sábado, 24 de septiembre de 2011

La familia decente como origen del mal


Este país lo manejan las mujeres” me dijo una amiga de la universidad quien, actualmente, tiene un buen trabajo, de estos por los que la gente se preocupa tanto. No sé si atreverme a afirmarlo pero lo cierto es que, sin necesidad de implementar cuotas rosas (medida que obliga a que haya paridad entre sexos en la repartición de ciertos cargos y que ha provocado el grito en el cielo de los políticos más conservadores en diferentes naciones, como España), desde hace mucho que hay un gran número de féminas ocupando puestos relevantes, como la presidencia de la Asamblea Nacional o la del Tribunal Supremo de Justicia. A pesar de todo, en mi casa han ocurrido desde siempre fenómenos dudosos, relacionados con el tema de la mujer...

Soy hijo único del matrimonio pero mi madre estuvo casada anteriormente con otro señor distinto a mi padre, así que tengo dos medios hermanos y una media hermana, mucho mayores que yo. El caso es que una tarde me enteré de la boca de la hembra, dibujada una amarga sonrisa en su rostro, que, cuando vivían en casa, sólo ella planchaba su ropa. Parecerá una tonrería el dato, pero no lo és. Horrorizado, le pregunté a mi madre el porqué de semejante resolución y, en su defensa, me respondió que mi hermana era muy desordenada así que ese era su castigo. Sí recuerdo que mi hermana era muy desordenada, de hecho todavía lo es, entrar en su apartamento da terror en tanto implica abrirse camino entre restos de comida, ropa y trastos de todo género, así que no sé hasta qué punto haya dado resultado la medida punitiva. En cualquier caso mis dos hermanos no eran ni son ejemplo de buenos hábitos, entiéndase: son unos cerdos de los que dejan a propósito (e imagino que entre risitas) sus eyecciones en la taza del baño, así que ignoro porqué no tuvieron una sanción similar a la de mi hermana, mejor dicho, no lo ignoro, parece claro que en casa se hicieron diferencias entre hombres y mujeres; ciertos comportamientos fueron reprendidos según el sexo, y si eso no es machismo…

Machismo. Qué obvio parece, con cuántas dudas lo vemos y sin embargo cuánto no lo llevamos interiorizado sin darnos cuenta desde casa. No hace falta ir a un hogar donde el esposo le pegue a "su mujer" para encontrarlo, en casi cada infravivienda, en casi cada apartamento pequeño burgués, como el mío, donde cada Navidad celebramos con champaña, podemos encontralo. Haga memoria, abra los ojos y seguro que lo observará en su entorno familiar. Ahora bien ¿Mi madre, que en teoría acepta con estoico progresismo mi homosexualidad (no sin antes haber pataleado muchísimo, pero digamos que la he sabido perdonar), hará diferencias entre mis hermanos y yo dadas nuestras orientaciones heterogéneas?

Esta pregunta no me la había plateado hasta que un gay conocido mío, que pasa ya los 60, me comentó que, tomando en cuenta que evidentemente no se había casado ni había tenido hijos, ha venido cuidando a su madre enferma puesto que el resto de sus hermanos, casados y con hijos ya adultos, se ha desentendido. Entonces, pocos días después, echado yo en mi cuarto viendo televisión, sonó el teléfono y salí corriendo a contestar, descalzo y sin camisa, con consecuencias que se me presentaron como una epifanía: “¿fresquito, no?” me recriminó mi abuela, luego mi padre y por último mi madre. Podrá sonar absurdo, pero lo primero que hace uno de mis hermanos cuando nos visita es quitarse la camisa, el otro, cuando viene a Caracas y se queda a dormir, deambula en interiores e incluso se mete la mano y a veces ambas manos a rascarse o jorungarse quién sabe qué en frente de quien sea y sin ningún tipo de escrúpulos, y a ninguno de los dos le dicen nada.

No hay nada que le guste más a una madre criolla que un mero macho; los idolatran y, claro, madre es referencia moral, una santa, cosa que jamás entenderé porque precisamente lo que convierte a una mujer en madre es no ser tan santa. A veces me entrego al embrutecedor entretenimiento que implica ponerse a escuchar las conversaciones de las señoras en los centros comerciales cercanos a mi casa, llegando a escuchar cosas tan descabelladas y horribles como “a mi Augusto José le ha dado por llevar el pelo largo, pero yo estoy tranquila porque está metido en kárate y ya va para cinta negra” ¿Qué clase de cucarachas en la cabeza tiene esa mujer?

Mi madre se la pasa criticándome por como camino, hablo, volteo los ojos, y recordándome que la gente lo dice, que la gente habla, como si fuese algo susceptible a ser modificado. Menos mal que no soy inseguro porque en ese caso me costaría salir a la calle. Entiendo que esa mujer sufre mucho (por su, y que me perdone, ignorancia supina), pero lo que no puedo aceptar es ese deseo de querer contagiarme con su sufrimiento, porque hay que ver cómo el maternalismo se le va por el retrete con tan poco noble actitud. Menos mal que ya le llegó el destape típico de las españolas cuando alcanzan la madurez y se buscó su amante cubano.

Hay quien vive pisado y no lo nota, o se acostumbra, como, décadas atrás, aquellas madrileñas entrevistadas por la televisión pública a quienes parecía aberrante la reforma del código civil español que abolía las discriminaciones legales por género, “tengo que darle su puesto a mi marido”. No es mi caso. Mirando atrás me doy cuenta de cuánto me ha discriminado mi propia familia. Mi hermano el que se mete las manos en los calzoncillos no sólo era capaz de sonarse la nariz con la toalla de secarse las manos e impunemente volverla a dejar colgada, o de flirtearles con la voz engolada a las amiguitas mías que me telefoneaban, sino que ante cualquier situación de conflicto conmigo golpeaba brutalmente las puertas y me gritaba espantosas groserías con rebuscadas amenazas, sin que mis padres o mi abuela interviniera. Una noche de tantas en las que me hiciera uno de esos ruidosos espectáculos me molesté de tal forma, no me acuerdo ya porqué, que le respondí a chillidos, (actitud que yo jamás había tomado y, en todo caso, mucho menos estridente que la de él y prescindiendo de lenguaje vulgar) y por primera vez que yo recordara mi madre intervino para detener una pelea entre nosotros: “¡Víctor (que soy yo, no mi hermano), ¿qué son esos gritos?!”, como si los de él, segundos antes, hubiesen sido murmullos, cantos de bebés rechonchos con alitas.

Mi madre hace nada y en medio de un ataque de esquizofrenia (a ella de vez en cuando le hablan en el oído), me vino con lo que yo más temía: “a ti te toca cuidarme porque eres el que está soltero”. Exactamente la situación de mi amigo el mayorcito. Padecer tal cual lo de hija menor en “Como agua para chocolate”. Me limité a decirle que eso no era justo. No será la idea pero si de conservadurismos hablamos no soy el único soltero de mi núcleo familiar, de mis hermanos sólo uno está casado, el resto “vive en pecado”. Aunque no lo hice, me provocó echarle en cara a Concepción que a pesar de todo lo que imploró que yo fuese un muchacho “normal”, ahora que la vejez está haciendo estragos le conviene la soledad que asume significa lo mío. Algo me dice que la pobre va a terminar en un ancianato de la Seguridad Social y yo libre de remordimientos, al fin y al cabo nunca he estado a favor de que el clan sea el colchón que reemplace los planes de retiro, eso es mentalidad de tercer mundo.



En fin, que los prejuicios nos los inculcan en casa, incluso aquellos en contra de nosotros mismos, y mejor paro aquí porque si me pongo a hablar de todas las cosas que tengo para reprocharle a mi familia no termino nunca.

3 comentarios:

  1. No sabía que habías retornado a tu blog, Eres uno de los pocos venezolanos blogger que realmente vale la pena leer. No caes en lo absurdo, surrealista y abordas de manera muy particular la realidad nacional. Saludos y espero tu visita en mi blog a ver q tal

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  2. Es bueno tenerte de regreso, aunque tengo la sensación de ya haber leído este post antes.... ¬¬

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  3. Jejé, sí, bueno, algunas cosas las estoy refriendo xD pensé que nadie lo iba a notar

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