tanto.




Somos clichés ambulantes: o interesados o superficiales. Siempre aspiracionales, lo que no me resulta sorprendente; toda la oferta parece estar dirigida en este país al mercado aspiracional. Un amigo me pidió una definición lógica de "mercado aspiracional" y le respondí que aquello refería a esa gente que quiere cagar más arriba del culo. Es la cachifa que se compra el Blackberry pero también el muchacho de clase media que se endeuda para comprarse un iPhone. Lo que no notamos es que en ese esfuerzo por salir de donde estamos nos hundimos cada vez más, como en arenas movedizas. Para colmo, nos consume la flojera.

Lo que yo digo es: si a mí me cuesta, que con todos mis defectos (mis plumas, mis neurosis, mi hablar sin pensar) estoy bastante decentico y no soy tan mal partido ¿Cómo lo llevarán los feos?


Hasta el próximo domingo.


[1] Decir “tecnología” para referirse a Blackberry, iPhone o Android no sé por qué pero lo encuentro súper clase media baja; tonterías mías, sin embargo

[2] Detesto el Drum and Bass; estoy seguro de que si el infierno tuviese hilo musical sonaría a Drum and Bass.

domingo, 28 de octubre de 2012

Nueva moda venezolana: la sobacofilia

Disculpe que últimamente no escriba demasiado. Cuando se acerca diciembre y en diciembre, tengo un pico alto de tareas en mi trabajo, aquel que lleva si no el pan a la mesa (porque no dejo de ser un mantenido) sí la gasolina al tanque de mi carro y las merengadas de proteínas al shaker, por lo que descuido este espacio.

En esta ocasión, quería compartir con ustedes algo que he notado últimamente en las redes sociales: la moda de subir los brazos en las fotos en plan te pelo la axila y soy muy sexy, pues....

1.- Primero tenemos los sobacos sin mucha forma pero depiladitos con accesorio wild artesanal a juego:


El accesorio suele venir con lentes de aviador. Ver perfil. Para ver la variante "pelos rebajaditos" haga clic acá.


2.- ¿Qué mejor oportunidad para enseñar unas axilas al natural que bajo una cascada?


La mirada distante con la boca abierta como que está a punto de decir algo le dará el toque poético. Ver perfil.


3.- Cualquier excusa será buena para llevarse una mano a la cabeza y pelar una axila peludita.


Por ejemplo acomodarse un sombrero, así estemos bajo techo. Ver perfil acá.


4.- Un gesto masculino con los pulgares es también un excelente pretexto (muy de moda)


Ver perfil acá.


5.- ¿Por qué no levantar las axilas para tomar una foto?

Dato: las fotos en blanco y negro disimulan una cara fea de maravilla. Ver perfil


Bueno, y así otros miles...


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Porque cuando la agarran con algo, no la sueltan... (ojo, no sólo es cosa de hombres, también está de moda entre las mujeres, lo que es peor, porque con el cuento de la depilación las suelen tener grises).

Si quiere saber qué ha de entrenar para que se le forme el muy codiciado hueco en las axilas (aunque vimos que en esas fotos no necesariamente todo el que posa lo tiene...) pues la respuesta es la parte alta del pectoral y el gran dorsal (la espalda arriba). No hay un ejercicio mágico para el sobaco, así que un día haga en su gimnasio más cercano el tirón con barra (llévese la barra al pecho, no detrás de la espalda o se va a fastidiar el hombro), el otro día press de pecho inclinado, y combine con la rutina de esteroides de su preferencia o jamás alcanzará las axilas de porno deseadas.

Y ya sabe cuál es mi opinión sobre Facebook: si no quiere que le digan cosa sucias, no monte fotos sucias, si no asúmalo y disfrútelo, que si bien no será un Manhunt así lo usa...


Hasta el próximo domingo y bueno, para que no se diga que veo la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, los dejo con la mía (aunque jamás la tuve de perfil y la vergüenza no me dejó subir los brazos más de eso)

domingo, 14 de octubre de 2012

El pez que fuma

"El pez que fuma" (1977) de Román Chalbaud es para muchos la mejor película venezolana y no es para menos. A mí me encanta por su lenguaje, su venezolanismo, su visión de la democracia y a la vez su universalidad. Sin ser pretenciosa tiene de todo, hasta un cochino. Lo que más me gusta, sin embargo, (a parte del final que es una obra maestra) es ese reflejo social de nuestros años setenta que si bien con todos sus defectos me atrevería a decir fueron más abiertos y diversos que los actuales. Los setenta venezolanos fueron como los ochenta españoles: licenciosos, divertidos.


Ficha técnica
Dirección: Román Chalbaud
Guión: José Ignacio Cabrujas (novela)
Protagonistas: Hilda Vera (La Garza), Orlando Urdaneta (Jairo), Rafael Briceño, Haydée Balza y Miguel País: Venezuela
Año: 1977
Género: Comedia, Drama
Duración: 120 minutos
Idioma: Español

El pez que fuma es un bar-prostíbulo, ubicado en las periferias de la ciudad, regido por La Garza (Hilda Vera) quien hace bastante dinero con su negocio y le confía a su amante Dimas (Miguel Ángel Landa) la tarea de depositarlo en un banco. Dimas,después de gastarse el dinero en apuestas y mujeeres, sufre un atentado en nombre de Tobías (Ignacio Navarro), presidiario y antiguo amante de La Garza. Dimas decide vengarse pero antes se aparece Jairo (Orlando Urdaneta) en el bar quien, también enviado por Tobías, sacude por lo bajito la dinámica preestablecida en El pez que fuma. La película tiene momentos gloriosos, como un velorio lleno de putas y travestidos donde se canta un tango, o cuando Hilda Vera toma la cédula de identidad de Orlando Urdaneta y la lee: "Estevez García, Jairo Javier. 10/10/58. Soltero y marico".

Abajo la película completa, que si no la ha visto debería. No se asuste si al principio la encuentra un poco densa porque al poco agarra ritmo. Es una historia bien contada. Tampoco se asuste con el sonido del principio, una lamentable falla de origen pero que inmediatamente se acomoda para quedar una resonancia del pasado que junto con la textura de la imagen confieren valor añadido de nostalgia (como un filtro de Instagram pero sin la ridiculez). Ojo que también tiene un negro un poco dilatado al arrancar, no es que esté mala.

martes, 9 de octubre de 2012

La Bohemia en el Teatro Municipal



Este sábado 13 de octubre a las 5:00 p.m. se presenta la archiconocida y muy aplaudida ópera de Puccini La Bohemia en el siempre interesante Teatro Municipal de Caracas; será la primera de cuatro funciones que tendrán lugar los días 13, 14, 20 y 21 de este mes (a la misma hora, 5:00 p.m. sea sábado o domingo) en el marco de "La ópera regresa al teatro municipal 2012" y vaya que hacía falta volver a usar ese espacio. A continuación la ficha técnica:

GIACOMO PUCCINI
La Boheme
Dirección Escénica: Alexandra Pérez y Diego Puentes
Mariana Ortiz, Robert Girón, William Alvarado, Franklin De Lima, Roberto Leal, Álvaro Carrillo, Giovanna Sportelli y Cayito Aponte
Coro de Ópera del Teatro Teresa Carreño, dirigido por Jesús González.
Coro de Niños del Núcleo Los Teques de la Fundación Musical Simón Bolívar, dirigido por Samia Ibrahim
Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas
Dirección Musical: Maestro Rodolfo Saglimbeni
Subtítulos en español

45 minutos antes de la función estarán realizando un foro relacionado con la obra, con la presencia de Rodolfo Saglimbeni, Sadao Muraki y miembros del elenco.


Una producción de la Compañía de Ópera "Primo Casale", Athena Producciones, Teatro Teresa Carreño, el Instituto Italiano de Cultura, y la Orquesta Sinfónica Municipal de Caracas, Gestión Cultural de la Alcaldía de Caracas.


¿Cuánto cuesta la entrada para La Bohème en el Teatro Municipal de Caracas?
¿Cómo hago para adquirir las entradas para La Bohème en el Teatro Municipal de Caracas?

Precio de la entrada: 20,oo Bs.; disponibles sólo el mismo día de la función a partir de las 2:00 p.m. en la taquilla del propio teatro, sin embargo sugiero llegar un poco antes porque la sala sólo cuenta en la actualidad con un aforo de 500 y tantos espectadores.

El Teatro Municipal se encuentra en la Avenida Oeste 8 con Avenida Sur 4, junto a las torres del Centro Simón Bolívar. Es mejor llegar en metro, estaciones Capitolio o Teatros. A continuación un mapa:



Ver mapa más grande

El teléfono del Teatro Municipal es el (0212) 4816492.

Espero encontrármelos por allá, valdrá mucho la pena por la obra en sí, la cuarta más representada en el mundo (lo tiene todo, es entretenida, las canciones son todas buenas), de Puccini que está considerado uno de los más grandes compositores, la gente que la está montando es muy seria y la sala, tan antigua (es de finales del siglos XIX, casualmente ronda el momento original en que se estrenó La Bohemia en Milán), está llena de magia. Además no es que todos los días monten ópera en Caracas y menos en ese espacio, así que hay que aprovechar.

En el siguiente enlace pueden entrar al evento el Facebook: https://www.facebook.com/events/418068398243256/


domingo, 7 de octubre de 2012

El desamor: causa y profilaxis

Que el día anterior dejase los lentes en el gimnasio desencadenó la serie de acontecimientos afortunados y a la vez cotidianos que se suscitaron el martes y que describiré a continuación, al fin y al cabo, después de haber vivido la angustia de manejar con la visión reducida opté por el transporte público, lo que me obligó a tomar un poco de aire. Siempre he sido un gran defensor del transporte público, por más que la clase media se horrorice ante la idea de que le vayan a poner una estación del metro cerca de su casa porque se les va a llenar el patio de "gentecita". 





Como sabrá, trabajo en Plaza Venezuela y a la espera de que baje la cola opto por entrenar en un sitio cercano, pero el martes como no tenía que utilizar el carro simplemente pasé buscando mis lentes y decidí irme a pié a las cinco en punto por todo el Boulevard de Sabana Grande y la Avenida Principal de las Mercedes hasta el centro cultural Trasnocho. No sólo pude disfrutar de cambiar por un paseo la gris y desagradable rutina de irme a torturar a un lugar lleno de personas vanidosas durante dos horas y media por deseos de aprobación, sino que todo estuvo en su sitio. La luz del atardecer era espectacular y la brisa me dio energía para llevar a cabo los 4 kilómetros de recorrido sin apenas darme cuenta. La ciudad, a pesar de lo tumultuosa, lucía hermosa en esos tonos amarillos; los cristales de los edificios parecían encendidos en llamas y la gente menos fea. Cada uno de los semáforos cambió a verde para mí y mientras el bramar del tráfico y la marea de luces blancas y rojas amargaba a los miles de valientes al volante, yo caminaba sobre unas botas de suela gruesa que me hacían sentir alto y con la urbe a mis pies como Kim Basinger en “Nueve semanas y media” a pesar de mi metro 74 y que aquello tampoco era Nueva York.

Hice algo que nunca había hecho: ir al cine solo. Llegué justo a tiempo para comprar la entrada; cuando me senté en la butaca arrancaron los créditos iniciales, por lo que me había saltado la publicidad que colocan antes de las películas. Era perfecto. Vi una de las típicas comedias absurdas de Woody Allen (quien no es santo de mi devoción) que sin embargo me encantó por el mejor motivo que le puede gustar algo a alguien: una identificación personal; toda la trama transcurría en Roma, mi ciudad favorita, hablo italiano y me encanta escucharlo hablar. Salí de la sala desabotonándome el sweater mientras subía por unas largas escaleras, las docenas de luces del portal a la calle me deslumbraron y si bien sentí un vacío al no poder compartir el momento con alguien me invadió una sensación de entereza y reconciliación con Caracas. El tráfico había bajado y hacía una noche fresca y limpia que me ayudó bastante a superar mi depresión de los últimos dos meses (quizás menos, pero el tiempo se me había pasado lento) producto de que mi novio decidió que no quería ser más mi novio.
 
Sí. Por primera vez en la vida me habían dejado y me la estuve pasando encerrado en mi cuarto, llorando y alucinando (esto último me tiene un poco preocupado, creo que debería ir a un psicólogo), y no fue sino hasta el martes que empecé a sentir que de verdad lo superaba  Yo, hecho un desastre; como Homero en el capítulo en el que Marge lo bota de la casa por contar intimidades, que termina hecho un mendigo. No me provocaba otra cosa más que dormir, ni ir al Ávila quería (que con eso soy religioso), ni al cine, si a caso ver películas en casa, con mi tolerancia hacia mi abuela y mi mamá en bajos históricos al punto de que los deseos de ver a la primera muerta estuvieron a punto de materializarse en actos. Toda canción que escuchaba sentía que tenía que ver conmigo ¡toda! hasta “Frozen”. Me acostaba en mi camita y al cerrar los ojos le decía a la nada "te quiero", como si él siguiese ahí. Jamás había estado tan deprimido en toda mi vida. Motivo de la ruptura: ninguno; no fueron infidelidades, no fue una pelea estridente, fue simplemente hastío.
 
De acuerdo con mi filosofía enamorarse depende de un esfuerzo activo de cada quién no para enamorar a otra persona sino para enamorarse uno mismo de otra persona. Normalmente la literatura nos habla de flechazos instantáneos, de amores locos que duran para siempre, aunque al menos es realista en cuanto a que la motivación suele ser física. Efraín se rinde ante los "encantos" de María, no se rinde ante la inteligencia de María; de ella estima su aroma a las flores que recoge, sus cabellos, sus blancos pies... (podría estimar la dote con la que el autor, Jorge Isaacs, sazona al personaje cuyo nombre virginal titula su obra, pero esto parece que tampoco influye a Efraín). Efectivamente creo en la atracción irracional y en el deseo a corto plazo (semanas, si acaso días en el mundo trepidante de hoy), pero a la hora de entablar una relación de verdad ese tipo de flechazo no basta. Soy yo el que decide enamorarse porque sé lo que quiero y me concentro en ello; ese es el amor que durará por años y quizás hasta la muerte. Una persona que no sabe lo que quiere sino que se deja llevar por los sentimientos jamás podrá sentir amor duradero así como tampoco lo sentirá aquel que no tenga la disposición de enamorarse y mantenerse enamorado.
 
Nunca había conseguido yo tantas cualidades maravillosas en un hombre como las que encontré en mi último novio así que, decidido, a eso me dispuse, sin embargo él no era perfecto, nadie lo es. Día a día me fastidiaban sus múltiples manías, manías que se fueron revelando con todo su peso con el pasar del tiempo, como que cantara constantemente (algo que por cierto heredó de su padre), o que alzara la voz excitadamente por cualquier motivo, que fuera pichirre o que proyectara en mí algunos de sus defectos, sin embargo cada vez que una de sus actitudes no agradables o anti sexys (porque no olvidemos que lo más importante siempre es el sexo) afloraba, yo pensaba en todo lo bueno y me quedaba tranquilo; las notas del bolero que él tarareaba no sólo dejaban de desagradarme sino que me arrancaban una sonrisa. Esa es la disposición de la que hablo, la de dejar a un lado las fallas intrascendentes para concentrarnos en lo importante; los gays necesitamos de cursos prematrimoniales para que nos expliquen ese tipo de cosas. 

Una vez que hemos tomado la decisión de estar enamorados y nos dedicamos a ello llega un punto en el que el mecanismo resulta automático y se crea un sentimiento virtualmente imperecedero; nos concentramos en lo bueno inconscientemente. Es ahí cuando si te mandan al carajo duele horrores, porque sabes que te metiste en ese paquete tú sólo, por decisión propia, y el dolor y la rabia no desaparecen fácil. 

Tolerancia (o falta de ella). Si el tipo se irrita a la mínima y comunica con amargura que, por ejemplo, le desagrada el sonido que le producen a usted las rodillas al levantarse en las mañanas (un "clac" ligerísimo del que usted ni se había percatado), ya sabe que eso no va para ningún sitio, por nimio e inocente que parezca. Guerra avisada no mata a soldado.
 
Somos pocos los que tenemos la disposición de enamorarnos. Como muestra, tengo un amigo, no el más agraciado aunque sí divertido y exitoso (el fin de semana pasada descubrí que tiene unos piernones, al menos), que se la pasa buscando pareja activamente por todas las redes sociales (con lo desagradable que es eso) y lugares de ambiente de la ciudad. Le cuesta, aunque los rechazos parecen nunca desanimarlo. No hay reunión de locas a la que no asista y sufre horrores hasta que por fin da con uno que le haga caso, no obstante al poco empieza a buscarle los defectos (y a buscar otros partidos también), porque en vez de tener una real disposición de enamorarse tiene en mente la cacería, la búsqueda de autoestima, vienen los problemas, se sabotea e inevitablemente va sumando intentos que ya conforman una cadena larga de eslabones miniatura. Su amor es hacia sí mismo y me cuesta imaginarlo realmente despechado por alguien. Por cierto hace como dos semanas se "empató" y el tipo pinta perfecto; vamos a ver cuánto le dura antes de buscarle la quinta pata al gato.

Luego están aquellos que aseguran que la vida les debe algo bueno y excepcional que no logran describir con palabras, eso etéreo y emocionante en plan lesbiana de "The Hours" que no saben qué es pero que les resulta importante, que vale la pena. Estas personas tampoco lograrán nunca enamorarse por mucho tiempo al ser incapaces de tomar la decisión de en realidad querer a una persona porque sentirán eternamente ese vacío de características depresivas "insatisfacible" y así como no son capaces de sentir amor profundo tampoco estarán nunca despechados ni comprenderán lo que es eso; tristes sí, pero despechados jamás.

Las personas incapaces de enamorarse pueden ser a grandes rasgos divididas en esos dos grandes grupos, los siempre cazadores (como mi amigo el feo) y los demasiado "sensibles"; evítelos si quiere compartir años con una persona porque no lo logrará y no dependerá de usted: le dirán adiós sintiéndose grandes. Usted podrá ser el mejor partido del mundo, la persona más detallista, un tigre o una tigresa en la cama, que igualito será rechazado o rechazada con tedio lo mismo que si hiciese todo lo contrario. 
 
Tiene su morbo estar enamorado e incluso que te rompan el corazón, y por ello no me refiero a un rechazo inicial o un desaparecí después del primer polvo, sino al abandono que expliqué anteriormente, de consecuencias mucho más profundas. Amor (y desamor). Placentero o doloroso hay algo lleno de vida y significado que da sentido a muchas cosas y francamente siento pena por quienes son incapaces de sentirlo, mucho más por aquellos que no creen en él, y me angustia porque a la hora del té, y no estoy diciendo que vayamos a involucrarnos por cualquiera pero sí cuando todo está dado, enamorarse depende al final de cada quien, de vencer miedos, de proponerse metas, pero sobre todo de dejar a un lado al inútil orgullo y los nada nobles complejos de superioridad. Al menos ya creo tener la vista más afilada para ubicarlos y mantenerme a raya. Mientras tanto disfruto de mi despecho caminando por la ciudad.

Hasta el próximo domingo.