viernes, 25 de noviembre de 2011

El gaysísimo trash italiano de los ochenta

La Italia posmoderna a pesar de ser la "I" de los PIIGS es la heredera de una gloria que recorrió los caminos de Roma, Dante y el Renacimiento, cuya creación privilegiada se desbordó a lo largo de los excesivos ochenta del siglo pasado. Quizás por falta de interés, la cultura popular italiana de esa década, sorprendentemente amiga de la diversidad en un lugar tan asquerosamente católico, no fue exportada tan bien como Felini, sin embargo, en caso de que usted no la conozca y para que no se la pierda porque sería una lástima, quiero compartir una serie de joyas trash musicales bailables de aquel entonces, integrada en la lista de reproducción a continuación. Synth pop, pop experimental y post-punk.

Me costó mucho conseguir todas las canciones, varias de ellas eran las presentaciones de programas de variedades, tanto como que me fue difícil hacer una selección que no superara los 10 temas. Son años de esfuerzo. Hay un título muy raro de la actriz porno llona Staller, mejor conocida como la Cicciolina. Haga clic abajo que seguramente se divertirá. 






Crilu de Heather Parisi (Presentación del programa Fantastico)
Se t'amo t'amo de Rosanna Fratello (Sí, esa es la canción original, no la de Yuri, que los mejicanos en los ochenta eran los maestros del plágio, si no miren que Las Flans no fueron tan originales, ni Magneto, y para colmo de las tres versiones me quedo con las mediterráneas)
Comprami de Viola Valentino
Violentami sul metro' de Jo squillo
La notte vola de Lorella Cuccarini (Presentación del Programa Odiens)
Boys boys boys de Sabrina Salerno
Muscolo rosso de Cicciolina
Alghero de Giuni Russo
Fidati de Raffaella Carrà (Presentación del programa Buonaera Raffaella; por cierto, modernas del mundo, aprovechen de buscar esa canción para descargarla y dejen de escuchar Maracaibo, que si bien ésta otra no dice cocaína es mucho mejor)
Made in Italy de Ricchi e Poveri




Y bueno, me despido con esta fotico de Jo Squillo, hablando de plagios



martes, 22 de noviembre de 2011

Intelectualidad de mente simple (en teatro en Venezuela como reflejo de lo que somos)

Le tengo mucho respeto a realizar crítica de teatro en esta pequeña ciudad y con mi lengua de machete prefiero dejarle esas arenas movedizas al periodista Moreno Uribe  además de que mis conocimientos al respecto son muy limitados, sin embargo en esta oportunidad lo haré aunque sólo para ilustrar un punto. En el marco del Festival de Teatro de Caracas  (especie del recordado Festival Internacional de Teatro de Caracas, sólo que sin compañías extranjeras y muy poca promoción) el domingo fui a ver “Promoción honor a mis padres” escrita por Elio Palencia “uno de los dramaturgos venezolanos contemporáneos más representativos,  ganador del Premio Municipal de Teatro”. "Promoción honor a mis padres" (el enlace lleva precisamente a la crítica de Moreno Uribe, a quien, por cierto, le gustó), montada por la Fundación Rajatabla (indiscutiblemente la compañía de teatro más importante de este país) en el renovado Teatro Nacional, un teatro a la italiana en toda regla como para que cualquier cosa que pueda pasar en él resulte interesante. Con todas las papeletas para gustarme, la representación de "Promoción honor a mis padres" del día 21 de noviembre de 2011 al final no me gustó y me afloran ciertos escrúpulos al decirlo porque conozco a varias de las personas que están involucradas, pero es que no me gustó. No me gustó.
La obra estuvo correcta: la música en vivo, como debe ser, la puesta en escena bien aprovechada, tenía agua, arena, creativa en el buen sentido (ya les hablaré del malo), los actores bien, hasta los diálogos estaban bien; pero lean la sinopsis: En una playa de la costa venezolana, 7 jóvenes “con la vida por delante”, recién graduados de bachilleres en la Unidad Educativa “Símbolos Patrios”, se reúnen para celebrar. Una irónica fiesta en la que se dejan colar conflictos que rozan temas como la apatía, el machismo, la competitividad, los prejuicios sobre el aborto y la homosexualidad, así como las esperanzas secuestradas por una frustración heredada. Es sin duda una obra reflexiva sobre lo que fue y lo que podría ser, de cómo los hijos tienden a seguir el camino de sus progenitores, aunque ello los conduzca a revivir los sinsabores y los errores cometidos por sus Mayores.".
Argumento, sí, uno que debió pasar de moda hace 80 años y planteado de una manera bastante complaciente con los prejuicios de la clase media baja con la que, por cierto, se identificó muy bien el público, y no en el buen sentido; digamos que se reían cuando no se debían reír. Yo veía en frente de mí los valores vodeviles y vacíos de muchos jóvenes actuales, lo antipático de sus gestos, su bebedera de alcohol, su mal gusto, pero la gente encantada y en plan "sí así somos, qué de pinga ¡uuuuuuh, bebamos caña!".  Y es que el público fue lo peor de la noche. Cuando el personaje gay (suuuuper estereotipado) hablaba, salían las filisteas sentadas en las butacas a gritar esa expresión tan chusma de "¡aaaaaaay, vaaaaaale!", tan gastada y setentosa, me provocaba decirle a una, "mira mija, estás en un teatro ¿habrá algo más gay que ir al teatro? cállate la boca".
Bueno, el texto. Hay una expresión que me choca utilizar pero su significado viene muy a cuento: mentalidad de cachifa, y para colmo con trama escaza o nula, y esto es algo que he venido notando que está pasando con las obras venezolanas, se trata de una serie de personajes estereotipados que los ponen a hablar y ya, les parecerá muy vanguardista, pero a mí me parece tan mediocre como doblar una canción en escena. Como cuando fui a ver una obra sobre John Lennon, los personajes eran un colombiano bobo, un argentino presumido, un venezolano que sí era chévere y un mejicano que hablaba muy mejicano; vergonzoso, y no pasaba nada; lo peor es que ese año le dieron el premio Monte Ávila. Carai, las historias deberían contar con un principio un desarrollo y un final, hay ciertos fundamentos de los que no nos podemos olvidar y, ultimadamente, parece que no es que queramos producir un efecto sino simplemente que no hay la inteligencia para lograrlo: plantear un argumento a través de una historia, que claro que no es fácil, pero es que no se puede poner a una gente ahí en un platero a hablar gamelote y ya.
Queremos estar a la vanguardia. El domingo los personajes veían a lo lejos una lancha que se acercaba por el mar a vender drogas (¡qué excitante!), era la misma lancha pero entonces uno miraba hacia al público, otro hacia la derecha del escenario, otro hacia la izquierda y el último daba la espalda. Entre ellos hablaban pero yo particularmente nada más escuchaba al primero. Habrá a quién le haya parecido un recurso creativísimo, a mí me pareció pretencioso, mal logrado, innecesario, vacío (falto de significado), puesto ahí como un turista que posa para una foto de recuerdo y para colmo me sacó de mi concentración, pero como que eso es lo que le gusta a la gente aquí: creatividad. Esa palabra ya me pone a temblar y más cuando a la cultura se refiere: montemos el Cascanueces Flamenco, pongámosle unos visuales a todo, hagamos una versión de Tosca con un escenario posmoderno y vistamos a los personajes de cuero. Ojo, yo no estoy en contra de la innovación, pero vamos, esto no es innovación, esto es una mamarrachada.
¿Qué es lo peor de todo lo que le estoy contando a usted? Pues que me estoy refiriendo no a los montajes teatrales comerciales de estrellas de la televisión hablando mal del gobierno, de los hombres, de las mujeres o de ambos, sino a lo que se supone es nuestra más superada dramaturgia. ¿Cómo vamos a salir adelante con semejante intelectualidad?. Lo último bueno (y vaya si fue bueno, posiblemente lo mejor que he visto en mi vida) que vi en la sala de la Fundación Rajatabla fue el Marat-Sade en versión escénica de Ibrahím Guerra y con la producción de estudiantes recién graduados de la Facultad de Teatro de la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Uneartes), de hace ya como 3 años, y eso es porque se trataba de una obra extranjera, podría decirse que clásica, que se representó tal y como es (y literalmente, que no creo que en ninguna otra parte del mundo hayan realizado tal montaje para tan poco público, como exige ese guión). Ojo, quizás se hayan realizado otras maravillas de ese entonces para acá y sólo estoy hablando de esa sala en particular (he visto cosas muy buenas en otros espacios como el Celarg o el Trasnocho Cultural), a lo que voy es que no se puede decir entonces que el teatro en Venezuela murió de SIDA junto a sus glorias en los noventa, talento hay, para mí es un tema de pluma, y mientras aquí eso no mejore yo creo que es mejor representar textos de afuera que estén bien hasta que todos aprendamos, productores y público (y me incluyo), antes de ponernos a estar inventando. Sí tenemos un talento, pero hay que cultivarlo y me da pánico que los chicos y las chicas que vi en el Teatro Nacional en escena estén creyendo que están interpretando algo que vale la pena, porque no es así.
Y es que así somos. El domingo, caminando por el centro rumbo al teatro veía nuestras glorias arquitectónicas una y otra vez ultrajadas: el Teatro Municipal mutilado por el Centro Simón Bolívar en el que a su vez construyeron un rancho en el ala sur (en serio, lo juro); "viviendas dignas" a ser construidas donde antes habían parques en la Avenida Bolívar, y otras que pronto harán que sea imposible ver el Arco de la Federación. En el parque Los Caobos, un museo abierto con letreros en los que podemos leer estupideces como esta: "...aquí se encuentran esculturas de grandes artistas como Julio Pacheco, Gaudi, Esté..." (Gaudi Esté es una sola persona; claro, sobrarán los que al leer eso y que sepan medio de algo se pongan a buscar el famoso "Gaudi" del parque, suerte a ver si lo encuentran. Eso es para que se hagan idea de qué clase de gente está encargándose de ciertas cosas importantes). No es sólo restaurar los monumentos del centro, aunque lo aplaudo.

Fachada del Teatro Nacional, por cierto con el Centro Simón Bolívar de fondo. Tengo mis conflictos con ese anaranjado puesto como imitando mármol que además no es original.
Necesitamos cultura, escaparnos de la inconsistencia que tan bien supo expresar el director de cine Tomás Gutiérrez Alea a través del personaje de Sergio Corrieri en Memorias del Subdesarrollo, si aún no la ha visto véala, es importante para entender por qué somos lo que somos, y no es porque estemos rodeados de "marginales", como podría decir un ciudadano de clase media cualquiera.
Francamente cuando alguien me pide consejo de qué ir a ver al teatro sólo puedo recomendar las cosas que monta Orlando Arocha y poco más, de resto... ojalá alguien me demuestre que estoy equivocado pero es innegable que al sol de hoy hacemos mejor cine que teatro. Bueno, por lo menos algo lo estamos haciendo bien.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Las Tops, leyendas del ambiente, bellas entre bellas


A tono con los noventa existió un grupo de amigos que se hizo conocido como “Las Tops”. A nivel mundial “Las Tops” fueron aquellas mujeres que triunfaron como modelos en las mejores pasarelas de la moda de esa década: Cindy Crawford, Linda Evangelista, Christy Turlington, Naomi Campbell, Claudia Schiffer; en Caracas lo fueron José Roberto, Jackson, Julio, Simón y Camilo, cinco chicos del centro de la ciudad, clase media baja, de alrededor de 20 años, delgados y de rostros muy hermosos, que se enfrentaron a la caraqueñidad de la forma más auténtica posible: eran muy “fuertes”. “Fuerte” es la manera como dentro del ambiente se denomina a los homosexuales más afeminados, y por tanto audaces o “arrechas”. Curiosamente, José Roberto, Jackson, Julio, Simón y Camilo se las arreglaban para ocultarlo todo a sus parejas, hombres que, si bien homosexuales, eran todo un ejemplo de masculinidad y que por lo general no habían terminado de salir del armario.
Las Tops” disfrutaban al máximo de las posibilidades que brindaba una ciudad que empezaba a dejarse de cuentos; según el día de la semana se presentaban en la discoteca de ambiente de moda (los miércoles Copas, los Sábados Fusión, los domingos “La Fragata”), y participaban en cuanta actividad gay se estuviese llevando a cabo, incluyendo, como concursantes, los certámenes de belleza para travestidos que se organizaban por aquí y por allá.
Aprovechando la alta popularidad de los concursos de belleza en Venezuela, en Caracas todos los años se producen en los bajos fondos montones de certámenes gay: el “Miss Venezuela Gay” (marca registrada, también conocido como el concurso “caro”), el “Miss Gay Universo”, el “Miss Peluquita”, el “Miss Global Gay”, el “Miss Miranda Gay” (que en el país la mitad de las cosas lleva por nombre al apellido del prócer de la independencia “Francisco de Miranda) y hasta el “Miss Chiquitica Gay Plus” (para travestidos adolescentes con sobre peso). Obviamente estoy exagerando.
Lo primero que una “candidata” necesita es el vestuario. Conseguir una peluca bonita y unos zapatos de tacón talla grande de pronto no sea fácil, pero lo más complicado es el traje de baño. No hay nada más diferente al cuerpo de una mujer que el de un hombre, y José Roberto, Miss Polonia, lo tenía claro. Es aquí cuando entra una viejecita, personaje extraordinario de la ciudad: La Chepa, institución que se dedica a confeccionar ropa de mujer a la medida… para hombres. La Chepa tiene el cabello blanquísimo, usa gruesas gafas para la miopía que hacen ver a sus ojos anormalmente pequeños, y exhibe un rostro de octogenaria dulce que no debe engañarle.
La modista empieza por tomarle las medidas a su cliente, pidiéndole primero que meta la barriga. Cuando el chico ya tiene los ojos desorbitados procede con la cintura, constriñéndosela lo más que puede con una cinta métrica. Si hay queja, La Chepa demuestra, con su quebrantada y envejecida voz, que ella puede quejarse aún más: “¡Cállate! Espero que me hayas traído los reales (el dinero) de una vez; las locas son muy malapaga” (poco responsables en los pagos de sus deudas). Luego de un breve silencio, en el que la anciana aprieta un poco más la cinta con sus huesudas pero poderosas manos manchadas por la senectud, se dirige a cualquiera que esté presente.
-Mira chica, sirve para algo y dime cuánto marca el metro
-78
-¡Así nada te va a quedar bien, mi linda! –Suele exclamar La Chepa dirigiéndose a su torturado cliente –Te tienes que entirrar (forrar con cinta adhesiva) bien esa cintura o ponerte un buen corsé –Y nuevamente a su improvisado asistente –Anota; cintura: 73
Los trajes de baño que hace La Chepa son de tela y, desde luego, no sirven para meterse en el agua.
Ahora vayamos al día de la gala.
Se abren las puertas de alguna sala dudosa, como el Teatro del decadente Centro Comercial Chacaito (lugar otrora de alto prestigio internacional a donde acudían personajes como la Princesa Margarita de Inglaterra o el diseñador Christian Dior a ver y a ser vistos, y que numerosos gobiernos después se presenta como ese parque urinal de vagabundos donde de niño uno jugaba), un par de horas después de la prevista, y las locas ardorosamente salen corriendo para conseguir puesto entre las primeras filas, cosa de que sus gritos sean escuchados por el jurado y las “Misses”. Si es el caso del Teatro de Chacaito, las paredes están desconchadas, el suelo viscoso, cada asiento (que algunos faltan, no sé si se los habrán robado o qué) ostenta dibujado unas especies de posaderas grises debido al uso, roturas, curiosos pegostes y quemaduras de cigarrillo ya que, a pesar de estar prohibido, la gente fuma. Es entonces cuando, dos horas después más, arranca el concurso.



Luego de un show introductorio viene el desfile del traje típico, cuyos diseños en su mayoría distan de los originales bien por ser muy de “drag queen” o por parecer pasteles de bodas mal decorados. Muchas concursantes llevan tangas tan pequeñas que varios testículos terminan exhibiéndose. El desfile en traje de baño (con todavía más testículos traviesos), el de traje de gala y, después de elegir a las finalistas, las preguntas. Lo cierto es que, por más que unas candidatas usan pelucas que parecen gatos muertos, zapatos poco elegantes, vestidos no muy bonitos; por más que unas caminan feo o exageradamente despacito, y responden muy mal a las preguntas, no se merecen las cosas que les gritan: “mardita”, “horrenda”, “esa pasarela pasó de moda en los ochenta”, “bruta”, “fea”, “le mamaste el güevo (pene) al diablo”. Jamás entenderé el chiste de ir de público a un certamen para humillar a las aspirantes.
En las dos oportunidades que acudí a concursos de belleza para travestidos me pregunté: ¿Qué estará pasando por la cabeza de esos chicos parados ahí en el escenario, vestidos de mujer, sufriendo las vejaciones del público?, sobre todo ¿Qué estarán pensando los concursantes que hacen esa pasarela de los años ochenta, en la que se camina tan lentamente mientras los denigran? Yo en su lugar, al escuchar tales ultrajes, hubiera procurado que mi aparición fuese lo más sucinta posible. A parte de sentirse atraído hacia el travestismo, hay que ser valiente. En una de esas, al momento de la coronación, ni a la primera finalista ni a sus amigos les pareció el resultado, así que subieron al escenario en actitud violenta gritando que el concurso estaba vendido y amenazaron con “rajarle la cara” a la ganadora, José Roberto, una de “Las Tops”. Creían los violentos que Miss Brasil se merecía la corona por haber respondido mejor la pregunta, que fue la siguiente: “¿Crees que un hombre puede llegar a ser una mujer?”
La cuestión era tan retorcida como las anteriores (“¿Qué debe hacer una familia si un hijo se declara gay con 11 años?”, “¿Cuál es el mayor deseo que un gay puede pedirle a Dios?”), parecía que aquella noche las preguntas las había redactado un cura. De su réplica dependía en gran medida el resultado del concurso, tomando en cuenta la lamentable participación de Miss Miranda (la otra favorita), cuya respuesta a “¿Cuál crees tú que es el futuro de la homosexualidad en Venezuela?” fue “Lo más importante es la familia”.
-Buenas noches –Dijo por ritual pero al instante continuó –Yo pienso que un hombre nunca podrá llegar a ser mujer, -silencio ante lo que parecía un suicidio –porque por más que nos operemos y nos operemos, nunca podremos ser honradas con lo más bello que hay en este mucho y que Dios sólo le regaló a la mujer –y se llevó la mano al pecho; su cara irradiaba emoción –la bendición de ser madre.
En público estalló en aplausos pero aquello, supongo, no era precisamente lo que quería escuchar un jurado lleno de travestidos y algún transexual.

Lo divertido de todo fue que José Roberto días después consiguió que su novio, su hombre de armario (no declarado) feo y sumamente varonil, parecido a como la mayor de las Brontë describió a Míster Rochester, lo acompañase a un bar gay, su primera salida por el ambiente, y lo primero con lo que por sorpresa se consiguieron al entrar fue una gigantografía de “La Ganadora del Miss Global Gay”, con foto de la homenajeada, acostada sobre un diván, sosteniendo la corona.

Aún pasada la línea del mal gusto la cosa puede tener su punto, o al menos despertar interés. Es como lo que me decía mi amigo el esnobista en relación con ir a los antros gay de Sabana Grande (una zona histórica de lugares de ambiente al oeste de la ciudad): “Son cosas que uno hace por diversión, como una travesura de niño bien, a conciencia de que están mal”. Un amigo me comentó cómo una lesbiana, víctima de sus adicciones, le preguntó si tenía cocaína en uno de esos antros (Las Dos Barras) y, como él le dijo que no, ella le metió los dedos por la nariz y luego se los chupó a ver si aquello era cierto. Curioso.

Pero, en fin, así como Caracas tiene una sutil pendiente natural que consigue que el agua emanada de las furiosas lluvias de la temporada húmeda, a pesar del mal alcantarillado, no convierta al valle en un lago sino que el torrente es llevado hasta el mar arrastrando consigo el olor a muerte y a enfermedad que a veces rezuman los sumideros en la temporada seca, con el pasar de los años poco a poco las leyendas del ambiente van quedando en el olvido. Unas “Tops”, quien sabe si por la presión de la sociedad, se metieron en el gimnasio, dejaron las plumas atrás y se convirtieron en hombrezotes; otras se operaron y terminaron convirtiéndose de verdad en mujeres, e incluso formando familias. Casi todos se marcharon a lugares diferentes. Quién sabe si Valentina, Abril, Julio, Simón y Camilo añoran hoy su alocada juventud.

martes, 15 de noviembre de 2011

sábado, 12 de noviembre de 2011

Leyendas del ambiente, instituciones no exportables


Dicen que Caracas, a pesar de sus varios millones de habitantes, es del tamaño de una caraota, y el “ambiente” lo blanco. Entiéndase por “ambiente” al cosmos homosexual, así que no extraña que todo el mundo se conozca de alguna manera y que, de igual forma, se hayan venido forjando toda clase de mitos. Cada quien busca cómo identificarse con determinados círculos sociales, enmarcado este comportamiento en la necesidad humana de sentirse partícipe de un conjunto. Ahora además están de moda los colectivos (gente que se agrupa para hacer fiestas o actividades culturales) y las pequeñas celebridades, desde hace ya más tiempo.


Unos conocidos míos entre ellos y en frente de mí, que no puede decirse que sea amiguísimo de todos por lo que asumo lo harán en frente de cualquiera, se autodenominan “Los Excluyentes”, y se refieren a los marginados dentro de su propias amistades como “Las Chicas del Can”, grupo musical “tropical kitsch” de los 80 compuesto por mujeres que tocaban merengue, o "Las Timbiriche" (incluye a unos cuantos del colectivo Bink, por si lo conoce, entre otros personajes de la movida nocturna de la ciudad). Entiéndase que la música latina no folklórica puede contar con muy mala reputación entre un buen porcentaje de las juventudes de la clase media caraqueña con pretensiones de intelectualidad. Las edades de Los Excluyentes varían entre los 25 y los 45 años, pero se codean con las mismas personas y tienen mucho en común: están involucrados de lleno en el submundo de la moda, así que se visten más o menos igual (y su estilo va cambiando a la par, cazando tendencias de moda internacionales), han desarrollado su propio lenguaje, una mezcla de elegancia desenfadada, folklore, nostalgia por el pasado y términos tanto norteamericanos como de la madre patria, algunas veces mal empleados; escuchan la misma música y leen los mismos libros. De esta manera nace una leyenda urbana hecha a sí misma, arrogantes, exquisitos, divertidos, y sobre todo cerrados, “Los Excluyentes”.

Por supuesto que el ambiente no se limita a mirarse el ombligo sino que también se posiciona de cara a una sociedad cada vez menos intolerante. Uno de “Los Excluyentes” me preguntó una tarde de té y “after eights" (los típicos chocolatitos ingleses rellenos de menta, qué transculturización) si yo estaba invitado a la fiesta de cumpleaños de un tal Elías Atencio.

Elías Atencio, me enteré, es un adinerado cincuentón del Country Club que, aunque a ciencia cierta nadie sepa a qué se dedica, goza de rancio abolengo, posiblemente viva de las rentas o, como dicen por ahí, de la bolsa, o de ambos.

A mí ahora me parece que lo de Elías Atencia son los restaurantes, que no sé hasta que punto sea un negocio muy noble, pero bueno, su fiesta de cumpleaños iba a ser la más importante de entonces, incluso la gente de Le Baron, club parisino en boga entre los más ricos y famosos del mundo, tipo la modelo británica Kate Moss, vino desde Francia para cantar el “happy birthday”. Si bien el cumpleañero no era homosexual, la celebración estaría inundada de ellos. Yo que ni siquiera estaba enterado de la cuestión mucho menos iba a estar invitado. Como la persona más cercana a “la alta sociedad” que conocía y conozco era Fernando, un treitón con quien salí unos meses (luego hablaré de él y sus amigos), me puse rápidamente en contacto con él a ver si sabía algo de la fiesta; “si esta es fina del Country, debería estar invitada”, me había comentado mi amigo el esnobista, pero se equivocó; a Fernando, que sí "te es" del Country, le medio sonaba la cosa pero hasta ahí y total que no fui al guateque.

Buscar una posición social en toda gran ciudad es sumamente difícil y el no ser invitado a ciertos acontecimientos sociales hace que los auto-engañados, como yo, abran los ojos: antes me consideraba un niño bien, ahora me considero un chico cualquiera con pretensiones de niño bien, de creer que vivía encerrado en una jaula de oro pasé a darme cuenta de que lo mío era una jaula de acrílico manufacturada en china. ¿Está usted invitado al cumpleaños de Elías Atencio? Piénselo, podría significar más de lo que parece.

Soy un pésimo trepador; mi amigo el esnobista, en cambio, sin ser rico de cuna, ni buen mozo, ha conseguido una muy buena posición (creo), pero es terriblemente celoso con sus amistades. Daniel, así se llama, de mi edad, colaborador de la revista de moda “Complot” (suerte de wallpaper criollo y única publicación de su género que ha tenido un éxito real y sostenido en el tiempo en Venezuela) y varias otras, pudo haber sido la puerta hacia mi ascensión social de no ser porque cometí un error cuando me invitó a una reunión en casa de su novio (mano derecha, me enteraría después, de quien sea probablemente en la actualidad el empresario más importante de Venezuela). Para entonces no me preocupaba mucho el tema del brillo social y equivocadamente creía que el simple hecho de haber vivido afuera me convertía en alguien fabuloso. Llamé a un amigo para que me pasara buscando e ir a la reunión y resultó que no sólo se vino él y el novio (quienes yo esperaba) sino, además, un grupo nutrido de amigos suyos que claramente distaba del concepto de glamour, y en especial del concepto de glamour de “Los Excluyentes”. Daniel, obviamente disgustado ante mi dudoso cortejo, no me presentó a nadie en toda la velada y, a pesar de que yo todavía no tenía las absurdas ansias trepadoras de ahora, me pareció una pena porque los invitados parecían gente de lo más agradable, bonita y vaya si ahora sé que lo son.

Hasta ahora digamos que he venido planteando la parte positiva de las leyendas del ambiente. “Los Excluyentes” se hacen llamar así y se divierten asumiendo sus roles. Entonces, pasemos a las leyendas urbanas como sólo pueden ser creadas y amplificadas en las retorcidas mentes de los chismosos más atrevidos. Prepárense para oír los aterradores cuentos de “Luis Sosa y el Clan de la Maldad” (apellido inventado).

Desde que salí del armario vengo escuchando sobre Luis Sosa y el Clan de la Maldad pero hasta el sol de hoy (no diré ya cuantos años después) no puedo decir que en verdad los conozca. De los también conocidos como “Las Jurásicas”, por los muchos años que llevan rodando como piedras por los caminos del ambiente, se dicen cosas tan escalofriantes pero a la vez vacías como que “desvirgan a niñitos”, sin embargo de nadie he llegado a escuchar un cuento preciso. Tiendo a pensar que los “niñitos” puede que no sean tan infantes, que en ningún caso haya habido sexo no consensuado y es que en realidad, insisto, la frase puede significar cualquier cosa.

Nieto del viejo Sosa, empresario de origen mediterráneo que llegó a amasar una considerable fortuna, Luis es un rubio desocupado, con más de diez años en sus treinta, de arrogantes ojos claros, sobre peso y pretensiones de corte musulmana. Si bien el viejo Sosa, para horror de su descendencia, al final de sus días terminó casándose con una aparente oportunista que heredó la mitad de todo, historia que a mí sin embargo me recuerda a “La Hoja Roja” de Delibes (es decir, que entiendo perfectamente que un señor en su lecho de muerte decida dejarle lo suyo a la persona con quien realmente compartió sus últimos años, más allá de los lazos matrimoniales y de sangre), Luis y su familia no quedaron para nada desamparados, aunque, claro, “venidos a menos”, sí.

A Luis me lo presentaron durante una barbacoa, luego me lo volvieron a presentar en Madrid y por último lo volví a ver durante una fiesta que ofreció en el apartamento de su abuela, donde, una vez más, no me reconoció o prefirió darlo a entender. En una oportunidad me relató que estaba tramitando los papeles para obtener su nacionalidad española en tanto, según, su abuela era española, y que supuestamente le estaban exigiendo invertir en España unos cuantos miles de euros con el fin de llevar la diligencia a buen término. Le expliqué que eso no podía ser así, que si era nieto de española le correspondía su nacionalidad así como la obtuvieron, libre de cargo, mis sobrinas, y pues el muy imbécil, acorralado por su mentira, optó por intentar hacerme quedar como loco y restregarme la posición que cada día dudo más que tenga: “¿Vas a saber más que mis abogados?”. Como ven, no tengo motivos para adorarlo (no obstante he de admitir que desde siempre, todavía, y a pesar de todo, ese hombre despierta en mí pensamientos de tipo voluptuoso).

La pregunta es: ¿En verdad la mala fama perjudica a Luis Sosa y a sus amigos? Dicen que lo importante es que hablen de uno. Ya mencioné que a Luis me lo presentaron por segunda vez en Madrid y es que él para entonces se había ido a vivir a España como muchos otros, ahora bien, terminó regresándose a Venezuela, cosa que no me sorprendió: siempre he dicho que si yo tuviese dinero (de verdad) me lo pensaría dos veces antes de partir porque emigrar representa generalmente un retroceso social para quien goza de buen estatus. Fue el caso. Un amigo mío, cercano a “la jurásica”, me lo confirmaría: “Luis regresó a Caracas porque él en Madrid no se sentía más que un gordo cualquiera; en cambio aquí es Luis Sosa” y, pretendiendo el acento de las clases altas, remató con una muletilla: “¿Sabes?”

Luis Sosa”, líder del mentado “Clan de la Maldad”; porque siempre es más rentable la mala fama, si la fama es verdadera, que el anonimato. Yo en sus zapatos hubiese hecho lo mismo; de hecho, me regresé y me quedé en el sur por mucho menos.

Durante unos meses que viví en Italia, haciendo mis pasantías de grado, me eché novio, un periodista llamado Silvio que, recientemente estando yo de visita por Roma, me salió con lo siguiente: “tú dices que te interesa la cultura, pero eso para mí no es verdad, lo tuyo es un intento desesperado por borrar tus orígenes, el lugar de donde saliste”, a cuento de que, como todos los recovecos turísticos clave de la ciudad eterna me los tenía ya más que conocidos, le sugerí que fuésemos a Villa Medici, un centro cultural dedicado al público local, pero él tenía mucho calor como para bajar al centro.

Honestamente el comentario de Silvio me dolió y no porque me sienta mal con mis orígenes, al fin y al cabo si bien Caracas no es el lugar más sofisticado del mundo y mis padres pudieron haberse esforzado un poco más (en especial mi papá quien a pesar de ser una persona cultísima jamás se preocupó por transferirme sus conocimientos y ese rencor siempre se lo guardaré), estoy satisfecho con las oportunidades (y hasta cierto punto privilegios, aunque indudablemente hayan podido ser mejores) que tuve: educación privada en un colegio chico donde en la medida de lo posible me aceptaron como gay desde siempre, dos carreras, tres idiomas, viajes, estímulos de todo tipo. Me hirió el menosprecio, y no porque no estuviese preparado para sufrirlo, en tanto ya lo había vivido muchas veces de maneras sutiles (estoy claro de que ser latino siempre será una cruz en el extranjero), sino porque provenía de una persona bastante cercana, a la que aprecio, admiro por su inteligencia y que ha influenciado hasta mi teología personal, imagínese. De igual modo, y perdone si me pongo clasista ¿Qué viene a hablar Silvio de orígenes siendo su papá obrero y su mamá ama de casa? (sin que ello tenga absolutamente nada de malo) Incluso su pueblo (Ascoli, donde lo conocí), a pesar de ser muy bello e italiano, si acaso tiene una sala de cine. Sin embargo, no le dije nada.

Aprendí lo que Luis: mucho o poco, más allá de las fronteras de estas santísimas latitudes no somos nadie, y si no pregúnteselo a Greta Álvarez, la diva de Internet caraqueña que se fue a vivir a Los Ángeles hace tiempo y cuyos seguidores no dejaron nunca de ser venezolanas y venezolanos; la misma Yoka, de la misma escuela, ha triunfado en Buenos Aires, sin embargo su twitter repite la misma historia; y esto sólo por poner un par de ejemplos superficiales en una red social por ser fácilmente mesurable. Veamos qué suerte corre Gerard en Madrid.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Belleza trascendente



Quería compartir esta secuencia de canciones que armé hace un tiempo. Son ocho temas de una gran belleza, música flok, clásica y minimalista que me traen a la mente arte y pertenencia a la tierra. Son:

Starry Night de Don Mclean,
Daylight And The Sun de Antony & The Johnsons,
In This Shirt de The Irrepressibles,
The Grid de Philip Glass,
Vírgenes del Sol de Yma Sumac,
Tonada del Cabrestero de Simón Díaz,
I Will Always Love You de Dolly Parton (sí, es de Dolly, no de Whitney, y me parece que en la película lo explican, además) y
Carretera de Aldemaro Romero;

por cierto si alguien consigue una versión mejor de esa última canción que me lo haga saber, una cantada por alguna de las grandes, por ejemplo.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La naturaleza humana


Cuánto no se ha sentenciado en relación con las bondades de decirse las cosas de frente, aunque, sospecho, la mayoría no profesa con el ejemplo. Si bien hablar por detrás puede resultar divertido, explicarle algunas cosas a ciertos incumbidos resulta al extremo complicado. No me imagino expresándole a mi mejor amiga (la que se encomienda a Dios, a la virgen y a los santos), por más que ya no la soporte de tanto que habla de su “amigo”, que debido a esa obsesión acabará tan sola y cuarentona como mi cuñada, que las mujeres envejecen más rápido socialmente hablando y sus óvulos se ponen duros con los años; pudorosamente no. Nadie es honesto del todo. Yo, por ejemplo, cuando amanezco en casa de alguien procuro levantarme diez minutos antes para peinarme, cepillarme los dientes y volverme a acostar en sus brazos con el fin de despertar luego, luciendo perfecto, sin marcas de almohada en la cara ni aliento mañanero; o si me dan nalgaditas traviesas procuro no apretar los glúteos de modo que no se me marque la celulitis (a los hombres también nos pueden salir esos malcarados huequitos) y hay que ver que en un momento así uno tiene que concentrarse para mantener semejante control del cuerpo.

A finales del año pasado nos dio por descoser a un amigo cada vez que el pobre se ausentaba; nada muy serio. En una oportunidad nos escuchó la madre del dueño de la casa donde estábamos reunidos y, entre otras posturas lindas, nos salió con esta: “Seguro que cuando alguno de ustedes no esté los demás se pondrán a hablar mal de él” y, ante el riesgo de que tal escenario no fuese completamente descartable (al fin y al cabo todos habremos patinado en un momento dando de qué hablar), llegado el instante de la despedida se dijo “nos vamos todos juntos ¡aquí no se queda nadie!”; y es que, estando claros y aunque los haya quienes se rasguen las vestiduras negándolo, no hay quien, gracias a sus palabras, no haya sido verdugo del prójimo (fundamentalmente aquellos que se santiguan son los primeros impíos). Dada la inevitabilidad, no debemos hacer un drama si nos enteramos de que nos han puesto verdes durante un bautizo, una salida al cine o cualquier otra reunión; sería como vivir de luto desde muy pequeños al entrar en conocimiento de la inminencia del fin de la vida.

Para concluir, y llevando el vilipendio al terreno de la adultez de hoy día, tenga siempre presente que lo más importante es manejarse con un lenguaje tan críptico que impida saber si usted se burla o elogia, mire que no queremos meternos con nadie porque no sabemos de las vueltas que pueda dar la vida en el país de las palancas (y las piedras de tranca), además, se practica así el refinado arte de demostrarse a sí mismo que las demás personas son estúpidas. La ironía será su gran aliada para alcanzar los objetivos a la hora de mencionar a algún conciudadano, y mientras menos se perciba el veneno mejor. Haga como si estuviese pronunciado las siniestras “palabras alusivas” en un sepelio (jamás se atrevería a hablar mal del muerto frente a la esposa, ¿cierto?, usted hará hincapié en las virtudes de padre ejemplar del difunto aunque en su edificio fueran famosas las palizas que le atizaba a las hijas cuando llegaba borracho al apartamento) , por ejemplo, se referirá siempre a la “acrisolada filantropía” de alguna “socialité” para expresar lo que le consta ya a mucha gente: que esa persona es una desalmada de marca mayor.

Claro que si están inventando alegremente de usted que se practicó un aborto, es un estafador, o una loquita indeseable por donde se le mire, puede que tenga de qué preocuparse. Un “amigo” dejó traslucir lo siguiente en su discurso: “Unas cuantas amigas mías dijeron que parecías un rockstar (estrella de música rock) en las fotos de mi cumpleaños; yo les dije ¿Pero si esa no es más que una loquita ahí?”. De yo haber cortado con esas “amistad” para ese momento me habría ahorrado muchos problemas posteriores parecidos a lo siguiente; una cosa es que digan: “qué feos esos zapatos de Pull and Bear de Víctor”, a: “ten cuidado con Víctor que al dependiente feo de Pull and Bear le pegó VPH”. De igual forma, si alguien da la razón a supuestos comentarios nada halagüeños sobre uno, no sólo su amistad es al extremo dudosa sino que, además, lo más probable sea que se haya dedicado a sembrar tales intrigas; si dice: “Menganito anda diciendo que deberías dejar de juntarte con esa gente fea con la que te juntas y creo que tiene razón”, significa que eso piensa y que para colmo se lo dijo a Menganito, o en el mejor de los casos si Menganito de verdad se lo dijo segurísimo le dio la razón cebándose.
Tómelo en cuenta.