domingo, 16 de octubre de 2011

Tramoyas normales de un adolescente cualquiera

Advierto que la narración a continuación puede resultar cursi, simplona e infantil como la historia de las hermanas Lisbon (y que me perdonen aquellos que idolatran a Sofía Coppola), pero sin suicidios. Yo acababa de cumplir dieciséis, casto en todo sentido, y no precisamente por dármelas de pastorcita Marcela.  



Una fresca tarde a principios de enero, que si bien en Caracas todo el año la temperatura es similar, el calor suele dar una tímida tregua al despuntar el año; aún con la sensación relajada de la navidad recién concluida, cuyos obligados encuentros familiares se habían desarrollado sin gloria pero tampoco sin pena, bajé al apartamento de mi vecinito Francisco y, luego de un rato de charla banal relacionada con esas breves vacaciones de nuestro último año de colegio, me reveló que era gay. A pesar de que todavía, por púber, yo no me aceptaba, esa confesión cambió mi perspectiva del mundo tanto como a los europeos la noticia de que un genovés con sobrepeso había encontrado un nuevo continente.  

Francisco me contó que estaba algo triste porque acaba de terminar con su novio “JJ”, un tipo que yo no conocía ni por asomo, después de muchos “meses” (risas) de relación. La idea de que dos hombres pudieran conformar una pareja me resultó novedosa y tranquilizadora, aunque de regreso a casa me flaqueaban las piernas y estuve a punto de rodar por las escaleras que separaban nuestros dos apartamentos.  

Al día siguiente tomé una larga ducha para reflexionar y, después de una corta bisexualidad debajo del agua que duró no más de tres minutos (hay gente que dura en esa etapa años e incluso toda la vida), admití mi homosexualidad, sin más, pero todavía estaba asustado.  

Al llegar la tarde, volví a bajar al apartamento de mi vecinito y, una vez solos, inventé que había una chica del colegio que estaba corriendo el rumor de que yo besaba mal. Del uno al diez, mi vecinito me puntuó con nueve, nada mal para ser mi primer beso. El primer beso es algo que no se relega, muchas cosas importantes en la vida de alguien terminarán en el olvido, pero su primer beso no. Él era un muchacho sumamente atractivo, delgado pero de muy buen porte, labios gruesos y actitud indiferente frente a cualquier circunstancia, lo que le confería un aire de seductora grandeza.  

Aquello fue el inicio de unos “roces sexuales” que no durarían mucho.  

Transcurrido un mes, Francisco empezó a pasar de mí como de la gonorrea. Ante la situación, me puse furioso y llamé a su casa: contestó su hermano, quien me dijo que Francisco no estaba pero que quizás estaría con su amigo Juan José, cuyo teléfono me facilitó ¡Ese era el novio! Inmediatamente me puse en contacto con el número que me dieron pero, para decepción mía, no encontré a Francisco. No obstante, evalué la situación y, con más sangre fría que Scarlett O'Hara (o Escarlata O’Hara, como la llaman en España) y con su mismo estilo desfachatado y aguerrido, aproveché la llamada para concertar una cita con el fulano Juan José. Al poco tiempo, quien fuera el novio de mi vecinito se convirtió en mi primer novio, aunque ni siquiera me gustara especialmente: era un hombre como de veinticuatro años, un viejo, pensaba yo, pero la idea de haber fastidiado a Francisco me reconfortaba infinitamente. 

La consumación de mi primer noviazgo nunca se llevó a cabo, dado que desde un principio Juan José se declaró 100% activo y yo, si bien ahora no soy virgen por ningún lado, para entonces estaba viviendo las cosas tremendamente de prisa como para dejar que me penetraran “¡a mí me dejan mi culo quieto!”, repetía. A falta de aquello de mi parte el “viejo” terminó conmigo. Recordé que Francisco ya me había comentado su desagrado por la “total actividad” de Juan José. La ruptura no hubiese sido traumática para mí de no ser porque, inmediatamente, ambos se juntaron, pero seis meses después la oportunidad de resarcirme tocaría mi puerta y yo no la dejaría pasar.  

La soltería me duró poco, específicamente hasta el día que conocí a Bochinche de Carne, con quién tuve mi primera relación duradera. Mi vecinito, Juan José, el Sr. de Carne y yo, pertenecíamos a un mismo grupo de conocidos en plan “Amigas y Rivales”, telenovela juvenil mexicana producida por Televisa en el año 2001, más o menos el año de los acontecimientos. Éramos dos parejas de las que salen juntas al teatro. Pocos meses después y por motivos que no vienen a cuento, Juan José terminó arrimado en casa de mi segundo novio; digamos que no tenía dónde ir y Bochinche le abrió las puertas. Ya sé que el gesto a primera vista podría parecer de un altruismo conmovedor, nunca hubo pago sustancial y la situación se postergó a lo largo de varios meses, pero en cierta forma, Juan José terminó bajo el techo del enemigo.  

No fue que entre ellos hubiese rencor alguno sino la ociosidad lo que impulsó a Bochinche de Carne a hurgar entre las cosas de su huésped de estadía prolongada y la estupidez de este último lo que permitió que le encontraran un vídeo pornográfico casero y con fecha, protagonizado por él y otro chico al que conocíamos por referencia. El encuentro íntimo del que hubo la intensión de dejar un bonito recuerdo tuvo lugar cuando ya estaban juntos mi vecinito y JJ, a quien por cierto penetraban animosamente y parecía disfrutarlo mucho, cosa que me tomé personal. No había que ser Monsieur Auguste Dupin, ni gozar de su agudísima e instintiva lógica, para sacar rápidamente todas las implicaciones. Mi madre alguna vez me dijo: “Víctor, si no quieres que nadie lea una cosa que has escrito, o no la escribes o la rompes” y honestamente su sabiduría puede ser extrapolada a evidencias incriminatorias registradas en vídeo. Hay cosas que no deben tenerse guardadas en casa. 

El machismo se refleja muy bien entre los homosexuales a la hora de decidir quién es el activo y quién es el pasivo (asumo que a estas alturas ya se entiende perfectamente cómo funcionas los roles sexuales que asumen los hombres a la hora de acostarse entre ellos, el del activo y el del pasivo, dejando a un lado la versatilidad, que también existe). Le pedí a Francisco que me hiciera el favor de ayudarme a pintar mi cuarto y una vez concluido el trabajo (a la búsqueda de que el acabado quedara lo mejor posible), entre conatos de desmayo por parte de mi interlocutor, así como una mirada fría, tal cual la de un ciego que vende lotería a la salida del metro, solté la bomba fingiendo una vergüenza y tristeza que desde luego no sentía: Juan José le había sido infiel, tenía las pruebas y además le daban por detrás ¡y cómo lo disfrutaba! 

Me alegré de pensar que a Francisco la tierra parecía salírsele de su órbita y alejársele cada vez más del sol, la luz ser sólo un punto, como si de su relación adolescente dependiera la esencia del hombre, la brisa y Laura en América. Terminó peor Juan José; recibí horribles amenazas suyas hasta que por fin en la terapia a la que tuvo que acudir lograron persuadirlo de que parara. Bochinche de Carne lo corrió de su casa y Francisco lo dejó, sin embargo el karma me perseguiría implacablemente. 

Recuerdo que a Bochinche lo conocí en un templo católico, para que vean que ahí se puede ¡que Dios nos ampare! Hoy día no pongo un pié en una sucursal de la iglesia a menos de que la cosa sea al extremo necesaria, pero para ese entonces yo estaba sumamente desorientado y ávido de pertenecer a un grupo: hice teatro y canté en el coro. Lo cierto es que tenía dieciséis y él igual, o eso creo, porque absolutamente toda su persona era una mentira, incluido su apellido, supuestamente judío, resultó uno tremendamente oriental, entiéndase del oriente de Venezuela, sin nada en contra de ello. 

Año y medio puede ser un lapso suficiente para conocer medianamente bien a alguien, o al menos para descubrir buena parte de sus malas mañas, pero al principio, enamorado y tan joven, se puede llegar a ser muy ciego. Mi hermana en una oportunidad me comentó que Bochinche le había sacado dinero de la cartera y yo lo defendí a capa y espada; después tuve que admitir que era cierto cuando me enteré de la cifra que mi ex le había hurtado a un amigo que teníamos en común. Ahora que lo pienso, hubo un desagradable acontecimiento, no esclarecido, en torno a las pelucas de la hermana muerta de cáncer de un conocido en el que Bochinche de Carne probablemente haya tenido que ver. Esto por mencionar sólo algo. Claro, hay que ser muy comprensivo con un cleptómano, pero cuesta, sobre todo cuando señala a cualquiera como el malamañoso y a punta de difamar se van alejando los amigos. Pudiera escribir un libro sobre nuestra relación, pero me propongo a ilustrarlo con la siguiente anécdota:  

Una vez fuimos a un bar a acompañar a su hermana a celebrar algo que, si mal no recuerdo, tenía que ver con su graduación. Los graduando debían ser de lo último porque al final faltaba bastante para pagar la cuenta y nadie tenía que ver con eso. Mi ex me pidió muy discretamente que le prestase con el propósito de pagar la cuenta y que luego iba a recolectar el dinero para devolvérmelo. Se imaginarán que nunca vi un céntimo de esos, y lo peor fue que se encargó de hacer ver que él había terminado pagado, “como siempre”. Que él me mantenía. Hizo falta que de Carne me levantara la mano y yo engrosara la lista de víctimas de violencia doméstica para ponerle coto a esa relación; el señorito era mucho más grande que yo (ahora lo es todavía más) y me usó como saco de boxeo. Al escuchar el ruido que mi para entonces esquelético cuerpo producía al ser estrellado contra el armario de su cuarto, su madre, más alucinada que yo, tocaba la puerta y preguntaba “¿pasa algo?” a lo que Bochinche de Carne respondía “no mami, todo bien, estamos jugando” mientras yo pedía auxilio a gritos. 

Me costó mucho lograr que ese muchacho se alejara de mí. Me amenazó de todas las maneras posibles: con contarle a mi familia que yo era homosexual (ahora lo saben, pero para entonces no) y con “destruirnos” (ese era el vocabulario que utilizaba el muy novelero), con suicidarse, e incluso hasta con matarme. Bien se aseguró de regar los más feos rumores sobre mí y mis amigos. Lo más vil, hizo un show en mi casa en el que se vio envuelta mi pobre abuela, una señora casi centenaria, quién terminó llorando. Luego procuraba contactarme por Internet con identidades falsas, que yo siempre terminaba descubriendo. Me escribía y llamaba desde una cantidad increíble de teléfonos diferentes los cuales fui agregando uno a uno en mi agenda, para estar prevenido. Bochinche era tan inescrupuloso que, mucho después de haber roto, se ponía a hablar por teléfono con mi mamá y mi hermana sobre temas banales, cosa que me aterrorizaba. Pasó mucho tiempo antes de que yo pudiera normalizar mi vida.  

Finalmente me fui a vivir a Europa y regresé tres años después. 

Lo último que supe de Bochinche de Carne, mucho tiempo a continuación de que dejara de acosarme, fue que tenía un montón de fotos mías en un rincón de su cuarto, como si de un altar de tratase.  

Como puede usted apreciar, tuve una adolescencia relativamente normal, ni demasiado agitada ni muy mojigata. Regalos malintencionados, consejos sucios, preguntas capciosas, grabaciones indiscretas, segundas intenciones, comentarios de doble sentido, la malicia existe pero más fastidioso sería que nunca pasara nada, cosa que pasa y se sufre más. Supongo que ahora, debido a la penetración de Internet, las primaveras de las generaciones futuras no serán tan, a pesar todo, inocentes.

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