sábado, 12 de noviembre de 2011

Leyendas del ambiente, instituciones no exportables


Dicen que Caracas, a pesar de sus varios millones de habitantes, es del tamaño de una caraota, y el “ambiente” lo blanco. Entiéndase por “ambiente” al cosmos homosexual, así que no extraña que todo el mundo se conozca de alguna manera y que, de igual forma, se hayan venido forjando toda clase de mitos. Cada quien busca cómo identificarse con determinados círculos sociales, enmarcado este comportamiento en la necesidad humana de sentirse partícipe de un conjunto. Ahora además están de moda los colectivos (gente que se agrupa para hacer fiestas o actividades culturales) y las pequeñas celebridades, desde hace ya más tiempo.


Unos conocidos míos entre ellos y en frente de mí, que no puede decirse que sea amiguísimo de todos por lo que asumo lo harán en frente de cualquiera, se autodenominan “Los Excluyentes”, y se refieren a los marginados dentro de su propias amistades como “Las Chicas del Can”, grupo musical “tropical kitsch” de los 80 compuesto por mujeres que tocaban merengue, o "Las Timbiriche" (incluye a unos cuantos del colectivo Bink, por si lo conoce, entre otros personajes de la movida nocturna de la ciudad). Entiéndase que la música latina no folklórica puede contar con muy mala reputación entre un buen porcentaje de las juventudes de la clase media caraqueña con pretensiones de intelectualidad. Las edades de Los Excluyentes varían entre los 25 y los 45 años, pero se codean con las mismas personas y tienen mucho en común: están involucrados de lleno en el submundo de la moda, así que se visten más o menos igual (y su estilo va cambiando a la par, cazando tendencias de moda internacionales), han desarrollado su propio lenguaje, una mezcla de elegancia desenfadada, folklore, nostalgia por el pasado y términos tanto norteamericanos como de la madre patria, algunas veces mal empleados; escuchan la misma música y leen los mismos libros. De esta manera nace una leyenda urbana hecha a sí misma, arrogantes, exquisitos, divertidos, y sobre todo cerrados, “Los Excluyentes”.

Por supuesto que el ambiente no se limita a mirarse el ombligo sino que también se posiciona de cara a una sociedad cada vez menos intolerante. Uno de “Los Excluyentes” me preguntó una tarde de té y “after eights" (los típicos chocolatitos ingleses rellenos de menta, qué transculturización) si yo estaba invitado a la fiesta de cumpleaños de un tal Elías Atencio.

Elías Atencio, me enteré, es un adinerado cincuentón del Country Club que, aunque a ciencia cierta nadie sepa a qué se dedica, goza de rancio abolengo, posiblemente viva de las rentas o, como dicen por ahí, de la bolsa, o de ambos.

A mí ahora me parece que lo de Elías Atencia son los restaurantes, que no sé hasta que punto sea un negocio muy noble, pero bueno, su fiesta de cumpleaños iba a ser la más importante de entonces, incluso la gente de Le Baron, club parisino en boga entre los más ricos y famosos del mundo, tipo la modelo británica Kate Moss, vino desde Francia para cantar el “happy birthday”. Si bien el cumpleañero no era homosexual, la celebración estaría inundada de ellos. Yo que ni siquiera estaba enterado de la cuestión mucho menos iba a estar invitado. Como la persona más cercana a “la alta sociedad” que conocía y conozco era Fernando, un treitón con quien salí unos meses (luego hablaré de él y sus amigos), me puse rápidamente en contacto con él a ver si sabía algo de la fiesta; “si esta es fina del Country, debería estar invitada”, me había comentado mi amigo el esnobista, pero se equivocó; a Fernando, que sí "te es" del Country, le medio sonaba la cosa pero hasta ahí y total que no fui al guateque.

Buscar una posición social en toda gran ciudad es sumamente difícil y el no ser invitado a ciertos acontecimientos sociales hace que los auto-engañados, como yo, abran los ojos: antes me consideraba un niño bien, ahora me considero un chico cualquiera con pretensiones de niño bien, de creer que vivía encerrado en una jaula de oro pasé a darme cuenta de que lo mío era una jaula de acrílico manufacturada en china. ¿Está usted invitado al cumpleaños de Elías Atencio? Piénselo, podría significar más de lo que parece.

Soy un pésimo trepador; mi amigo el esnobista, en cambio, sin ser rico de cuna, ni buen mozo, ha conseguido una muy buena posición (creo), pero es terriblemente celoso con sus amistades. Daniel, así se llama, de mi edad, colaborador de la revista de moda “Complot” (suerte de wallpaper criollo y única publicación de su género que ha tenido un éxito real y sostenido en el tiempo en Venezuela) y varias otras, pudo haber sido la puerta hacia mi ascensión social de no ser porque cometí un error cuando me invitó a una reunión en casa de su novio (mano derecha, me enteraría después, de quien sea probablemente en la actualidad el empresario más importante de Venezuela). Para entonces no me preocupaba mucho el tema del brillo social y equivocadamente creía que el simple hecho de haber vivido afuera me convertía en alguien fabuloso. Llamé a un amigo para que me pasara buscando e ir a la reunión y resultó que no sólo se vino él y el novio (quienes yo esperaba) sino, además, un grupo nutrido de amigos suyos que claramente distaba del concepto de glamour, y en especial del concepto de glamour de “Los Excluyentes”. Daniel, obviamente disgustado ante mi dudoso cortejo, no me presentó a nadie en toda la velada y, a pesar de que yo todavía no tenía las absurdas ansias trepadoras de ahora, me pareció una pena porque los invitados parecían gente de lo más agradable, bonita y vaya si ahora sé que lo son.

Hasta ahora digamos que he venido planteando la parte positiva de las leyendas del ambiente. “Los Excluyentes” se hacen llamar así y se divierten asumiendo sus roles. Entonces, pasemos a las leyendas urbanas como sólo pueden ser creadas y amplificadas en las retorcidas mentes de los chismosos más atrevidos. Prepárense para oír los aterradores cuentos de “Luis Sosa y el Clan de la Maldad” (apellido inventado).

Desde que salí del armario vengo escuchando sobre Luis Sosa y el Clan de la Maldad pero hasta el sol de hoy (no diré ya cuantos años después) no puedo decir que en verdad los conozca. De los también conocidos como “Las Jurásicas”, por los muchos años que llevan rodando como piedras por los caminos del ambiente, se dicen cosas tan escalofriantes pero a la vez vacías como que “desvirgan a niñitos”, sin embargo de nadie he llegado a escuchar un cuento preciso. Tiendo a pensar que los “niñitos” puede que no sean tan infantes, que en ningún caso haya habido sexo no consensuado y es que en realidad, insisto, la frase puede significar cualquier cosa.

Nieto del viejo Sosa, empresario de origen mediterráneo que llegó a amasar una considerable fortuna, Luis es un rubio desocupado, con más de diez años en sus treinta, de arrogantes ojos claros, sobre peso y pretensiones de corte musulmana. Si bien el viejo Sosa, para horror de su descendencia, al final de sus días terminó casándose con una aparente oportunista que heredó la mitad de todo, historia que a mí sin embargo me recuerda a “La Hoja Roja” de Delibes (es decir, que entiendo perfectamente que un señor en su lecho de muerte decida dejarle lo suyo a la persona con quien realmente compartió sus últimos años, más allá de los lazos matrimoniales y de sangre), Luis y su familia no quedaron para nada desamparados, aunque, claro, “venidos a menos”, sí.

A Luis me lo presentaron durante una barbacoa, luego me lo volvieron a presentar en Madrid y por último lo volví a ver durante una fiesta que ofreció en el apartamento de su abuela, donde, una vez más, no me reconoció o prefirió darlo a entender. En una oportunidad me relató que estaba tramitando los papeles para obtener su nacionalidad española en tanto, según, su abuela era española, y que supuestamente le estaban exigiendo invertir en España unos cuantos miles de euros con el fin de llevar la diligencia a buen término. Le expliqué que eso no podía ser así, que si era nieto de española le correspondía su nacionalidad así como la obtuvieron, libre de cargo, mis sobrinas, y pues el muy imbécil, acorralado por su mentira, optó por intentar hacerme quedar como loco y restregarme la posición que cada día dudo más que tenga: “¿Vas a saber más que mis abogados?”. Como ven, no tengo motivos para adorarlo (no obstante he de admitir que desde siempre, todavía, y a pesar de todo, ese hombre despierta en mí pensamientos de tipo voluptuoso).

La pregunta es: ¿En verdad la mala fama perjudica a Luis Sosa y a sus amigos? Dicen que lo importante es que hablen de uno. Ya mencioné que a Luis me lo presentaron por segunda vez en Madrid y es que él para entonces se había ido a vivir a España como muchos otros, ahora bien, terminó regresándose a Venezuela, cosa que no me sorprendió: siempre he dicho que si yo tuviese dinero (de verdad) me lo pensaría dos veces antes de partir porque emigrar representa generalmente un retroceso social para quien goza de buen estatus. Fue el caso. Un amigo mío, cercano a “la jurásica”, me lo confirmaría: “Luis regresó a Caracas porque él en Madrid no se sentía más que un gordo cualquiera; en cambio aquí es Luis Sosa” y, pretendiendo el acento de las clases altas, remató con una muletilla: “¿Sabes?”

Luis Sosa”, líder del mentado “Clan de la Maldad”; porque siempre es más rentable la mala fama, si la fama es verdadera, que el anonimato. Yo en sus zapatos hubiese hecho lo mismo; de hecho, me regresé y me quedé en el sur por mucho menos.

Durante unos meses que viví en Italia, haciendo mis pasantías de grado, me eché novio, un periodista llamado Silvio que, recientemente estando yo de visita por Roma, me salió con lo siguiente: “tú dices que te interesa la cultura, pero eso para mí no es verdad, lo tuyo es un intento desesperado por borrar tus orígenes, el lugar de donde saliste”, a cuento de que, como todos los recovecos turísticos clave de la ciudad eterna me los tenía ya más que conocidos, le sugerí que fuésemos a Villa Medici, un centro cultural dedicado al público local, pero él tenía mucho calor como para bajar al centro.

Honestamente el comentario de Silvio me dolió y no porque me sienta mal con mis orígenes, al fin y al cabo si bien Caracas no es el lugar más sofisticado del mundo y mis padres pudieron haberse esforzado un poco más (en especial mi papá quien a pesar de ser una persona cultísima jamás se preocupó por transferirme sus conocimientos y ese rencor siempre se lo guardaré), estoy satisfecho con las oportunidades (y hasta cierto punto privilegios, aunque indudablemente hayan podido ser mejores) que tuve: educación privada en un colegio chico donde en la medida de lo posible me aceptaron como gay desde siempre, dos carreras, tres idiomas, viajes, estímulos de todo tipo. Me hirió el menosprecio, y no porque no estuviese preparado para sufrirlo, en tanto ya lo había vivido muchas veces de maneras sutiles (estoy claro de que ser latino siempre será una cruz en el extranjero), sino porque provenía de una persona bastante cercana, a la que aprecio, admiro por su inteligencia y que ha influenciado hasta mi teología personal, imagínese. De igual modo, y perdone si me pongo clasista ¿Qué viene a hablar Silvio de orígenes siendo su papá obrero y su mamá ama de casa? (sin que ello tenga absolutamente nada de malo) Incluso su pueblo (Ascoli, donde lo conocí), a pesar de ser muy bello e italiano, si acaso tiene una sala de cine. Sin embargo, no le dije nada.

Aprendí lo que Luis: mucho o poco, más allá de las fronteras de estas santísimas latitudes no somos nadie, y si no pregúnteselo a Greta Álvarez, la diva de Internet caraqueña que se fue a vivir a Los Ángeles hace tiempo y cuyos seguidores no dejaron nunca de ser venezolanas y venezolanos; la misma Yoka, de la misma escuela, ha triunfado en Buenos Aires, sin embargo su twitter repite la misma historia; y esto sólo por poner un par de ejemplos superficiales en una red social por ser fácilmente mesurable. Veamos qué suerte corre Gerard en Madrid.

5 comentarios:

  1. Jajajajajaja maldita sea, no le dejemos mi destino solo a la suerte... Trataré de echarle un poquito de bolas si va? Pero tranquilo, que no tengo intenciones de convertirme en Carlos Baute. Solo de pasarla bien.

    pd. Me he reido como no tienes idea.
    Congrats.
    g.

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  2. Oye, genial. Y coincido con eso, de que esa gente excluyente (y a la vez autoexcluida) no se va del pais por eso de que aqui ya cuentan con algun tipo de status social, ya sea solo en la web 2.0 o el ambiente, y si se van, regresan porque no lograron sentirse tan reconocidos socialmente como aca. ¿Sera asi?

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  3. Sí, en cierta forma, pero realmente va con quienes han construidos cosas en el país, como una carrera, un círculo social, o simplemente buenos amigos, que creo que en cierta forma somos todos y todas: irse de Venezuela representa un cambio más que una mejora absoluta, es decir, mejorarán muchas cosas pero no todo será color de rosa.

    Hay igual quien se queda en el norte porque quizás allá no lo conoce ni Dios pero le gusta estar rodeado de belleza y vanguardias. Habrá quien se quede porque puede caminar por la calle de noche y nunca fue famoso en Venezuela, pero que de pronto sacrifica por ello algo tan simple como un clima agradable todo el año (yo particularmente creo mucho y me remito en ese sentido a la pirámide de Maslow xD).

    Yo en lo particular me calo las colas y el miedo a la inseguridad porque tengo un trabajo que me gusta y buenos amigos, a la gente incívica en la calle por no tener que ponerme un abrigo con olor a almohada vieja, y ultimadamente, cuando me dan muchas ganas de caminar por la calle de noche agarro un avión y me voy un mes a donde sea que pueda hacerlo. Sin embargo respeto la decisión de cada quién de marcharse, pero que también respeten la mía de quedarme, porque de mediocre, como me han dicho, no tiene nada, como tampoco lo tiene trabajar de camarero afuera.

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  4. Lamentable pero cierto, el síndrome de superestrella local lleva cierta cuota de frustración consigo, es inevitable... If you can actually walk the walk, you can walk it anywhere. Por tu show, 5 chocolates!

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  5. -No es Luis Sosa. Es Luis Siso.

    -Por eso es que los venezolanos no avanzan. Por eso de querer ser grande en una pecera pequeña, en vez de ser un gigante en la pecera grande. Oye, que así si vale la pena.

    -Vivir en otro país siempre involucrará cierto grado de sacrificio. Pero el que arriesga gana ¿no?

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