jueves 5 de enero de 2012

Cosas de niños (mariquita mala)

Lo mío se veía venir desde muy tierna edad y a pesar de todos los esfuerzos, incluido el meterme en cuanto deporte se les ocurrió (tengo el armario lleno de zapaticos de béisbol, bates, raquetas de tenis, una bola de boliche, lo que se le ocurra a usted), no hubo forma de evitarlo. Si tanto les preocupaba mi desarrollo físico, que era la excusa, bien habrían podido tratar de meterme en ballet, a ver si a esa actividad extracurricular sí le agarra el gusto.

Creo que todo niño refleja lo que será, por ejemplo, desde siempre se me vio una profunda afición por el humor más negro. La famosa periodista venezolana Marianela Salazar confunde constantemente en su programa de radio el humor negro con la ironía, el humor inteligente o como quiera llamársele. Quizás sólo a quienes de verdad nos guste el humor negro sepamos lo que es y podamos entenderlo. Alguna vez escuché, no sé si será verdad, que según Freud las personas con inclinaciones sadomasoquistas se sienten atraídas por el humor negro y, casualidad o no (de verdad que el sicoanálisis no es santo de mi devoción), parece que ese es mi caso. El humor negro en realidad es un tipo de comedia que emplea el sufrimiento humano en forma absurda o cómica, y que se enfoca en situaciones como la muerte, asesinatos en masa, enfermedades, locura, terrorismo, drogadicción, violación, temas sexuales, etcétera. “Capacidad para descubrir la comicidad en lo trágico”. Para no citar a Sade, por obvio, “El Quijote” para mí es humor negro; Quevedo hace delicias de las desgracias de un señor mayor que viven en la pobreza y sufre de una discapacidad intelectual. Un ejemplo más moderno podría ser Mr. Magoo, aunque a mí me desespera, por cierto.

El esposo de una de mis compañeras de trabajo me dijo que en el infierno me espera una olla de presión (charrasquillo de cocinero), lo cierto es que disfruto horrorizando a la gente. Por ejemplo, a una colega le pregunté si le estaba doliendo la espalda y la pobre tuvo tan mala suerte de decirme que sí. Le expliqué entonces que la semana anterior me había hecho una consulta con un santero y que este me había dicho que una conocida mía tenía un muerto “arrecostado”, que el peso del difunto producía tal dolor y que tal parecía que se trataba de ella. Asusté muchísimo a la mujer; la tuve loca hasta que ya de verdad se me despertaron los escrúpulos y le confesé que absolutamente todo me lo había inventado para hacerle una broma.

Sin embargo no soy tan raro como parece. El venezolano tiene por lo general una mente muy retorcida. Para advertirlo, basta escuchar los rumores que por ahí ruedan, en boca de señoras encopetadas, como que las damas deben tener cuidado al llegar al aeropuerto debido a que funcionarios hombres de la Guardia Nacional están revisándoles las parte íntimas con un bolsa plástica de supermercado a las que viajan solas. Según, la misma bolsa para atrás, para adelante y para todo el mundo. De igual forma, me enorgullezco de saberme ciudadano del primer país en abolir la pena de muerte, sin embargo nadie puede leer una noticia en la prensa que trate de un crimen repulsivo y presente a un sospechoso (ni siquiera a un condenado) que se pone lo que llamo “sádico creativo” a decir “deberían empalarlo, sacarle las tripas poco a poco y mostrárselas”, cosas así… y no digo exactamente “empalar” porque tal concepto puede no hallarse en sus limitados conocimientos, más comúnmente aluden a otras rebuscadas torturas, vistas en novelas, como cubrir a la persona de miel para atarla a un árbol y que la piquen hormigas. En cuanto a los niños, los padres se sienten orgullosos si sus retoños tienen sembrado el terror entre sus compañeritos de clases, eso es que van a ser unos buenos hombres y mujeres.

            Retomando el tema de la infancia, por supuesto que desde chiquito fui una mariquita mala y enrevesada. Qué bueno que el cursi juicio de la niñez de Charles Dickens fue superado para uno divertirse ahora con el individualismo de Biografía del hambre de la trastornada Ameliè Nothomb. Macaulay Culkin sólo en casa no es nada al lado de ella quien, de pequeña, a parte de anoréxica era alcohólica y se creía Dios. Si bien no quiero compararme lo cierto es que de chico tampoco fui un ángel: cumplía diez cuando cometí el peor acto de crueldad de mi vida. En sexto grado yo no tenía muchos amiguitos en el colegio, en realidad sólo contaba con el afable Pablito (suponen bien si entienden que, por la sonoridad, el nombre es inventado). Cada día, terminado el horario educativo, nos metían a Pablito y a mí, junto a los demás escolares cuyos apellidos iban de la “m” a la “p”, en un salón a esperar a que nos buscaran nuestros respectivos “representantes”. Se trataba del aula de la profesora Jimena (curso: quinto grado, desde luego que ella tampoco se llamaba así), quien, a pesar de continuar con sus funciones en el colegio, se encontraba en las últimas semanas de la dulce espera, ergo, la habían preñado y tenía ya montado tremendo barrigón.

Pablito había soñado que el bebé de la profesora iba a nacer varón (posiblemente ella bien sabría el sexo de su criatura pero no hablaba de eso), y como era demasiado tímido para contárselo, decidió escribir una carta anónima y dejársela en el cajón del escritorio. Mientras él, con papel cuadriculado, se esmeraba en la empalagosa redacción y dibujaba no me acuerdo qué cantidad de afectaciones (corazones y demás cursilerías); vi la oportunidad fácil de hacer el mal y, sin que Pablito lo notara, tomé una hoja cuadriculada y creé otra versión de la epístola. En rojo, dibujé a una mujer gorda y desnuda, sentada en un retrete, llorando y gritando “¡No ¿Por qué, Dios mío?!” mientras de su sangrante útero salía un feto. Abajo escribí: “que aborte” (hoy en día sé que en dado caso eso se llama interrupción del embarazo y no aborto, sin embargo para entonces era yo sólo un retoño). Al Pablito terminar le pedí que me mostrara su carta, aproveché un descuido suyo para cambiarla por la mía y rápidamente le dije “¡Corre ya a meterle la carta en el escritorio a la profesora Jimena que nadie está viendo!”. Depositado el cuadriculado bodrio, Pablito regresó con una hermosa sonrisa de bondad. Yo también sonreía.

No poder relatar lo hecho me frustraba así que, pocos días después, se lo confesé a Pablito quien, asombrosamente, me reprochó poco; es más, logré que lo disfrutara y, no conforme, lo convencí de “mandar” una segunda carta aún más tétrica ¿Qué podía ser peor? él dio la idea: “ojalá que su hijo nazca muerto”. Nuevamente usé rojo y dibujé a una mujer, llorando, con la vagina hecha sangre, pero esta vez junto a una tumba. Pablito depositó aquello sin problema. Quisimos repetir la gracia por tercera vez pero una maestra de guardia nos detuvo: “¡Miren: la profesora Jimena no quiere que nadie se acerque a su escritorio!” “¿Y eso por qué?” Manifesté; qué cara dura. Teatralmente, la mujer me respondió algo que no olvidaremos “Lo que pasa es que le han estado mandando unas cartas horribles”.

Aunque discretamente, las educadoras intentaban averiguar. Un día, sin decir porqué, le revisaron la letra a Pablito; algún soplón lo habría visto en el momento y lugar justos pero como yo había elaborado las cartas las caligrafías no se correspondían. Hasta ahí llegaron las pesquisas. Jamás se supo que Pablito y yo fuimos los autores de tan aberrantes actos, ni nuestros compañeros supieron que la profesora Jimena, quien en efecto tuvo varón, había recibido “unas cartas horribles”. Yo no tenía nada en contra de ella, obviamente Pablito tampoco, procedimos feo por gusto; todo niño tiene su lado cruel.

La sabiduría popular es grande, no obstante el dicho “muchacho no es gente”. Lo interesante aquí fueron los métodos que usamos: “unas cartas horribles”; con semejantes tramoyas se imaginarán que ambos salimos gays, normalmente los niños malos se meten con sus compañeritos más chiquitos en el recreo, no hacen lo que nosotros.

Siempre fui especial, recuerdo que, junto con Pablito, nos encantaba escribir radio novelas poco edificantes y poníamos a una vecinita a grabar las voces hasta que un día nos dijo “esto ya no me gusta, además, siempre me ponen a hacer de puras mujeres maricas”. Les dejo esa joya, reconstruida por unos compañeros de clase de la universidad míos. Espero lo disfruten, se titula "La Maldición de Maigualida Chacón":


jueves 29 de diciembre de 2011

Rostros de la maldad, mala y a veces porque me da la gana

Noto que me rodeo de personas inteligentes, vivaces, desenfadadas, algo inescrupulosas y muy imaginativas; gente divertida, pues. De ellos se puede esperar frases tan brillantes como “yo siempre he dicho que Maracaibo es la capital del pómulo”, durante una conversación en la que salga a relucir (y a saber porqué) nuestra diva folklórica Lila Morillo. Cuando esa chispa es dirigida contra alguien los resultados suelen ser incómodamente entretenidos: dan risa pero da cosa que den risa. Mis amigos dicen que a veces soy pesado, citando a Pío Baroja[1], que hablo poco, pero que cuando lo hago es para decir algo muy bestial y muy sucio, de un cinismo y una pornografía complicada, pero lo cierto es que ellos sí que son unas “marditas”. Entiéndase por “mardita” a un homosexual malvado. Quizás por lo duro de ser gay (estoy claro de que sería mucho más cómodo ser heterosexual) todos tengamos nuestro toque maligno y mientras más afeminados más pérfidos, porque mientras se es más loca la vida es aún más difícil.

Esta es una fiesta de cumpleaños como a la que voy esta noche; nos las vamos a pasar muy bien, créanme, estoy muy orgulloso de mis amigos ¿Quién será la víctima de hoy?

Hay un chico guapísimo, actualmente artista plástico que trabaja en Nueva York, llamado José Joaquín que ha tenido la desventura de estar en la mira cruel de uno de mis más despiertos amigos, Julián, actor de teatro, bailarín de ballet y locutor de radio. Una noche, en el vehículo, rumbo a una discoteca con otros tres amigos, tuvieron que pasar por una alcabala (puesto móvil) de la policía y, poco antes de llegar, Julián comentó: “ahí está la policía… y yo con una bolsa en el bolsillo” “¿Una bolsa?” Se trataba supuestamente de cocaína. “¡Julián, tira eso por la ventana, nos van a meter presos!” “¿Estás loca? ¡No voy a perder dos gramos así como así!” Por un instante el resto de los tripulantes se inquietó pero prontamente advirtió que Julián bromeaba. Como José Joaquín en su candidez se creyó el cuento, empezaron a asustarlo más y más, hasta que lo hicieron llorar: “Quédate tranquila, que por dos gramos no nos van a meter presos” “¿Están locos? ¡Locos!”. Es posible que todavía hoy José Joaquín piense que en esa encrucijada estuvo a punto de ir a prisión. Si estás leyendo esto es bueno que sepas que no.

Ya en la disco, un señor mayor, que apareció de la nada y a quien no conocía nadie, se puso a bailar con José Joaquín y a abrazarlo, tocando todo lo posible sus muy desarrollados hombros. “¡Déjame en paz!” Le exigió José Joaquín, y con la misma se fue al baño para hacer distancia. El señor, cabizbajo, estuvo a punto de tirar la toalla, pero Julián no lo dejó partir. “¿A dónde vas? Tienes loco a nuestro amigo; él te trata así porque se está haciendo el duro, es más, le encanta cuando lo abrazas.” Total que el señor, motivado por Julián, estuvo toda la noche montado encima del desdichado José Joaquín, quien por poco no se pone a gimotear una vez más. Los demás lloraban pero de la risa; incluso se burlaban de él en su cara: “¡Eso; como te gustan, mayorcitos!” “¡Cállense!... ¡Y tú deja de tocarme, viejo verde!” Pero el señor sonreía y continuaba.

Por poner otro ejemplo, un grupo numeroso de conocidos viajó a la turística isla de Margarita. Había algunas parejas consumadas, varios solteros y un par de chicos que tenían semanas saliendo y estaban en veremos; llamémoslos Ricardo y Juan Carlos. El último no era un miembro histórico del conjunto, así que en realidad, antes de partir hacia la isla, sólo conocía al otro. La integración de Juan Carlos al grupo se dio tan bien que terminó dándose los besos con Cruz, uno de los solteros. Pretendían mantenerlo en secreto, cosa imposible habiendo un par de docenas de locas encerradas en un apartamento de 150 metros cuadrados, así que Ricardo, quien a su vez había rentado la casa, se enteró y echó a Juan Carlos a la calle; el pobre tuvo que adelantar el pasaje y regresar a Caracas. Con Cruz la historia sería otra: años de amistad y horas de llanto consiguieron un relativo perdón, así que no tuvo que marcharse.

Calló el sol y decidieron averiguar cómo eran las discotecas de ambiente margariteñas. Como de costumbre, Ricardo procedió a secarle el pelo a Cruz antes de salir. No me seco ni me he secado nunca el cabello pero en la posición del Cruz, y dadas las circunstancias, yo no hubiese dejado jamás que el otro tocase mi cabeza. “Amiga, creo que me estás poniendo demasiada laca” Dijo Cruz nervioso, ya consciente de que podía estar cometiendo un error y, sin espejo, no podía ver lo que todos los demás: le hacían un peinado imposible. “Tranquila amiga; estás quedando hermosa –Respondió Ricardo sin soltar el secador, ni el peine, ni la laca, indolente ante las mandíbulas desencajadas del resto.” Aquella velada Cruz exhibió por ahí un espantoso pelo batido de señora de la década de los ochenta, parecido a un enorme algodón de azúcar, como el que usaba Blanca Ibañez. Ricardo lo convenció de que había quedado estupendo, mientras a sus espaldas reía a batiente suelta.



[1] Baroja, 1969. Hace referencia a las prostitutas de carácter brutal que figuran al final del libro

jueves 22 de diciembre de 2011

Manual de Carreño para fiestas


El “Manual de urbanidad y buenas costumbres, escrito por el caraqueño Manuel Antonio Carreño, es el texto clásico en Latinoamérica sobre buenas maneras. Data del siglo XIX así que está un poco desactualizado (francamente contiene estupideces, como que, por ejemplo, en la soledad no debe usted desnudarse si hay mucha luz  puesto que ante todo debe primar el respeto a sí mismo), plantea cosas que sólo se llevan a cabo de este lado del Atlántico (como dejar el cuchillo sobre el plato y pasar el tenedor a la derecha para tomar los alimentos troceados, así la alta sociedad caraqueña, o la gente con ínfulas de serlo, diga que es lo más correcto mundialmente) pero es tan referencial que puede hablarse de un Manual de Carreño de algo para señalar la codificación por escrito de lo que se considera adecuado en urbanidad en relación con cierta actividad. 

A continuacuón mi ejercicio, inspirado en la fiesta que ofrecí para mi cumpleaños veintitantos que, aunque exitosa (me fue un montón de gente bella, bailé, todo muy divertido), me dejó cierto sabor agridulce:




Manual de Carreño para Fiestas

CAPÍTULO PRIMERO
DE LOS DEBERES PARA CON EL ANFITRIÓN


Principios sobre cómo llegar: 
Cuando de llegar se trata, todo parte de que eso no es problema del anfitrión, eso es problema del invitado
Cuando alguien ofrece una fiesta ya tiene suficientes preocupaciones (por ejemplo que no hay hielo) como para estarle resolviendo la vida a los que no tienen vehículo. Es preferible decir que no se va antes de ponerse a mandar mensajes de texto como los siguientes: “Estoy al frente de la Británica, aquí no están pasando metrobuses”, “¿Estarán bajando por el Four Seasons? Es que yo bajé por la embajada de Canadá y no vi nada”. El anfitrión de ponerse a responder se privaría de saludar bien a la gente, y si los mensajes continúan… “Es que aquí no están sino los de La Trinidad”… y como ese cinco más, el anfitrión no podrá hablar con nadie de tanto estar al tanto del teléfono. Lo normal entonces será llamar decentemente al invitado para preguntarle “por qué no agarras un taxi”, manera sutil de decir “resuelve y no molestes más”. Si los mensajes continuasen… “Me están cobrando 40 ¿qué hago?”… y así otros tres, ya sencillamente el anfitrión ni responderá de la rabia de haber perdido más de una hora de su fiesta revisando el teléfono y en vez de sentirse triste por la ausencia, estará feliz de que se detenga el infierno de los mensajes.

 
Principios de comedimiento: 
- Evite apoyar los zapatos de las paredes, tocar las paredes, tirar cigarrillos al suelo, detrás de los muebles, y ni qué decir de tragos. 
- Si lo invitaron a una fiesta y usted se presenta con personas que el anfitrión no conoce, al menos tenga la decencia de presentarlos. No habrá nada más desagradable que escuchar a alguien preguntar “¿quién vive aquí?”. 
- De uno a tres “arroceros” por invitado podría estar bien, eso dependerá del tipo de reunión; de ser más es mejor que dicho invitado monte su propia fiesta, en su propia casa y con su propio escocés.


Principios sobre cómo irse: 
Si la música se detuvo y encendieron las luces, desde hace rato que es tiempo de irse (tanto como lo que llevan sonando baladas), ni que decir si están recogiendo basura y para colmo dejaron una escoba detrás de la puerta. 
La manera como el invitado se vaya a su casa es problema de él y no del anfitrión, quien, a lo sumo, llamará un taxi. Mensajes de textos como “el taxista me está cobrando 60” estarán fuera de lugar y pudieran producir en el anfitrión respuestas como “¿y qué quieres que haga?”

 Aprovecho para remarcar la nota de cómo la clase media en Caracas, compuesta por profesionales (una carrera universitaria es el “tener ser”), vive entre la riqueza pero a un milímetro de la pobreza: no sólo tiene dificultades para hacerse con un vehículo, artículo de primera necesidad en las periferias donde el transporte público no es muy bueno y los servicios nocturnos brillan por su ausencia, sino que tampoco ni para pagar un taxi.



Entenderán que las cosas desagradables que cité anteriormente se suscitaron en mi cumpleaños, y pues son las cosas típicas que ocurren en Caracas. Sé que nadie actuó con maldad pero, a pesar de ello, me amargó un poco la falta de consideración de varios, por más que, afortunadamente, yo sí que haya disfrutado la noche. También me supongo* que el hecho de no organizar este tipo de celebraciones a menudo hace que las cosas me asombren más de la cuenta, como me dijo mi madre cuando, indignado, le comenté que alguien había dejado por todas partes las "pepas" de los duraznos que dispuse en mi hermosa mesa de frutas: "eso no es nada". Cierto, me salió barato, si es verdad que, haciendo memoria, la vez anterior que reuní a tanta gente hasta me rompieron un lavamanos.


A ser tomado en cuenta:
- Yo no organizo fiestas "country", en lo particular me parecen una nichada, pero lo cierto es que sin son de cumpleaños y pues, tal y como se espera, el invitado tiene que llevar algo de tomar, eso lo exime de llevar regalo.

...No todo son obligaciones...

¡Diviértanse! 


* "Me supongo" es incorrecto, lo correcto es "supongo", pero me encanta el sabor mantuano que le imprime a mi mensaje

viernes 25 de noviembre de 2011

El gaysísimo trash italiano de los ochenta

La Italia posmoderna a pesar de ser la "I" de los PIIGS es la heredera de una gloria que recorrió los caminos de Roma, Dante y el Renacimiento, cuya creación privilegiada se desbordó a lo largo de los excesivos ochenta del siglo pasado. Quizás por falta de interés, la cultura popular italiana de esa década, sorprendentemente amiga de la diversidad en un lugar tan asquerosamente católico, no fue exportada tan bien como Felini, sin embargo, en caso de que usted no la conozca y para que no se la pierda porque sería una lástima, quiero compartir una serie de joyas trash musicales bailables de aquel entonces, integrada en la lista de reproducción a continuación. Synth pop, pop experimental y post-punk.

Me costó mucho conseguir todas las canciones, varias de ellas eran las presentaciones de programas de variedades, tanto como que me fue difícil hacer una selección que no superara los 10 temas. Son años de esfuerzo. Hay un título muy raro de la actriz porno llona Staller, mejor conocida como la Cicciolina. Haga clic abajo que seguramente se divertirá. 






Crilu de Heather Parisi (Presentación del programa Fantastico)
Se t'amo t'amo de Rosanna Fratello (Sí, esa es la canción original, no la de Yuri, que los mejicanos en los ochenta eran los maestros del plágio, si no miren que Las Flans no fueron tan originales, ni Magneto, y para colmo de las tres versiones me quedo con las mediterráneas)
Comprami de Viola Valentino
Violentami sul metro' de Jo squillo
La notte vola de Lorella Cuccarini (Presentación del Programa Odiens)
Boys boys boys de Sabrina Salerno
Muscolo rosso de Cicciolina
Alghero de Giuni Russo
Fidati de Raffaella Carrà (Presentación del programa Buonaera Raffaella; por cierto, modernas del mundo, aprovechen de buscar esa canción para descargarla y dejen de escuchar Maracaibo, que si bien ésta otra no dice cocaína es mucho mejor)
Made in Italy de Ricchi e Poveri




Y bueno, me despido con esta fotico de Jo Squillo, hablando de plagios



martes 22 de noviembre de 2011

Intelectualidad de mente simple (en teatro en Venezuela como reflejo de lo que somos)

Le tengo mucho respeto a realizar crítica de teatro en esta pequeña ciudad y con mi lengua de machete prefiero dejarle esas arenas movedizas al periodista Moreno Uribe  además de que mis conocimientos al respecto son muy limitados, sin embargo en esta oportunidad lo haré aunque sólo para ilustrar un punto. En el marco del Festival de Teatro de Caracas  (especie del recordado Festival Internacional de Teatro de Caracas, sólo que sin compañías extranjeras y muy poca promoción) el domingo fui a ver “Promoción honor a mis padres” escrita por Elio Palencia “uno de los dramaturgos venezolanos contemporáneos más representativos,  ganador del Premio Municipal de Teatro”. "Promoción honor a mis padres" (el enlace lleva precisamente a la crítica de Moreno Uribe, a quien, por cierto, le gustó), montada por la Fundación Rajatabla (indiscutiblemente la compañía de teatro más importante de este país) en el renovado Teatro Nacional, un teatro a la italiana en toda regla como para que cualquier cosa que pueda pasar en él resulte interesante. Con todas las papeletas para gustarme, la representación de "Promoción honor a mis padres" del día 21 de noviembre de 2011 al final no me gustó y me afloran ciertos escrúpulos al decirlo porque conozco a varias de las personas que están involucradas, pero es que no me gustó. No me gustó.
La obra estuvo correcta: la música en vivo, como debe ser, la puesta en escena bien aprovechada, tenía agua, arena, creativa en el buen sentido (ya les hablaré del malo), los actores bien, hasta los diálogos estaban bien; pero lean la sinopsis: En una playa de la costa venezolana, 7 jóvenes “con la vida por delante”, recién graduados de bachilleres en la Unidad Educativa “Símbolos Patrios”, se reúnen para celebrar. Una irónica fiesta en la que se dejan colar conflictos que rozan temas como la apatía, el machismo, la competitividad, los prejuicios sobre el aborto y la homosexualidad, así como las esperanzas secuestradas por una frustración heredada. Es sin duda una obra reflexiva sobre lo que fue y lo que podría ser, de cómo los hijos tienden a seguir el camino de sus progenitores, aunque ello los conduzca a revivir los sinsabores y los errores cometidos por sus Mayores.".
Argumento, sí, uno que debió pasar de moda hace 80 años y planteado de una manera bastante complaciente con los prejuicios de la clase media baja con la que, por cierto, se identificó muy bien el público, y no en el buen sentido; digamos que se reían cuando no se debían reír. Yo veía en frente de mí los valores vodeviles y vacíos de muchos jóvenes actuales, lo antipático de sus gestos, su bebedera de alcohol, su mal gusto, pero la gente encantada y en plan "sí así somos, qué de pinga ¡uuuuuuh, bebamos caña!".  Y es que el público fue lo peor de la noche. Cuando el personaje gay (suuuuper estereotipado) hablaba, salían las filisteas sentadas en las butacas a gritar esa expresión tan chusma de "¡aaaaaaay, vaaaaaale!", tan gastada y setentosa, me provocaba decirle a una, "mira mija, estás en un teatro ¿habrá algo más gay que ir al teatro? cállate la boca".
Bueno, el texto. Hay una expresión que me choca utilizar pero su significado viene muy a cuento: mentalidad de cachifa, y para colmo con trama escaza o nula, y esto es algo que he venido notando que está pasando con las obras venezolanas, se trata de una serie de personajes estereotipados que los ponen a hablar y ya, les parecerá muy vanguardista, pero a mí me parece tan mediocre como doblar una canción en escena. Como cuando fui a ver una obra sobre John Lennon, los personajes eran un colombiano bobo, un argentino presumido, un venezolano que sí era chévere y un mejicano que hablaba muy mejicano; vergonzoso, y no pasaba nada; lo peor es que ese año le dieron el premio Monte Ávila. Carai, las historias deberían contar con un principio un desarrollo y un final, hay ciertos fundamentos de los que no nos podemos olvidar y, ultimadamente, parece que no es que queramos producir un efecto sino simplemente que no hay la inteligencia para lograrlo: plantear un argumento a través de una historia, que claro que no es fácil, pero es que no se puede poner a una gente ahí en un platero a hablar gamelote y ya.
Queremos estar a la vanguardia. El domingo los personajes veían a lo lejos una lancha que se acercaba por el mar a vender drogas (¡qué excitante!), era la misma lancha pero entonces uno miraba hacia al público, otro hacia la derecha del escenario, otro hacia la izquierda y el último daba la espalda. Entre ellos hablaban pero yo particularmente nada más escuchaba al primero. Habrá a quién le haya parecido un recurso creativísimo, a mí me pareció pretencioso, mal logrado, innecesario, vacío (falto de significado), puesto ahí como un turista que posa para una foto de recuerdo y para colmo me sacó de mi concentración, pero como que eso es lo que le gusta a la gente aquí: creatividad. Esa palabra ya me pone a temblar y más cuando a la cultura se refiere: montemos el Cascanueces Flamenco, pongámosle unos visuales a todo, hagamos una versión de Tosca con un escenario posmoderno y vistamos a los personajes de cuero. Ojo, yo no estoy en contra de la innovación, pero vamos, esto no es innovación, esto es una mamarrachada.
¿Qué es lo peor de todo lo que le estoy contando a usted? Pues que me estoy refiriendo no a los montajes teatrales comerciales de estrellas de la televisión hablando mal del gobierno, de los hombres, de las mujeres o de ambos, sino a lo que se supone es nuestra más superada dramaturgia. ¿Cómo vamos a salir adelante con semejante intelectualidad?. Lo último bueno (y vaya si fue bueno, posiblemente lo mejor que he visto en mi vida) que vi en la sala de la Fundación Rajatabla fue el Marat-Sade en versión escénica de Ibrahím Guerra y con la producción de estudiantes recién graduados de la Facultad de Teatro de la Universidad Nacional Experimental de las Artes (Uneartes), de hace ya como 3 años, y eso es porque se trataba de una obra extranjera, podría decirse que clásica, que se representó tal y como es (y literalmente, que no creo que en ninguna otra parte del mundo hayan realizado tal montaje para tan poco público, como exige ese guión). Ojo, quizás se hayan realizado otras maravillas de ese entonces para acá y sólo estoy hablando de esa sala en particular (he visto cosas muy buenas en otros espacios como el Celarg o el Trasnocho Cultural), a lo que voy es que no se puede decir entonces que el teatro en Venezuela murió de SIDA junto a sus glorias en los noventa, talento hay, para mí es un tema de pluma, y mientras aquí eso no mejore yo creo que es mejor representar textos de afuera que estén bien hasta que todos aprendamos, productores y público (y me incluyo), antes de ponernos a estar inventando. Sí tenemos un talento, pero hay que cultivarlo y me da pánico que los chicos y las chicas que vi en el Teatro Nacional en escena estén creyendo que están interpretando algo que vale la pena, porque no es así.
Y es que así somos. El domingo, caminando por el centro rumbo al teatro veía nuestras glorias arquitectónicas una y otra vez ultrajadas: el Teatro Municipal mutilado por el Centro Simón Bolívar en el que a su vez construyeron un rancho en el ala sur (en serio, lo juro); "viviendas dignas" a ser construidas donde antes habían parques en la Avenida Bolívar, y otras que pronto harán que sea imposible ver el Arco de la Federación. En el parque Los Caobos, un museo abierto con letreros en los que podemos leer estupideces como esta: "...aquí se encuentran esculturas de grandes artistas como Julio Pacheco, Gaudi, Esté..." (Gaudi Esté es una sola persona; claro, sobrarán los que al leer eso y que sepan medio de algo se pongan a buscar el famoso "Gaudi" del parque, suerte a ver si lo encuentran. Eso es para que se hagan idea de qué clase de gente está encargándose de ciertas cosas importantes). No es sólo restaurar los monumentos del centro, aunque lo aplaudo.

Fachada del Teatro Nacional, por cierto con el Centro Simón Bolívar de fondo. Tengo mis conflictos con ese anaranjado puesto como imitando mármol que además no es original.
Necesitamos cultura, escaparnos de la inconsistencia que tan bien supo expresar el director de cine Tomás Gutiérrez Alea a través del personaje de Sergio Corrieri en Memorias del Subdesarrollo, si aún no la ha visto véala, es importante para entender por qué somos lo que somos, y no es porque estemos rodeados de "marginales", como podría decir un ciudadano de clase media cualquiera.
Francamente cuando alguien me pide consejo de qué ir a ver al teatro sólo puedo recomendar las cosas que monta Orlando Arocha y poco más, de resto... ojalá alguien me demuestre que estoy equivocado pero es innegable que al sol de hoy hacemos mejor cine que teatro. Bueno, por lo menos algo lo estamos haciendo bien.

domingo 20 de noviembre de 2011

Las Tops, leyendas del ambiente, bellas entre bellas


A tono con los noventa existió un grupo de amigos que se hizo conocido como “Las Tops”. A nivel mundial “Las Tops” fueron aquellas mujeres que triunfaron como modelos en las mejores pasarelas de la moda de esa década: Cindy Crawford, Linda Evangelista, Christy Turlington, Naomi Campbell, Claudia Schiffer; en Caracas lo fueron José Roberto, Jackson, Julio, Simón y Camilo, cinco chicos del centro de la ciudad, clase media baja, de alrededor de 20 años, delgados y de rostros muy hermosos, que se enfrentaron a la caraqueñidad de la forma más auténtica posible: eran muy “fuertes”. “Fuerte” es la manera como dentro del ambiente se denomina a los homosexuales más afeminados, y por tanto audaces o “arrechas”. Curiosamente, José Roberto, Jackson, Julio, Simón y Camilo se las arreglaban para ocultarlo todo a sus parejas, hombres que, si bien homosexuales, eran todo un ejemplo de masculinidad y que por lo general no habían terminado de salir del armario.
Las Tops” disfrutaban al máximo de las posibilidades que brindaba una ciudad que empezaba a dejarse de cuentos; según el día de la semana se presentaban en la discoteca de ambiente de moda (los miércoles Copas, los Sábados Fusión, los domingos “La Fragata”), y participaban en cuanta actividad gay se estuviese llevando a cabo, incluyendo, como concursantes, los certámenes de belleza para travestidos que se organizaban por aquí y por allá.
Aprovechando la alta popularidad de los concursos de belleza en Venezuela, en Caracas todos los años se producen en los bajos fondos montones de certámenes gay: el “Miss Venezuela Gay” (marca registrada, también conocido como el concurso “caro”), el “Miss Gay Universo”, el “Miss Peluquita”, el “Miss Global Gay”, el “Miss Miranda Gay” (que en el país la mitad de las cosas lleva por nombre al apellido del prócer de la independencia “Francisco de Miranda) y hasta el “Miss Chiquitica Gay Plus” (para travestidos adolescentes con sobre peso). Obviamente estoy exagerando.
Lo primero que una “candidata” necesita es el vestuario. Conseguir una peluca bonita y unos zapatos de tacón talla grande de pronto no sea fácil, pero lo más complicado es el traje de baño. No hay nada más diferente al cuerpo de una mujer que el de un hombre, y José Roberto, Miss Polonia, lo tenía claro. Es aquí cuando entra una viejecita, personaje extraordinario de la ciudad: La Chepa, institución que se dedica a confeccionar ropa de mujer a la medida… para hombres. La Chepa tiene el cabello blanquísimo, usa gruesas gafas para la miopía que hacen ver a sus ojos anormalmente pequeños, y exhibe un rostro de octogenaria dulce que no debe engañarle.
La modista empieza por tomarle las medidas a su cliente, pidiéndole primero que meta la barriga. Cuando el chico ya tiene los ojos desorbitados procede con la cintura, constriñéndosela lo más que puede con una cinta métrica. Si hay queja, La Chepa demuestra, con su quebrantada y envejecida voz, que ella puede quejarse aún más: “¡Cállate! Espero que me hayas traído los reales (el dinero) de una vez; las locas son muy malapaga” (poco responsables en los pagos de sus deudas). Luego de un breve silencio, en el que la anciana aprieta un poco más la cinta con sus huesudas pero poderosas manos manchadas por la senectud, se dirige a cualquiera que esté presente.
-Mira chica, sirve para algo y dime cuánto marca el metro
-78
-¡Así nada te va a quedar bien, mi linda! –Suele exclamar La Chepa dirigiéndose a su torturado cliente –Te tienes que entirrar (forrar con cinta adhesiva) bien esa cintura o ponerte un buen corsé –Y nuevamente a su improvisado asistente –Anota; cintura: 73
Los trajes de baño que hace La Chepa son de tela y, desde luego, no sirven para meterse en el agua.
Ahora vayamos al día de la gala.
Se abren las puertas de alguna sala dudosa, como el Teatro del decadente Centro Comercial Chacaito (lugar otrora de alto prestigio internacional a donde acudían personajes como la Princesa Margarita de Inglaterra o el diseñador Christian Dior a ver y a ser vistos, y que numerosos gobiernos después se presenta como ese parque urinal de vagabundos donde de niño uno jugaba), un par de horas después de la prevista, y las locas ardorosamente salen corriendo para conseguir puesto entre las primeras filas, cosa de que sus gritos sean escuchados por el jurado y las “Misses”. Si es el caso del Teatro de Chacaito, las paredes están desconchadas, el suelo viscoso, cada asiento (que algunos faltan, no sé si se los habrán robado o qué) ostenta dibujado unas especies de posaderas grises debido al uso, roturas, curiosos pegostes y quemaduras de cigarrillo ya que, a pesar de estar prohibido, la gente fuma. Es entonces cuando, dos horas después más, arranca el concurso.



Luego de un show introductorio viene el desfile del traje típico, cuyos diseños en su mayoría distan de los originales bien por ser muy de “drag queen” o por parecer pasteles de bodas mal decorados. Muchas concursantes llevan tangas tan pequeñas que varios testículos terminan exhibiéndose. El desfile en traje de baño (con todavía más testículos traviesos), el de traje de gala y, después de elegir a las finalistas, las preguntas. Lo cierto es que, por más que unas candidatas usan pelucas que parecen gatos muertos, zapatos poco elegantes, vestidos no muy bonitos; por más que unas caminan feo o exageradamente despacito, y responden muy mal a las preguntas, no se merecen las cosas que les gritan: “mardita”, “horrenda”, “esa pasarela pasó de moda en los ochenta”, “bruta”, “fea”, “le mamaste el güevo (pene) al diablo”. Jamás entenderé el chiste de ir de público a un certamen para humillar a las aspirantes.
En las dos oportunidades que acudí a concursos de belleza para travestidos me pregunté: ¿Qué estará pasando por la cabeza de esos chicos parados ahí en el escenario, vestidos de mujer, sufriendo las vejaciones del público?, sobre todo ¿Qué estarán pensando los concursantes que hacen esa pasarela de los años ochenta, en la que se camina tan lentamente mientras los denigran? Yo en su lugar, al escuchar tales ultrajes, hubiera procurado que mi aparición fuese lo más sucinta posible. A parte de sentirse atraído hacia el travestismo, hay que ser valiente. En una de esas, al momento de la coronación, ni a la primera finalista ni a sus amigos les pareció el resultado, así que subieron al escenario en actitud violenta gritando que el concurso estaba vendido y amenazaron con “rajarle la cara” a la ganadora, José Roberto, una de “Las Tops”. Creían los violentos que Miss Brasil se merecía la corona por haber respondido mejor la pregunta, que fue la siguiente: “¿Crees que un hombre puede llegar a ser una mujer?”
La cuestión era tan retorcida como las anteriores (“¿Qué debe hacer una familia si un hijo se declara gay con 11 años?”, “¿Cuál es el mayor deseo que un gay puede pedirle a Dios?”), parecía que aquella noche las preguntas las había redactado un cura. De su réplica dependía en gran medida el resultado del concurso, tomando en cuenta la lamentable participación de Miss Miranda (la otra favorita), cuya respuesta a “¿Cuál crees tú que es el futuro de la homosexualidad en Venezuela?” fue “Lo más importante es la familia”.
-Buenas noches –Dijo por ritual pero al instante continuó –Yo pienso que un hombre nunca podrá llegar a ser mujer, -silencio ante lo que parecía un suicidio –porque por más que nos operemos y nos operemos, nunca podremos ser honradas con lo más bello que hay en este mucho y que Dios sólo le regaló a la mujer –y se llevó la mano al pecho; su cara irradiaba emoción –la bendición de ser madre.
En público estalló en aplausos pero aquello, supongo, no era precisamente lo que quería escuchar un jurado lleno de travestidos y algún transexual.

Lo divertido de todo fue que José Roberto días después consiguió que su novio, su hombre de armario (no declarado) feo y sumamente varonil, parecido a como la mayor de las Brontë describió a Míster Rochester, lo acompañase a un bar gay, su primera salida por el ambiente, y lo primero con lo que por sorpresa se consiguieron al entrar fue una gigantografía de “La Ganadora del Miss Global Gay”, con foto de la homenajeada, acostada sobre un diván, sosteniendo la corona.

Aún pasada la línea del mal gusto la cosa puede tener su punto, o al menos despertar interés. Es como lo que me decía mi amigo el esnobista en relación con ir a los antros gay de Sabana Grande (una zona histórica de lugares de ambiente al oeste de la ciudad): “Son cosas que uno hace por diversión, como una travesura de niño bien, a conciencia de que están mal”. Un amigo me comentó cómo una lesbiana, víctima de sus adicciones, le preguntó si tenía cocaína en uno de esos antros (Las Dos Barras) y, como él le dijo que no, ella le metió los dedos por la nariz y luego se los chupó a ver si aquello era cierto. Curioso.

Pero, en fin, así como Caracas tiene una sutil pendiente natural que consigue que el agua emanada de las furiosas lluvias de la temporada húmeda, a pesar del mal alcantarillado, no convierta al valle en un lago sino que el torrente es llevado hasta el mar arrastrando consigo el olor a muerte y a enfermedad que a veces rezuman los sumideros en la temporada seca, con el pasar de los años poco a poco las leyendas del ambiente van quedando en el olvido. Unas “Tops”, quien sabe si por la presión de la sociedad, se metieron en el gimnasio, dejaron las plumas atrás y se convirtieron en hombrezotes; otras se operaron y terminaron convirtiéndose de verdad en mujeres, e incluso formando familias. Casi todos se marcharon a lugares diferentes. Quién sabe si Valentina, Abril, Julio, Simón y Camilo añoran hoy su alocada juventud.