sábado, 24 de septiembre de 2011

La familia decente como origen del mal


Este país lo manejan las mujeres” me dijo una amiga de la universidad quien, actualmente, tiene un buen trabajo, de estos por los que la gente se preocupa tanto. No sé si atreverme a afirmarlo pero lo cierto es que, sin necesidad de implementar cuotas rosas (medida que obliga a que haya paridad entre sexos en la repartición de ciertos cargos y que ha provocado el grito en el cielo de los políticos más conservadores en diferentes naciones, como España), desde hace mucho que hay un gran número de féminas ocupando puestos relevantes, como la presidencia de la Asamblea Nacional o la del Tribunal Supremo de Justicia. A pesar de todo, en mi casa han ocurrido desde siempre fenómenos dudosos, relacionados con el tema de la mujer...

Soy hijo único del matrimonio pero mi madre estuvo casada anteriormente con otro señor distinto a mi padre, así que tengo dos medios hermanos y una media hermana, mucho mayores que yo. El caso es que una tarde me enteré de la boca de la hembra, dibujada una amarga sonrisa en su rostro, que, cuando vivían en casa, sólo ella planchaba su ropa. Parecerá una tonrería el dato, pero no lo és. Horrorizado, le pregunté a mi madre el porqué de semejante resolución y, en su defensa, me respondió que mi hermana era muy desordenada así que ese era su castigo. Sí recuerdo que mi hermana era muy desordenada, de hecho todavía lo es, entrar en su apartamento da terror en tanto implica abrirse camino entre restos de comida, ropa y trastos de todo género, así que no sé hasta qué punto haya dado resultado la medida punitiva. En cualquier caso mis dos hermanos no eran ni son ejemplo de buenos hábitos, entiéndase: son unos cerdos de los que dejan a propósito (e imagino que entre risitas) sus eyecciones en la taza del baño, así que ignoro porqué no tuvieron una sanción similar a la de mi hermana, mejor dicho, no lo ignoro, parece claro que en casa se hicieron diferencias entre hombres y mujeres; ciertos comportamientos fueron reprendidos según el sexo, y si eso no es machismo…

Machismo. Qué obvio parece, con cuántas dudas lo vemos y sin embargo cuánto no lo llevamos interiorizado sin darnos cuenta desde casa. No hace falta ir a un hogar donde el esposo le pegue a "su mujer" para encontrarlo, en casi cada infravivienda, en casi cada apartamento pequeño burgués, como el mío, donde cada Navidad celebramos con champaña, podemos encontralo. Haga memoria, abra los ojos y seguro que lo observará en su entorno familiar. Ahora bien ¿Mi madre, que en teoría acepta con estoico progresismo mi homosexualidad (no sin antes haber pataleado muchísimo, pero digamos que la he sabido perdonar), hará diferencias entre mis hermanos y yo dadas nuestras orientaciones heterogéneas?

Esta pregunta no me la había plateado hasta que un gay conocido mío, que pasa ya los 60, me comentó que, tomando en cuenta que evidentemente no se había casado ni había tenido hijos, ha venido cuidando a su madre enferma puesto que el resto de sus hermanos, casados y con hijos ya adultos, se ha desentendido. Entonces, pocos días después, echado yo en mi cuarto viendo televisión, sonó el teléfono y salí corriendo a contestar, descalzo y sin camisa, con consecuencias que se me presentaron como una epifanía: “¿fresquito, no?” me recriminó mi abuela, luego mi padre y por último mi madre. Podrá sonar absurdo, pero lo primero que hace uno de mis hermanos cuando nos visita es quitarse la camisa, el otro, cuando viene a Caracas y se queda a dormir, deambula en interiores e incluso se mete la mano y a veces ambas manos a rascarse o jorungarse quién sabe qué en frente de quien sea y sin ningún tipo de escrúpulos, y a ninguno de los dos le dicen nada.

No hay nada que le guste más a una madre criolla que un mero macho; los idolatran y, claro, madre es referencia moral, una santa, cosa que jamás entenderé porque precisamente lo que convierte a una mujer en madre es no ser tan santa. A veces me entrego al embrutecedor entretenimiento que implica ponerse a escuchar las conversaciones de las señoras en los centros comerciales cercanos a mi casa, llegando a escuchar cosas tan descabelladas y horribles como “a mi Augusto José le ha dado por llevar el pelo largo, pero yo estoy tranquila porque está metido en kárate y ya va para cinta negra” ¿Qué clase de cucarachas en la cabeza tiene esa mujer?

Mi madre se la pasa criticándome por como camino, hablo, volteo los ojos, y recordándome que la gente lo dice, que la gente habla, como si fuese algo susceptible a ser modificado. Menos mal que no soy inseguro porque en ese caso me costaría salir a la calle. Entiendo que esa mujer sufre mucho (por su, y que me perdone, ignorancia supina), pero lo que no puedo aceptar es ese deseo de querer contagiarme con su sufrimiento, porque hay que ver cómo el maternalismo se le va por el retrete con tan poco noble actitud. Menos mal que ya le llegó el destape típico de las españolas cuando alcanzan la madurez y se buscó su amante cubano.

Hay quien vive pisado y no lo nota, o se acostumbra, como, décadas atrás, aquellas madrileñas entrevistadas por la televisión pública a quienes parecía aberrante la reforma del código civil español que abolía las discriminaciones legales por género, “tengo que darle su puesto a mi marido”. No es mi caso. Mirando atrás me doy cuenta de cuánto me ha discriminado mi propia familia. Mi hermano el que se mete las manos en los calzoncillos no sólo era capaz de sonarse la nariz con la toalla de secarse las manos e impunemente volverla a dejar colgada, o de flirtearles con la voz engolada a las amiguitas mías que me telefoneaban, sino que ante cualquier situación de conflicto conmigo golpeaba brutalmente las puertas y me gritaba espantosas groserías con rebuscadas amenazas, sin que mis padres o mi abuela interviniera. Una noche de tantas en las que me hiciera uno de esos ruidosos espectáculos me molesté de tal forma, no me acuerdo ya porqué, que le respondí a chillidos, (actitud que yo jamás había tomado y, en todo caso, mucho menos estridente que la de él y prescindiendo de lenguaje vulgar) y por primera vez que yo recordara mi madre intervino para detener una pelea entre nosotros: “¡Víctor (que soy yo, no mi hermano), ¿qué son esos gritos?!”, como si los de él, segundos antes, hubiesen sido murmullos, cantos de bebés rechonchos con alitas.

Mi madre hace nada y en medio de un ataque de esquizofrenia (a ella de vez en cuando le hablan en el oído), me vino con lo que yo más temía: “a ti te toca cuidarme porque eres el que está soltero”. Exactamente la situación de mi amigo el mayorcito. Padecer tal cual lo de hija menor en “Como agua para chocolate”. Me limité a decirle que eso no era justo. No será la idea pero si de conservadurismos hablamos no soy el único soltero de mi núcleo familiar, de mis hermanos sólo uno está casado, el resto “vive en pecado”. Aunque no lo hice, me provocó echarle en cara a Concepción que a pesar de todo lo que imploró que yo fuese un muchacho “normal”, ahora que la vejez está haciendo estragos le conviene la soledad que asume significa lo mío. Algo me dice que la pobre va a terminar en un ancianato de la Seguridad Social y yo libre de remordimientos, al fin y al cabo nunca he estado a favor de que el clan sea el colchón que reemplace los planes de retiro, eso es mentalidad de tercer mundo.



En fin, que los prejuicios nos los inculcan en casa, incluso aquellos en contra de nosotros mismos, y mejor paro aquí porque si me pongo a hablar de todas las cosas que tengo para reprocharle a mi familia no termino nunca.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Por el medio de la calle

No soy muy de utilizar el blog para promocionarme a mí (¿quién dijo?), lo cierto es que debo agradecer a Haters inc. por haberme tomado la foto a continuación, incluyéndola en un apartado denominado "Hottest people" en el festival por el medio de la calle 2011 de su grupo de facebook.


Por cierto la pasé genial ese día, a pesar de que mucha gente se quejó del gentío. Yo simplemente procuré ir a los lugares menos raver y más culturales, metiéndome en la muchedumbre sólo a ratitos, nada más que para ver cosas puntuales. Caminar por la noche en Caracas por sí sólo es una cosa remarcable.


Y ya que de las pintas se trata esto, quisiera compartir con ustedes esta otra foto publicada en Pupusea Street, muy sugerente, por cierto...



lunes, 19 de septiembre de 2011

Internet, espejo de la sociedad actual

Gaydar, el sitio en línea de contactos gay más antiguo y popular que conozco (funciona desde el inicio de la masificación de Internet), junto con Manhunt, que es el que se ha puesto de moda últimamente (cuando la gente la agarra con algo no lo suelta, si no pregúntenselo a los vampiros sensuales y a los zombies) representan a mi juicio un termómetro importante en la medición de manías. Cada quién en un apartado propio coloca sus fotos, se describe y describe lo que quiere, para así consultar los perfiles de los demás y viceversa, con el propósito ulterior de entrar en contacto a través de un servicio de mensajería, plasmando en todo ese recorrido, y muchas veces sin procurarlo, su forma de actuar y de ver al mundo



En Gaydar y en Manhunt resultan frecuentes, por no decir mayoritarios, portentos como el siguiente: “Busco conoser (conocer) una persona que le guste la vida como tal, sin problemas y sin rollos mentales, que le guste el vino y los restaurant (restaurantes), que no pase de 35 años y que no esté en el anviente (ambiente)”. Curioso que se pueda tener semejantes ínfulas plasmadas con un estilo tan deplorable. Sin embargo quedarse en el estilo sería demasiado fácil para el análisis; esas palabras no me resultan muy diferentes a estas otras: “Cero gente que haga preguntas estúpidas, peluqueros, maquilladores, vagos, chulos, negros, gordos, viejos sádicos, velludos, (…) ni tampoco maricos que trabajen en lugares de comida rápida o en cadenas de cines (de esos) que se la pasan en maricotecas todos los fines de semana, locas de centros comerciales. (…) Si no tienes fotos, ahórrate el mensaje”. Como anécdota, adjunto a esta censurable barrabasada no figuraba foto de cara del autor (que bien hace) sino fotos de su no muy trabajado cuerpo.

Y ya que la semana pasada hablé del racismo en Venezuela pues aprovecho para dejar claro que no se trata sólo de un fenómeno corporativo, y si no pregúntenselo a ellos que parecen no estar muy felices con el maravilloso color de piel que Dios les dio:




Hijo, tu pelo no es castaño, tu pelo es negro, como el mío, y tampoco eres hispano, eres mulato o mestizo, como lo prefieras, y deberías estar orgulloso por ser algo único de esta tierra rica en encuentros. Por favor no me vengas con el cuento de que tu tataraabuelo político era italiano.




"Castaño claro" ¡Claro!...

En Internet sobra la gente acomplejada, miedosa y truculenta, amparada en el anonimato que significa estar detrás de un teclado y una pantalla. Ejemplo de ello es lo que llamo “la celestina sospechosa”, alguien que con unas fotos suspicazmente buenas te convence para que le hables en línea, pero al poco se empeña en venderte a su poco agraciado amigo; incuestionable que el “papasito” no existe sino que siempre se trató de la misma persona: el feo. Después está el descarado que simplemente pone fotos que no son suyas y te dice “heme aquí, este soy yo”, pero al menos no está con la necedad de “tengo un amigo muy lindo que quiere conocerte” (la celestina sospechosa) aunque es el que tiene el desorden mental más grave porque, digo yo, se creerá lo suficientemente parecido al “repapito” de la foto como para atreverse a hacer la jugada.

Están aquellos que se debaten entre el pasado y el presente, colocando las fotos de cuando eran delgados, eran musculosos, eran jóvenes, eran, eran, eran. Otros ponen fotos realmente suyas y actuales pero con una luz tal, en unos ángulos tan favorecedores, o ambos, que no parecen ellos. Los más típicos, “chicos fantasmales” publican fotos tan oscuras, pixeladas o diminutas que sólo se les aprecia el color del cabello, muy al estilo de “las apariciones marianas”, imágenes cuyos contraluces, reflejos o ambos, parecen cuestiones sobrenaturales; uno se dice: “quien estuvo ahí se llenaría de escarcha pero no se le ve el rostro”, como este amiguito mío que conocí por Internet:




Ni me hizo falta ponerle la carita de Maite. Para eso que no ponga nada. (P.D. 24 de septiembre: él decía que nunca se metía en mi blog porque le parecía "basura", ahora veo que sí se metía; a la gente le hace mucha gracia mi blog hasta que se ven ahí)

Por último, tenemos a los que te ponen la foto del “papasito” y luego no se les cae la cara cuando te dicen “lo siento, ese no soy yo”, o sea que saben que no son tan atractivos, porque se disculpan, y aún así no les importa.

Sin embargo, el mejor y más común de los fenómenos relacionados con el rebusque en Internet es el siguiente (y le gana hasta al del racismo entre personas de piel tostada)…

En mi adolescencia, al declararle mi orientación sexual a mi madre, palabras más, palabras menos (muchas palabras menos), comprensiva, me dijo “hijo mío, que te gusten los hombres está bien, preferiría que te gustasen las mujeres, lo que sí está mal son los ademanes” y pues ella no es la única de esa corriente; en Gaydar pareciera que todos piensan igual. “Hétero Caracas, busco machos mente abierta”, como que ese no es exactamente lo que dice y quizás no está buscando donde debería buscar o, como el siguiente, no halla exactamente cómo reafirmar su virilidad: “Soy bisexual 100%, 0% afeminado = 100% hombre”. “Cero plumas”, como bandera, es la expresión más repetida.


La lógica me dice que si por nuestra condición esperamos tolerancia, también debemos dejar atrás los complejos y ser tolerantes. Decir “está bien ser gay hasta aquí donde yo lo soy” es homofonía entre homosexuales y “la homosexualidad (así se trate de una locota estridente) no es una enfermedad, la homofobia sí”; sin embargo aceptar la diversidad entendiendo que hay diferentes tipos de actitudes, ni mejores ni peores, no se estila ni siquiera entre nosotros. Quizás por todo eso somos todavía una minoría marginada incluso por organizaciones públicas, y si no me cree vaya al banco de sangre de la Universidad Central de Venezuela para que vea cómo a los gays y a las gays les es prohibido donar sangre1. Si ni nos aguantamos, qué podemos esperar de los demás…



Sí, sí, todos en Manhunt son bisexuales, es como una manera para expiar su mariconería.

¿De dónde sale un rechazo tan grande hacia lo que representa la homosexualidad en Venezuela que hasta los mismos homosexuales se desprecian? Descúbralo conmigo en las siguientes entradas, mientras tanto me despido con el culo clasista:





1 A cada donante de sangre se le solicita responder “sí” o “no” en un cuestionario de 33 preguntas entre las cuales tenemos: “MUJERES: ¿ha tenido ALGUNA VEZ relaciones sexuales con otra mujer?” “HOMBRES: ¿ha tenido ALGUNA VEZ relaciones sexuales con otro hombre?”. Entiendo que las prácticas sexuales de riesgo sean un impedimento para donar, pero la homosexualidad o bisexualidad no me parecen que sean, en sí, un inconveniente (vamos, que sé de chicos gays célibes, son pocos, pero existen), de hecho la normativa española relacionada con la hemodonación a la que puede acceder mediante el siguiente enlace del Ministerio de Sanidad y Consumo de España: http://www.msc.es/profesionales/saludPublica/medicinaTransfusional/legislacion/docs/RD_1088-2005.pdf (consultado por última vez el día 20 de noviembre de 2010), donde se encuentra un extracto del BOE núm. 225 (el BOE es el equivalente a la Gaceta Oficial en Venezuela) en ningún caso discrimina a homosexuales o bisexuales; no he podido encontrar la venezolana, temo que no exista.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Crítica de cine: Saluda al diablo de mi parte (Festival Latinoamericano de Cine)

El Festival Latinoamericano de Cine trae a las pantallas venezolanas la pretenciosísima película colombiana “Saluda al Diablo de mi parte”, del Director Juan Felipe Orozco; 100 minutos de drama cargados de caminos comunes, con la actuaciones de Édgar Ramírez, Carolina Gómez (sus trapos y uñas de peluquería eran un escándalo, me la imagino diciéndole a la manicurista: "hágame las manos... para matar"), Salvador del Solar, Patrick Delmas, Ricardo Vélez y Juan Carlos Vargas.




Saluda al diablo de mi parte es la historia de Ángel y su hija, raptados por un poderoso hombre llamado Léder quien en el pasado habría sido víctima de un grupo de secuestradores del que hacía parte Ángel. Durante el secuestro Léder perdió la movilidad de sus piernas y ahora está dispuesto a todo con tal de lograr venganza. Contra su voluntad, Ángel deberá ser el instrumento de retaliación, aniquilando a todos los que participaron en el secuestro, si es que quiere volver ver a su hija con vida.”

Más allá de que me gusten o no las películas para hombres (peleas, tiros, gore, discursos trascendentales, que todo eso lo tiene) esta en particular cuenta con un guión tan básico que lo ha podido haber escrito un par de estudiantes de bachillerato mientras se decían el uno al otro “¡marico, sí, qué arrecho!” (es que me los imagino, debería grabarme y colgar el vídeo haciéndolo). Las actuaciones no son malas, pero es que no hay nominado al Globo de Oro que pueda acomodar algo tan vacío, no tiene ni un giro, nada; la palabra predecible se queda corta. Los efectos son cualquier cosa, la musicalización excesiva y demasiado profunda.

Lo interesante de esta película, sin embargo, y es que no todo podía ser malo (además de que no pretendo hacer aquí una crítica ordinaria, eso lo pueden googlear, habrá miles y muy buenas, como esta), son los muchos coqueteos homoeróticos fetichistas que contiene y que al menos a mí, particularmente, me compraron (ya para empezar que el malo se apellidara Léder prometía) y que son pues el motivo de esta entrada: máscaras de gas, hombres seducidos por los esteroides portando armas largas sin camisa, el policía corrupto de gran pecho interrogando a un par de muchachitos amarrados que luego veremos padeciendo torturas en interiores en plan Saló o los 120 de Sodoma, y Edgar Ramírez mirándole con deseo el paquete a Salvador del Solar quien a su vez usa un bigote tal y como lo podemos disfrutar divino de la muerte en el siguiente vídeo de concientización:


En fin, que detrás de Saluda al Diablo de mi parte hay manos homosexuales que la salvaron de ser un bodrio insufrible.

Por cierto, ahora que ganó Miss Angola y que el tema del racismo está calientito ¿Será que en Colombia todo el mundo es blanco o es que, al igual que hace Venevisión y demás productoras venezolanas, meter a actuar a personas negras es casi un tabú? Como en la publicidad de Polar que verán si van al cine a ver Saluda al Diablo de mi parte, donde lo únicos dos afrodescendientes que aparecen son obreros.

martes, 13 de septiembre de 2011

Servicio público: Sauna en Caracas

Para aquellos que me preguntaron (y me sorprendieron preguntándome) a qué sauna fui que salí de ahí tan contento, fui al "Zeuz" (ver entrada anterior). Eso está por Sabana Grande, al final de la mismita calle de La Fragata (C/ Villaflor) en el sótano 2 del Centro Profesional del Este. ¡Diversión garantizada!

De entrada el edificio me encanta, es una construcción modernista de la década de los 50 y el sauna en sí era el gimnasio más "it" de su época, donde entrenaban las Misses. No está mal conservado y tiene piscina, en caso de que quieran ir no más que por curiosidad.

Así lucía el edificio y todavía está igual, sólo ha cambiado el entorno
Foto tomada de Fundación de la Memoria Urbana http://fundamemoria.tripod.com/id80.html


lunes, 5 de septiembre de 2011

La segmentación social y su relación con el sexo


Hace ya un tiempo conocí a un chico divertidísimo y un tanto sociópata, por no decir antisocial en el sentido más delictivo de la palabra, fuimos a comer e hicimos algo de lo que no me sentía capaz en mi ciudad natal: parar en una sauna. Para que se entienda, la sociopatía, también conocida como “trastorno de personalidad antisocial”, es una patología de índole síquico que deriva en que las personas que la padecen pierden la noción de la importancia de las normas sociales. Por poner un ejemplo tocante al hombre este con el que salí, en el restaurante, antes de irnos a la sauna, pidió un postre y esperó a comérselo por la mitad para luego reclamarle al mesonero que estaba rancio y que le trajeran otro… para llevar (además estaba pagando yo).

Desde luego que mis amigos (pertenecientes a esa clase media suburbana compuesta en buena medida por individuos que, si bien sienten complacidas sus aspiraciones culturales yendo al teatro a ver el monólogo de una locutora de radio que de pronto incursiona en las tablas para contar sus dificultades con la candidiasis1 y 2, se ven a sí mismos como modelos de sofisticación), ávidos de criticarme por tener una idea de lo bueno no exactamente igual a la de ellos, se escandalizaron “¡Jamás dejaría que me vieran en un restaurante con un malandro (delincuente); esos son sólo para tener sexo!” como si me lo hubiese llevado a Le Gourmet (un sitio de moda) y no a una corriente arepera, restaurante de “ambiente familiar”. Ni hablar de la parte que me tocó por haber parado en “un lugar así” (dicho en tono que exhalaba una profunda repugnancia burguesa), en referencia a la sauna.

El sociópata me recordó bastante a mí viviendo en Europa (donde estudié mi primera carrera durante mi “posadolescencia”), despreocupado ante la lejanía del entorno que ahora observo con obsesión para a ratos concluir que Tom Sawyer en sus soporíferas aventuras se divertía muchísimo.

De la sauna puedo decir que en muchos aspectos estuvo mejor de lo esperado: chicos más jóvenes de los que pude ver en Madrid o en Londres, y músculos a granel. El dato curioso es que no había gente de Caracas. Por lo que pude oír (en especial por los acentos) y preguntando cual antropólogo en pleno trabajo de campo, todos eran de otras partes del país y estaban de paso. Con esto no quiero decir que me haya repasado a media sauna, de hecho, en mi defensa, he de alegar que paré ahí porque en este lugar bendecido por el clima pero maldito por el atraso, cada vez cuesta más conseguir un hotel que no se reserve el “derecho de admisión” (hablando pronto, que acepte a maricones), así que sólo hice “cositas” (como si a estas alturas un eufemismo sirviera de algo) con quien entré. De todas formas tampoco voy a criticar aquí a aquellos y a aquellas que tengan la capacidad y ganas de hacerlo mucho y con muchos o muchas o ambos; bien por ellos y por ellas. Los vírgenes y las vírgenes no sirven más que para ser dados en sacrificios a deidades bárbaras.

Retomando el hilo de mis amigos, que no se vaya a pensar aquí que son todos unas santas palomas. Si bien acudir a una sauna a tener sexo sin compromiso puede resultarles inapropiado, por lo general ellos son adictos a los encuentros concertados mediante Internet, o al menos a rebuscarse de esa manera, valiéndose de páginas de contacto, chats y redes sociales donde, en estos momentos, miles, sin importar su estatus, se conectan a las faldas del Ávila y no precisamente a la búsqueda de un amor eterno e inolvidable. Se trata de un mundo lleno de fotografías retocadas de carne humana, manías, pretensiones y errores ortográficos, que encuentro tóxico pero del que no se puede escapar ¿Cómo hacer para encontrar a otros con los mismos intereses? Uno no va por la calle con una letra escarlata que nos permita identificarnos.

Entiendo que a veces incursionar en usos demasiado “exóticos” puede implicar un peligro mortal, y en ese sentido algunos prejuicios no responden más que al instinto de conservación, por aquello de la delincuencia desatada, y es que, sin irnos más lejos, cuentos de saunas los podemos encontrar a granel como el siguiente, sacado del foro de Internet Caracas Men Sex3: “Había dos mariquitas caminando agarradas de la mano, una con el pelo teñido de rojo y otra morenita con una cola, gritaban arrecha (audaz) en cada rincón al que se asomaban, hasta que llegó un hombre como de 40 años y le dio un empujón a la del pelo rojo, ya que le había tocado la cara y cacheteado, y entonces la otra se sacó del entrepaño una navaja; cinco testigos empezaron a insultarla, le decían que la iban a destruir, que la iban a delatar en el trabajo, roba-maridos, y la morenita lo que hizo fue ponerse a llorar y amenazarlas con incendiarles el apartamento, blandiendo la navaja”.

No siempre es así.

Por otra parte, cualquiera que decide encontrarse con un desconocido a través de Internet se expone a cierto peligro, incluso si lo acordado es ir a tomarse un café en plan motolita.



1 Hace referencia al monólogo Una mujer acontecida, escrito y protagonizado por la locutora y productora de la emisora de radio caraqueña 92.9 FM, Mariela Celis, y presentado en diferentes salas de teatro de Caracas y Miami a lo largo de todo el 2009 y 2010. http://www.youtube.com/watch?v=5cj_NCOjaP4
2 Candidiasis: “1. f. Med. Infección de la piel y las mucosas producida por hongos del género Candida” (
http://buscon.rae.es/draeI/SrvltConsulta?TIPO_BUS=3&LEMA=Candidiasis) suele contraerse en la vagina al ser esta una mucosa.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Sodoma y el trópico


Soy un individuo perteneciente a la clase media suburbana caraqueña, crítico de los valores, mal gusto y prejuicios vodeviles del segmento social donde le tocó nacer; profesional, en sus veinte y más vicioso que una puerta vieja. Estoy dispuesto a demostrar mediante conocimiento empírico (o, como dirían por aquí, “kilometraje”, entendida la obsesión por los vehículos, sobre todo los rústicos, dominante en esta ciudad donde reina un apetito ciego por los símbolos de estatus) qué poco o qué mucho nos divertimos los eternos solteros del “elegante” este de Caracas por creernos todos unos Gorrondonas (familia de la alta sociedad venezolana, si es que eso todavía existe) o unos Kennedy, frente a lo bien que se lo pasa el resto.

El físico inglés Stephen Hawking en los agradecimientos de “Historia del tiempo”, tratado mediante el que pretende explicar a las masas qué es el universo, comenta cómo le advirtieron que por cada vez que escribiese una ecuación sus lectores se reducirían un 50%. Aunque procuraré evitarlo, espero que al surgir aquí un punto muy crudo o referencias a las nuevas tecnologías (principalmente a los últimos canales de comunicación producto de Internet, fundamentales en la actualidad) no abandone este ensayo la mitad de mis lectores. Me gustaría que estas divagaciones fuesen leídas de un tirón por, por ejemplo, mi madre, y demostrarme, y demostrarle a la intelectualidad, que habitualmente y con toda razón aborrece las publicaciones de temática gay (melosas y lastimeras) tanto como a los libros de autoayuda, que se puede pasar por encima de los prejuicios de manera natural y estética, si bien descarnada, con interés universal, así se esté hablando de sodomía y no sólo de sodomía sino de cualquier cantidad de temas “sensibles”, como la flor del castaño.

No es esto, pues, un “libro optimista”, que de todas las formas de “bisutería literaria” ninguna tiene el acrílico dorado y la piedra falsa tan obvia. Tampoco espere encontrarse con una explicación de lo que son las leyes segregacionistas1, aunque sí tengo claro que los derechos de las minorías son un tema de derechos humanos y que la mayoría de los ciudadanos y las ciudadanas los desconocen2. Se persigue una visión distante de la demasiado anhelada “normalidad", un quijote posmoderno de reputación dudosa, un Sade a la altura del ecuador.



1 “A lo largo de las historia han existido lo que se llaman leyes segregacionistas, que son aquellas que niegan u oprimen de iguales derechos a las personas por razón de condiciones normalmente relacionas con un prejuicio, así históricamente se le negaba a los negros iguales derechos que a los blancos, o a la mujer iguales derechos que a los hombres”. T. Adrián (Transexual, profesora de Derecho de la Universidad Católica Andrés Bellos).  http://goo.gl/mod/oLuG
2 Basta preguntar en la calle a un venezolano o venezolana qué son los derechos humanos para descubrir que a pesar de que afirman conocerlos mencionarán un listado largo de “derechos” que en su mayoría no tienen nada que ver