jueves, 29 de diciembre de 2011

Rostros de la maldad, mala y a veces porque me da la gana

Noto que me rodeo de personas inteligentes, vivaces, desenfadadas, algo inescrupulosas y muy imaginativas; gente divertida, pues. De ellos se puede esperar frases tan brillantes como “yo siempre he dicho que Maracaibo es la capital del pómulo”, durante una conversación en la que salga a relucir (y a saber porqué) nuestra diva folklórica Lila Morillo. Cuando esa chispa es dirigida contra alguien los resultados suelen ser incómodamente entretenidos: dan risa pero da cosa que den risa. Mis amigos dicen que a veces soy pesado, citando a Pío Baroja[1], que hablo poco, pero que cuando lo hago es para decir algo muy bestial y muy sucio, de un cinismo y una pornografía complicada, pero lo cierto es que ellos sí que son unas “marditas”. Entiéndase por “mardita” a un homosexual malvado. Quizás por lo duro de ser gay (estoy claro de que sería mucho más cómodo ser heterosexual) todos tengamos nuestro toque maligno y mientras más afeminados más pérfidos, porque mientras se es más loca la vida es aún más difícil.

Esta es una fiesta de cumpleaños como a la que voy esta noche; nos las vamos a pasar muy bien, créanme, estoy muy orgulloso de mis amigos ¿Quién será la víctima de hoy?

Hay un chico guapísimo, actualmente artista plástico que trabaja en Nueva York, llamado José Joaquín que ha tenido la desventura de estar en la mira cruel de uno de mis más despiertos amigos, Julián, actor de teatro, bailarín de ballet y locutor de radio. Una noche, en el vehículo, rumbo a una discoteca con otros tres amigos, tuvieron que pasar por una alcabala (puesto móvil) de la policía y, poco antes de llegar, Julián comentó: “ahí está la policía… y yo con una bolsa en el bolsillo” “¿Una bolsa?” Se trataba supuestamente de cocaína. “¡Julián, tira eso por la ventana, nos van a meter presos!” “¿Estás loca? ¡No voy a perder dos gramos así como así!” Por un instante el resto de los tripulantes se inquietó pero prontamente advirtió que Julián bromeaba. Como José Joaquín en su candidez se creyó el cuento, empezaron a asustarlo más y más, hasta que lo hicieron llorar: “Quédate tranquila, que por dos gramos no nos van a meter presos” “¿Están locos? ¡Locos!”. Es posible que todavía hoy José Joaquín piense que en esa encrucijada estuvo a punto de ir a prisión. Si estás leyendo esto es bueno que sepas que no.

Ya en la disco, un señor mayor, que apareció de la nada y a quien no conocía nadie, se puso a bailar con José Joaquín y a abrazarlo, tocando todo lo posible sus muy desarrollados hombros. “¡Déjame en paz!” Le exigió José Joaquín, y con la misma se fue al baño para hacer distancia. El señor, cabizbajo, estuvo a punto de tirar la toalla, pero Julián no lo dejó partir. “¿A dónde vas? Tienes loco a nuestro amigo; él te trata así porque se está haciendo el duro, es más, le encanta cuando lo abrazas.” Total que el señor, motivado por Julián, estuvo toda la noche montado encima del desdichado José Joaquín, quien por poco no se pone a gimotear una vez más. Los demás lloraban pero de la risa; incluso se burlaban de él en su cara: “¡Eso; como te gustan, mayorcitos!” “¡Cállense!... ¡Y tú deja de tocarme, viejo verde!” Pero el señor sonreía y continuaba.

Por poner otro ejemplo, un grupo numeroso de conocidos viajó a la turística isla de Margarita. Había algunas parejas consumadas, varios solteros y un par de chicos que tenían semanas saliendo y estaban en veremos; llamémoslos Ricardo y Juan Carlos. El último no era un miembro histórico del conjunto, así que en realidad, antes de partir hacia la isla, sólo conocía al otro. La integración de Juan Carlos al grupo se dio tan bien que terminó dándose los besos con Cruz, uno de los solteros. Pretendían mantenerlo en secreto, cosa imposible habiendo un par de docenas de locas encerradas en un apartamento de 150 metros cuadrados, así que Ricardo, quien a su vez había rentado la casa, se enteró y echó a Juan Carlos a la calle; el pobre tuvo que adelantar el pasaje y regresar a Caracas. Con Cruz la historia sería otra: años de amistad y horas de llanto consiguieron un relativo perdón, así que no tuvo que marcharse.

Calló el sol y decidieron averiguar cómo eran las discotecas de ambiente margariteñas. Como de costumbre, Ricardo procedió a secarle el pelo a Cruz antes de salir. No me seco ni me he secado nunca el cabello pero en la posición del Cruz, y dadas las circunstancias, yo no hubiese dejado jamás que el otro tocase mi cabeza. “Amiga, creo que me estás poniendo demasiada laca” Dijo Cruz nervioso, ya consciente de que podía estar cometiendo un error y, sin espejo, no podía ver lo que todos los demás: le hacían un peinado imposible. “Tranquila amiga; estás quedando hermosa –Respondió Ricardo sin soltar el secador, ni el peine, ni la laca, indolente ante las mandíbulas desencajadas del resto.” Aquella velada Cruz exhibió por ahí un espantoso pelo batido de señora de la década de los ochenta, parecido a un enorme algodón de azúcar, como el que usaba Blanca Ibañez. Ricardo lo convenció de que había quedado estupendo, mientras a sus espaldas reía a batiente suelta.



[1] Baroja, 1969. Hace referencia a las prostitutas de carácter brutal que figuran al final del libro

jueves, 22 de diciembre de 2011

Manual de Carreño para fiestas


El “Manual de urbanidad y buenas costumbres, escrito por el caraqueño Manuel Antonio Carreño, es el texto clásico en Latinoamérica sobre buenas maneras. Data del siglo XIX así que está un poco desactualizado (francamente contiene estupideces, como que, por ejemplo, en la soledad no debe usted desnudarse si hay mucha luz  puesto que ante todo debe primar el respeto a sí mismo), plantea cosas que sólo se llevan a cabo de este lado del Atlántico (como dejar el cuchillo sobre el plato y pasar el tenedor a la derecha para tomar los alimentos troceados, así la alta sociedad caraqueña, o la gente con ínfulas de serlo, diga que es lo más correcto mundialmente) pero es tan referencial que puede hablarse de un Manual de Carreño de algo para señalar la codificación por escrito de lo que se considera adecuado en urbanidad en relación con cierta actividad. 

A continuacuón mi ejercicio, inspirado en la fiesta que ofrecí para mi cumpleaños veintitantos que, aunque exitosa (me fue un montón de gente bella, bailé, todo muy divertido), me dejó cierto sabor agridulce:




Manual de Carreño para Fiestas

CAPÍTULO PRIMERO
DE LOS DEBERES PARA CON EL ANFITRIÓN


Principios sobre cómo llegar: 
Cuando de llegar se trata, todo parte de que eso no es problema del anfitrión, eso es problema del invitado
Cuando alguien ofrece una fiesta ya tiene suficientes preocupaciones (por ejemplo que no hay hielo) como para estarle resolviendo la vida a los que no tienen vehículo. Es preferible decir que no se va antes de ponerse a mandar mensajes de texto como los siguientes: “Estoy al frente de la Británica, aquí no están pasando metrobuses”, “¿Estarán bajando por el Four Seasons? Es que yo bajé por la embajada de Canadá y no vi nada”. El anfitrión de ponerse a responder se privaría de saludar bien a la gente, y si los mensajes continúan… “Es que aquí no están sino los de La Trinidad”… y como ese cinco más, el anfitrión no podrá hablar con nadie de tanto estar al tanto del teléfono. Lo normal entonces será llamar decentemente al invitado para preguntarle “por qué no agarras un taxi”, manera sutil de decir “resuelve y no molestes más”. Si los mensajes continuasen… “Me están cobrando 40 ¿qué hago?”… y así otros tres, ya sencillamente el anfitrión ni responderá de la rabia de haber perdido más de una hora de su fiesta revisando el teléfono y en vez de sentirse triste por la ausencia, estará feliz de que se detenga el infierno de los mensajes.

 
Principios de comedimiento: 
- Evite apoyar los zapatos de las paredes, tocar las paredes, tirar cigarrillos al suelo, detrás de los muebles, y ni qué decir de tragos. 
- Si lo invitaron a una fiesta y usted se presenta con personas que el anfitrión no conoce, al menos tenga la decencia de presentarlos. No habrá nada más desagradable que escuchar a alguien preguntar “¿quién vive aquí?”. 
- De uno a tres “arroceros” por invitado podría estar bien, eso dependerá del tipo de reunión; de ser más es mejor que dicho invitado monte su propia fiesta, en su propia casa y con su propio escocés.


Principios sobre cómo irse: 
Si la música se detuvo y encendieron las luces, desde hace rato que es tiempo de irse (tanto como lo que llevan sonando baladas), ni que decir si están recogiendo basura y para colmo dejaron una escoba detrás de la puerta. 
La manera como el invitado se vaya a su casa es problema de él y no del anfitrión, quien, a lo sumo, llamará un taxi. Mensajes de textos como “el taxista me está cobrando 60” estarán fuera de lugar y pudieran producir en el anfitrión respuestas como “¿y qué quieres que haga?”

 Aprovecho para remarcar la nota de cómo la clase media en Caracas, compuesta por profesionales (una carrera universitaria es el “tener ser”), vive entre la riqueza pero a un milímetro de la pobreza: no sólo tiene dificultades para hacerse con un vehículo, artículo de primera necesidad en las periferias donde el transporte público no es muy bueno y los servicios nocturnos brillan por su ausencia, sino que tampoco ni para pagar un taxi.



Entenderán que las cosas desagradables que cité anteriormente se suscitaron en mi cumpleaños, y pues son las cosas típicas que ocurren en Caracas. Sé que nadie actuó con maldad pero, a pesar de ello, me amargó un poco la falta de consideración de varios, por más que, afortunadamente, yo sí que haya disfrutado la noche. También me supongo* que el hecho de no organizar este tipo de celebraciones a menudo hace que las cosas me asombren más de la cuenta, como me dijo mi madre cuando, indignado, le comenté que alguien había dejado por todas partes las "pepas" de los duraznos que dispuse en mi hermosa mesa de frutas: "eso no es nada". Cierto, me salió barato, si es verdad que, haciendo memoria, la vez anterior que reuní a tanta gente hasta me rompieron un lavamanos.


A ser tomado en cuenta:
- Yo no organizo fiestas "country", en lo particular me parecen una nichada, pero lo cierto es que sin son de cumpleaños y pues, tal y como se espera, el invitado tiene que llevar algo de tomar, eso lo exime de llevar regalo.

...No todo son obligaciones...

¡Diviértanse! 


* "Me supongo" es incorrecto, lo correcto es "supongo", pero me encanta el sabor mantuano que le imprime a mi mensaje